Nos pusimos a pensar en día caluroso de esta primavera – verano, verano- primavera que se las trae acompañado por una sequía que asusta y, por supuesto el calor “asa” la mente que, exigida para que siga trabajando a full sin que una suave brisa la oxigene y, como resultado, nos edita un blanco y negro borroso que más “tira” a emitir tonos negros que blancos pretendiendo olvidar la pandemia.
Hacemos un esfuerzo mayor para “blanquear” tonos ya que mente hay una sola y no vaya a ser por allí, que en connivencia con otras- también sufrientes por temperaturas- se confabulen y nos corten la ruta –al mejor estilo argentino actual- y nos deje a la deriva en nuestro afán por desenmadejar juicios y vivir situaciones…
… El 20 de noviembre de 1845, bloqueados  los puertos de Buenos Aires por la escuadra anglo francesa que además tenía en su poder la isla Martín García y libre la navegación del Río Uruguay, trató también de dominar el Paraná para ponerse en contacto y llevar auxilios a Corrientes que estaba en guerra con el gobernador Juan Manuel de Rosas, y franquear así, a la plaza sitiada de Montevideo, su aliada, el comercio del Paraguay y del litoral argentino. El gobierno ordenó al general Lucio V. Mansilla defender con los medios disponibles la soberanía de las aguas territoriales argentinas. En la medida de sus fuerzas el general Mansilla cumplió las órdenes y en la Vuelta de Obligado, cerca de San Pedro, provincia de Buenos Aires, hizo tender de costa  a costa sobre veinticuatro lanchones tres gruesas cadenas (a proa, a popa y por el centro de las embarcaciones). En la ribera derecha,  montó cuatro baterías; tres, aguas debajo de las cadenas sobre la barranca: Restaurador Rosas, al mando de Álvaro Alsogaray y General Brown por Eduardo Brown; a nivel del río: General Mansilla por Felipe Palacios. Más allá de las cadenas, la batería Manuelita dirigida por Juan Bautista Thorne.
Estaban artilladas con treinta cañones, muchos de bronce, con calibres 8, 10, 12 y los más grandes de 20 (el calibre común de los invasores era de 80) servidos por 160 artilleros. Dos mil hombres entre fuerzas de línea y milicias estaban detrás de las trincheras, al mando del coronel Ramón Rodríguez. Los cuerpos rurales eran mandados por Facundo Quiroga (hijo del Tigre de los Llanos), José Cerezo, Juan Gainza, Manuel Virto y Luis Barreda, entre los artilleros se encontraban algunos ingleses que sirvieron con Brown en la escuadra y desoían la promesa de no tomar las armas contra su tierra natal.
Un bergantín artillado, el Republicano con seis cañones, al mando de Tomás Craig, era el solo buque de guerra con la misión de cuidar las cadenas. El capitán de navío  Tomás Tréhouart comandaba las fuerzas francesas de ataque y el capitán Charles Honthan , las inglesas.
El general Lucio V. Mansilla dirigió personalmente la defensa argentina. El combate comenzó el 20 a los 8 y media, cuando la San Martín al mando de Tréhouart (ya anteriormente en poder de los franceses) se dispuso a cortar las cadenas, pero el viento se calmó totalmente y debió anclar, así, sin defensa fue el blanco de las cuatro baterías quedando dos oficiales y cuarenta y cuatro hombres fuera de combate, dos cañones desmontados y la arboladura  pronta a hacer: Una bala le cortó la cadena del ancla y la fragata fue arrastrada por la corriente río abajo.
Avanzan los vapores, el Republicano defiende la línea de lanchones y Craig vuela el bergantín para que no cayese en poder del enemigo. A la una de la tarde las cadenas no han sido cortadas todavía. La falta de viento juega en contra de las fuerza aliadas. Desaparecido el Republicano   los vapores consiguen acercarse a los lanchones, consiguiendo cortar las cadenas que, rotas, ya no impiden el paso por lo que la escuadra enemiga destroza  a la batería Manuelita Cuando vuelve el viento la situación se hace insostenible para los argentinos. A las tres de la tarde apenas quedan municiones. De las baterías apenas si quedan restos, Alsogaray en la Restaurador que es la que más ha resistido.
Comienza el desembarco. Los botes de Sullivan con 350 infantes de Marina , tocan tierra, los defensores están listos para repeler el ataque aunque solo pueden emplear armas blancas por lo que atacan a bayoneta contra los tiros de metralla Trehouart  quien diezma la infantería argentina que no obstante persigue a los ingleses  y los corre hasta sus botes.  Mansilla es herido y reemplazado por Crespo.
Tras dos horas finales de la tarde la tropa argentina se repliega hacia las barrancas. Obligado ha caído.
El parte aliado rindió tributo al valor argentino: “Siento vivamente que esta gallarda proeza –decía Tréhouart- se haya logrado a costa de tal pérdida de vidas (se refería a las propias). Pero considerando la fuerte posición del enemigo y la obstinación con que fue defendida, debemos agradecer a la Divina Providencia que no haya sido mayor”
Vale agregar que las bajas de los argentinos fueron considerables: de los 2160 combatientes, 250 murieron y 400 fueron heridos.
Como corolario y ante la imposibilidad de relatar la repercusión mundial de Obligado, si mencionaremos que el general José de San Martín escribió a Rosas desde Nápoles el 11 de enero de 1946 ofreciendo sus “servicios, que aunque reconozco serían inútiles, sin embargo demostrarían que en la injustísima agresión y abuso de la fuerza de la Inglaterra y la Francia contra nuestro país, éste tenía aún un  viejo defensor de su honra e independencia”
En nuestro tiempo nacional esta heroica hazaña de Obligado halló el recuerdo histórico y el 20 de noviembre ha recibido el nombre de Día de la Soberanía, lástima grande que el feriado se utilice para “fabricar” un fin de semana largo turístico. Una irreverencia, porque de este modo el hecho histórico pasa casi inadvertido y la enseñanza que ha dejado poco se  aprovecha. Una vez más –sucedió lo mismo con el aniversario del general San Martín- los ejemplos relevantes de la historia que tanto necesitamos honrar en tiempos de crisis aguda como la que estamos viviendo son absorbidos por el materialismo económico.

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Categorías: Columnas de Opinión

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