Estamos llegando al término de este Año de Gracia, Año Jubilar de la Misericordia y necesitamos volver nuestra mirada al rostro misericordioso de Dios. La misericordia es sobre todo cercanía de Dios a su pueblo. Una cercanía que se manifiesta principalmente como ayuda y protección. En Jesús, no sólo podemos tocar la misericordia del Padre, sino que somos impulsados a convertirnos nosotros mismos en instrumentos de su misericordia. Puede ser fácil hablar de misericordia, mientras que es más difícil llegar a ser testigos de esa misericordia en lo concreto. Este es un camino que dura toda la vida y no debe detenerse. Jesús nos dijo que debemos ser «misericordiosos como el Padre» (Lc 6,36).
El Señor renueva en nosotros la savia que nos alimenta. Su amor es un gran Bien que hay que compartir y esto no se hace sin renunciamiento y generosidad, especialmente en el ejercicio de las obras de misericordia, por las que ofrecemos al Señor un sin número de corazones, sembrando el Amor a manos llenas y el Amor logra penetrar en muchas almas que, sin esto, habrían permanecido cerradas. ¡Cuántos rostros, entonces, tiene la misericordia de Dios! Ésta se nos muestra como cercanía y ternura, pero en virtud de ello también como compasión y comunicación, como consolación y perdón. Quién más la recibe, más está llamado a ofrecerla, a comunicarla; no se puede tener escondida ni retenida para sí mismo. Y el Señor tiene hambre de almas, pero hay tantas por salvar y el desea salvarlas a todas… por eso su misericordia se extiende de generación en generación. Nos espera en la Eucaristía. Si decimos que lo amamos, acudamos a Él. Él tiene hambre y sed de amor y muchos se pierden por falta de amor, viviendo en sus periferias existenciales del dolor, la soledad, los vicios, la pobreza, las enfermedades, etc. Él nos necesita para hacerlo presente en cada situación de vida, necesita de que nosotros sus hijos, salgamos de nosotros mismos, dejemos de herirlos con nuestras indiferencias y nos comprometamos responsablemente en el servicio del prójimo más pobre, débil y sufriente. La misericordia nunca puede dejarnos tranquilos. Es el amor de Cristo que nos ‘inquieta’ hasta que no hayamos alcanzado el objetivo; que nos empuja a abrazar y estrechar a nosotros, a involucrar, a quienes tienen necesidad de misericordia para permitir que todos sean reconciliados con el Padre (2 Co 5, 14-20). No debemos tener miedo, es un amor que nos alcanza y envuelve hasta el punto de ir más allá de nosotros mismos, para darnos la posibilidad de reconocer su rostro en los hermanos. Dejémonos guiar dócilmente por este amor y llegaremos a ser misericordiosos como el Padre.

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Categorías: Columnas de Opinión

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