Toda una odisea
(1926-Invernada de Itacaruaré y los maestros porteños)
…lo que sí me contaron, es que cuando tenía apenas seis meses de vida, mis padres: América y Orlando- sumando a mi hermana Elba y yo, resolvieron abandonar el barrio porteño de Villa Devoto y poner proa a Misiones (toda una odisea en 1926).
El viaje se hizo y tras la travesía en tren partiendo de la estación Lacroze la familia arribó a Derendinger (hoy Apóstoles) desde donde, y tras un interregno de varios meses esperando el nombramiento de maestra de mi madre a la escuela 32 de Invernada de Itacaruaré, que dirigía don Manuel Eligio Mongelós,  localidad ésta cercana al Brasil,
Aquellos lugares eran por entonces como un apéndice del Brasil, tanto mi madre –que cerró su ciclo en Itacaruaré cuando fue designada directora fundadora de la escuela 179, junto a mi padre, designado maestro en la misma escuela, aquella nuestra presencia en Misiones, que se vio reforzada por la llegada de mi tío Osvaldo, hermano menor de Orlando, se extendió hasta 1934 en que regresamos a Buenos Aires.
Luego de presentarlo, y por haber sido testigo y parte del azaroso viaje familiar desde Derendinger a Itacaruaré, transcribimos el relato del tío Osvaldo que ilustra un capítulo de mi biografía inédita:
“Y como todo llega, un día llegó el tan esperado nombramiento de América como maestra, para un lugar que se llamaba Invernadita de Itacaruaré, entonces emprendimos viaje con lo poco que ellos tenían, porque no habían traído muebles desde Buenos Aires, sino unas cosas insignificantes y junto con una hija, mi sobrina, que tendría más o menos unos tres años y con un hijito muy chiquito, salimos en aventura hacia nuestro nuevo destino.
Habíamos alquilado la camioneta en Derendinger. En el auto no podíamos llevar todo, éramos tres grandes y dos chicos, y siempre había muchas cosas que llevar. Los caminos eran bastante feos, casi senderos de tierra, y a pesar de eso, íbamos bien, eso sí, estábamos quedando colorados del polvo, sobre todo cuando venía alguno que otro vehículo y nos pasaba quedábamos completamente “polveados” de rojo.
No recuerdo, el nombre del chofer que nos llevaba, no era viejo ni era joven, de mediana edad. La idea que tengo es -a pesar de que mi cabeza estaba llena de sensaciones y de cosas nuevas-, que tenía un aire de extranjero, más bien de hijo de extranjeros.
Salimos de mañana, creo que temprano de madrugada, recuerdo que era fresco. La travesía duró… ¡casi tres días!, todo iba más o menos bien hasta que comenzó a llover, la lluvia no fue muy grande al principio, pero sí hizo que la tierra colorada se mojara y quedara como cera, lo que hacía que la camioneta resbalara para un lado, resbalara para otro y como se trataba de un hombre bastante humilde el dueño de la camioneta, y la camioneta se resbalaba terriblemente y es claro que yo al menos, también Orlando y América, quedamos impresionados por las características que tiene el suelo misionero, que sube y baja, una topografía muy accidentada y a veces al lado del camino se veían pequeños precipicios, pequeños pero lo suficiente para que te imaginaras que si te caías ahí, darías unas cuantas vueltas, dos saltos mortales con la camioneta. Eso sí, el ver un paisaje nuevo te daba emociones buenas, otras emociones terribles y hasta de miedo a veces, me parece que antes de la noche, llegamos a un lugar que tampoco puedo saber cuál era.
Comenzó a llover muy fuerte, tan fuerte que tuvimos la necesidad de parar, suerte fue que llevábamos una lona que era del propietario de la camioneta de las que se usan para tapar camiones. Llegamos a una casa en que no había nadie, muy pequeña, pero cerrada, y no podíamos violentar para entrar adentro. La lluvia aumentaba. Fue cuando hicimos un techo, amarrado en la pared y con clavos, con lo que podíamos, lo aseguramos y estiramos la lona que quedó un poco inclinada para que hiciera de techo, a pesar de eso la lluvia fue tan fuerte, que  por los lados entraba agua, porque había mucho viento, una tormenta realmente.
Había que sostener a los más chicos, América los cubría con una toalla, para que no sufrieran frío, es decir, eso fue hasta un cierto tiempo que ahora no recuerdo bien, pero que en ese momento parecía mucho, creo que no duró toda la noche, cuando comenzó a clarear estaba nublado, pero ya no llovía, y surgió otro problema, no teníamos que comer. Lo que habíamos traído, ya se había acabado y no teníamos más, por suerte apareció allí, un pollo que no sabíamos de quien era, pedimos perdón a quien fuera el dueño del pollito, lo agarramos y lo cocinamos en la olla, había  unas ollas, algunas sartenes y platos para hacer la comida.
El problema mayor antes de matar al pollo, era dar de comer al nene, el más chico tomaba solamente el pecho de la mamá, que ya estaba con muy poca leche, por ello, lo necesario, imprescindible y urgente, era conseguir leche ¿cómo hacerlo?
Me decidí a buscar una chacra para solucionar nuestro problema Por las huellas que hacía el camino, pensé que entraba a algún lugar de tránsito, quería ver si encontraba una chacra o algo y por suerte, encontré una y había vacas, y también había gente muy atenta, muy gente, entonces le conté cual era mi problema, lógicamente que tuve que hablar un poco para que ellos no piensen que era un atorrante o un bandido, porque estaba tan sucio, tan colorado, tan despeinado que parecía cualquier cosa, le expliqué: mire nuestro problema es este, nosotros estamos viajando, desde Derendinger y tenemos un chico, mi sobrino, que es pequeñito, y que solamente puede tomar leche. Vamos a hacer una cosa- me dijo la dueña de casa- ¿tienen como hervirla? Porque siempre la leche es mejor hervirla, no, mejor yo misma la voy a hervir la voy a poner en algo y la lleva hervida ya, y me dio algo más que no me acuerdo qué, pero en el momento  me convidó con un pan casero, y me dio algo más para que lleve,  si, me dio más pan o me dio huevos, era de origen extranjero, allí observé que hacían casas bonitas. El criollo, generalmente hacía el rancho y listo, con techo de paja, y éste, me acuerdo bien que era de tejas, y no de tablitas, y estaba bien pintadita, bien arreglada.
Con lo logrado hicimos un banquete realmente, con el hambre que teníamos, y hasta el más chiquito tenía hambre y se prendió a la mamadera con entusiasmo.
Después lo primero que hicimos fue tender toda la ropa, sucia o limpia, todo era tenderlo y tenderlo porque ya estaba casi caliente todo, mojado, sucio o colorado por la tierra. Salimos nuevamente al camino y poco después llegamos a la Invernada, a la escuela para la cual había sido nombrada América. La escuela era la N° 32…”
En este que sin dudas es un homenaje a mi madre y a la vez una recordación de esa epopeya civilizadora que produjeron en esta selva misionera de entonces, ellos y tantos maestros venidos de una u otra provincia argentina a quienes no arredraron inconvenientes de todo orden, sufrimientos ni desazones, epopeya que, solo ha sido registrada parcialmente, como en el caso que hoy nos ocupa y que debiera ser un libro de consulta para poder entender cómo se fue conformando la idiosincrasia misionera.

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Categorías: Columnas de Opinión

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