Juan López se apura a alistar sus útiles y así dirigirse a la parada del colectivo para llegar a tiempo a la clase. “No puedo faltar un sólo día”, dice sin pesar, más bien con compromiso.
López tiene 75 años y nació en la localidad de San Ignacio. Luego de vivir mucho tiempo en La Plata, volvió a la tierra colorada y se instaló en el barrio Itaembé Miní, de Posadas. De oficio electricista, hace un par de días se inscribió en la carrera de Profesorado de Matemáticas de la Facultad de Ciencias Exactas, Químicas y Naturales de la Unam, cuyo cursillo se dicta todas las tardes en las instalaciones del campus universitario.
Su voluntad causó sorpresa entre los docentes que ven en él una gran preparación. No disimula su pasión por los números, siempre les dedicó horas de lectura a libros de álgebra y trigonometría. Su asignatura pendiente en la vida, reconoce, es alcanzar el título y se aferra con fuerza a ese proyecto.
“A mí siempre me gustó, comencé a estudiar Ingeniería en La Plata, pero después dejé por una revuelta que hubo y yo no estaba acostumbrado, digamos que me acobardé y no fui más. Ahora me inscribí porque antes no pude, no tuve tiempo porque mi esposa estaba muy enferma”, comenta en diálogo con El Territorio el nuevo ingresante.
López enviudó el año pasado. Necesita, seguramente, llenar el vacío de la partida de su compañera de ruta. Sus dos hijos son adultos, cada uno ya forjó su camino, el varón vive en Posadas y la mujer en La Plata. Y ambos le dieron nueve nietos.
“Me entretengo con las matemáticas, es mi mejor pasatiempo”, dice orgulloso y un poco desconcertado por el interés que despertó su inscripción en Exactas.
Es que la iniciativa representa un ejemplo para las generaciones más jóvenes. Su paso por la universidad deja varios mensajes, estudiar es también un estilo de vida y no hay edad para los parciales. “La educación viene de la casa primero, hoy los padres no tienen tiempo de mirar el cuaderno de sus hijos, entonces no se enteran de cómo les va en la escuela”, asevera el hombre, que cuando tiene un tiempo libre da clases particulares.
Los vecinos de Itaembé saben a quién convocar cuando la gurisada reprueba algún examen que incluya operaciones de enteros, decimales y demás.

Telegrafista y albañil
Juan trabajó durante 35 años en el correo, hasta que lo despidieron y no recibió un sólo centavo. “No hice demanda ni nada, pensé que no valía la pena. Me dediqué a buscar otro trabajo”, señala.
Justamente, ese giro de su destino le llevó a estudiar electricidad de la mano de un ingeniero, que no sólo era su jefe sino su vecino.
“Me quedaron los libros de Ingeniería y cada tanto los leía, nunca dejé de leer, siempre me gustaron las Matemáticas. El ingeniero me dijo ‘para saber electricidad tenés que saber de trigonometría’”.
De memoria prodigiosa, recuerda entonces que en esa búsqueda laboral se encontró acarreando bolsas de cal y cemento para una empresa de construcción. Aquel telegrafista del correo se había convertido en albañil.
Terminó la escuela primaria y la secundaria luego de hacer el servicio militar, tenía poco más de 20 años.
Guarda con celo su boletín de egresado, de 1969, del Colegio Nacional 3. La frase lo amerita: “Recibido del secundario con honores, obtuvo la medalla de oro”.
Y aunque su debilidad por las Matemáticas es evidente, no sabe ni agenda fechas de cumpleaños, aniversarios, bautismos, ni nada.  “Por ahí para algunas personas es importante y no lo critico, a mí no me sirve, no me cambia la vida”.

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