conpadrepresoEugenia mira de reojo la correntada que ruge casi en el patio de la casa y recuerda que una vez el agua se llevó su muñeca preferida. La abuela contó que lloró dos días, desconsolada por la pérdida. Otro dolor para su corazoncito de 6 años, pero nada comparable con la muerte de su madre.


“Ella es la más chiquita y cada tanto me pregunta si la mamá va volver. Yo no le miento, le digo que no, que ella se fue al cielo y que es un ángel que nos cuida a todos. A mí me parte el alma. Es muy triste lo que le pasó a mi hija y las criaturas van a sentir toda la vida, pero tengo que ser fuerte y luchar por ellos”, reflexionó Romilda Martins (43), la abuela de Eugenia.
Su hija, Érica Fabiana Macedo (24), fue asesinada por su concubino y enterrada en el patio de su propia vivienda. Para completar el cuadro espeluznante, el homicida es el padre de los tres hijos que tuvo la víctima.
El brutal homicidio fue perpetrado el 12 de marzo de 2014 en la localidad de Candelaria, donde residían. El sujeto fue apresado y tiempo después reconoció su culpabilidad, por lo que fue condenado a prisión perpetua.
Así, los pequeños huérfanos también perdieron a su progenitor y son criados por la abuela materna en el humilde barrio de Tres Esquinas, en Oberá, donde se vieron obligados a iniciar una nueva vida.
“Los chicos saben que su papá está preso por matar a su mamá. Maxi, que tiene 7 años, dice que cuando sea grande quiere ser policía para cuidar a las mamás y que otros chicos no pasen lo mismo que ellos. Le tiene mucha bronca al papá. No sé qué puede hacer el día de mañana, si por ahí se cruzan”, reconoció Martins.
Y la indignación se hizo mueca al recordar que el niño, en su inocencia, ayudó a su papá tapar el pozo donde había enterrado el cadáver de su madre. Imposible imaginar una escena más macabra.

Volver a empezar
Si bien la tragedia golpeó fuerte a los pequeños, hoy de 6, 7 y 9 años, desde un primer momento contaron con la contención de la abuela materna y se mudaron con ella. Los primeros meses no fueron sencillos, ya que Martins aún tiene tres hijos menores a cargo y se sumaron otras tres boquitas para alimentar.
Tuvo que trajinar juzgados y organismos para obtener la tutela que le permitió gestionar la Asignación Universal por Hijo (AUH). Fue así que chocó contra trabas burocráticas que hoy parecen inverosímiles, pero que en su momento le ocasionaron más de un dolor de cabeza.
“Como yo cobro el sueldo de madre de siete hijos, me decían que no me iban a dar el salario de mis nietos. Tuve que presentar un montón de papeles, ir de acá para allá y en un momento pensé que nunca iba a salir. Por suerte, al final entendieron la situación y hoy mis nietos tienen lo que les corresponde”, subrayó.
Los pequeños asisten a la Escuela 395 y son buenos alumnos, subrayó orgullosa la abuela, que los acompaña todos los días porque deben trasponer un sector muy transitado de la ruta nacional 14.
La familia reside sobre calle Olavarría, en el barrio Tres Esquinas, donde las carencias y los problemas sociales están a la vista. En ese contexto, a partir del contacto que tomó con Cáritas Oberá después de su propia tragedia, Martins decidió crear un merendero en su casa para asistir los pequeños del barrio.
Al respecto, recordó que “la gente de Cáritas vio mis necesidades, que en casa son nueve chicos, entre hijos menores y nietos, y me empezaron a ayudar con la merienda. Un día les dije que me gustaría darles la merienda a más chicos y así empezamos. El primer día vinieron doce y a la semana ya eran 60”.
A pesar de todo
En diálogo con El Territorio, mencionó una anécdota que grafica la pobreza del barrio. “Los primeros días había sándwiches de paleta y queso, pero los chicos sacaban los fiambres para mojar el pan en el mate cocido porque no sabían cómo se comía eso”, reconoció.
Es que la tragedia de su hija marcó a fuego su vida y la de sus nietos, pero no la hizo indiferente al dolor ajeno. Asimismo, lamentó que, por problemas económicos, hace cuatro meses no recibe insumos y tuvo que cerrar el merendero, pero confía poder reactivarlo pronto.
Otro anhelo para mejorar la calidad de vida de sus nietos pasa las necesarias obras de infraestructura que requiere el sector donde habitan. Por eso, en los días de lluvia sufren el anegamiento que produce el desborde de un pequeño arroyo que baja desde la zona de la Terminal de Ómnibus, desagote natural que no fue debidamente canalizado para evitar complicaciones a los vecinos asentados en el sector bajo.
“Ya reclamamos a la Municipalidad, pero hasta ahora no hicieron nada. Tendrían que hacer más profunda la zanja y colocar tubos para el agua, porque cada vez que llueve nos inundamos. El peligro es que si crece de madrugada y tenemos que salir de la casa, la corriente es tan fuerte que puede llevar a una criatura”, graficó la mujer.
Enseguida pidió disculpas para seguir lavando una pila de zapatillas que se juntaron con tantos días de lluvia. “Por suerte salió el sol y voy aprovechar para lavar una buena tanda”, dijo con una sonrisa, mientras revisaba la olla del almuerzo, antes buscar a los chicos de la escuela.
Es que la agenda siempre está cargada para esta abuela coraje que tiene la grandiosa misión de suplir tanto dolor y ausencia por la sinrazón de un asesino.

Por Daniel Villamea
fojacero@elterritorio.com.ar

 

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