Hay una frase que escucho cada vez que el tema del empleo aparece en los debates económicos nacionales: «el mercado va a generar trabajo».

 

La escuché en su momento de macristas, y ahora la escucho de libertarios. Cambia el sujeto que la dice. Cambia la explicación de por qué todavía no pasó. Nunca cambia la promesa.

Llevo años haciendo periodismo en Misiones. Años cubriendo la realidad de trabajadores que perdieron su empleo en una fábrica de madera cuando el dólar se atrasó, en un aserradero cuando cayó la obra pública, en un comercio cuando el poder adquisitivo se desplomó.

Y lo que aprendí es que para esas personas el mercado no tiene nombre, no tiene cara y no llega. Lo que llega, o no llega, es el sueldo de fin de mes.

Por eso me resulta difícil —y en realidad me resulta imposible— hacer periodismo desde la neutralidad fría de quien observa los datos como si fueran variables sin consecuencias humanas.

Los datos que analizamos en este trabajo de tres partes no son abstracciones. Son vidas concretas.

Son el albañil de Oberá que lleva dieciocho meses sin obra. El operario de una empresa de alimentos que fue suspendido porque las importaciones abarataron la competencia. La trabajadora que tiene dos empleos y aun así no llega a pagar el alquiler.

Lo que muestran los datos es una realidad que debería generar más incomodidad política de la que genera.

Argentina creció un 4,4% en 2025 según las estimaciones disponibles. Simultáneamente, el empleo asalariado formal cayó un 1% interanual. Eso no había pasado antes en nuestra historia reciente con esa magnitud.

El país puede crecer y al mismo tiempo destruir empleo formal.

Eso es posible cuando el crecimiento se concentra en sectores que no necesitan muchas personas para producir: la soja no emplea, el petróleo de Vaca Muerta emplea poco, las finanzas emplean cada vez menos gracias a la tecnología.

El modelo que se está consolidando en Argentina tiene un nombre técnico: economía de enclave.

Los sectores que generan divisas operan como islas de prosperidad desconectadas del tejido productivo del resto del país. Generan riqueza, generan exportaciones, generan superávit de cuenta corriente. No generan el empleo masivo que necesita una sociedad de cuarenta y cinco millones de personas donde casi la mitad de los trabajadores activos está en la informalidad.

Y el interior paga ese precio con intereses.

Misiones no tiene litio. No tiene petróleo. No tiene puertos de embarque de soja. Tiene monte, tiene pequeños productores, tiene industrias regionales que dependen del consumo interno y de la obra pública. Todo lo que el modelo actual castiga, nuestro territorio lo tiene. Todo lo que el modelo premia, nos falta.

No es una queja. Es un diagnóstico. Y los diagnósticos se hacen para actuar, no para lamentarse.

¿Qué propongo entonces? No vengo acá a ofrecer soluciones mágicas. No soy economista y no voy a fingir que tengo la fórmula, apenas soy un periodista como diría el que todavía, y sabrá Milei hasta cuando, continúa siendo Jefe de Gabinete. Pero sí tengo claro lo que el debate público necesita, urgente, y que los medios del interior tenemos la obligación de instalar.

Primero, que la discusión sobre el empleo deje de ser un debate entre el relato oficial y el relato opositor, y se convierta en una discusión basada en datos y en la experiencia concreta de los trabajadores.

Lo que analizamos en esta investigación muestra que los números desmienten tanto al gobierno —que dice que el empleo no cayó— como a quienes presentan el panorama como un apocalipsis sin matices. La verdad es más difícil y más interesante que los dos extremos.

Segundo, que se tome en serio la especificidad territorial. Las políticas económicas nacionales tienen impactos diferenciados según la estructura productiva de cada región. Lo que funciona para el modelo agroexportador de la Pampa húmeda puede ser letal para una economía yerbatera, forestal o turística como la de Misiones.

El federalismo económico no es un capricho de los gobernadores del interior: es una necesidad estructural de un país con geografías productivas radicalmente distintas.

Tercero, que el pluriempleo se reconozca como lo que es —una señal de alarma del mercado laboral, no una virtud de adaptabilidad— y que las políticas de ingreso y de formalización laboral se piensen en función de esa realidad. Un trabajador que necesita dos empleos para sobrevivir no está siendo emprendedor. Está resistiendo. Y la resistencia tiene límites.

Cuarto, y más importante, que se recupere la idea de que el empleo formal, con derechos, con Obra Social, con aportes jubilatorios, con paritarias, no es un privilegio ni una distorsión del mercado.

Es la base sobre la que se construye una sociedad estable. Sin esa base, lo que queda es informalidad, precariedad, pluriempleo y pobreza que trabaja. Y eso, en cualquier gobierno de cualquier signo, es un fracaso que la sociedad entera paga.

Cerramos esta investigación como la empezamos, sin optimismo fácil y sin pesimismo paralizante.

Con la convicción de que los datos son el punto de partida de cualquier debate serio, y de que el periodismo tiene la obligación de ponerlos sobre la mesa aunque incomoden a todos los que tienen poder.

El trabajo que se destruyó en estos dos años —en la construcción, en la industria, en el Estado, en Misiones— no va a volver solo.

Va a requerir decisiones políticas, inversión pública y privada, y sobre todo un debate honesto sobre qué tipo de país queremos ser.

Un país donde crecer signifique que más gente tiene trabajo digno. No solo que el PBI sube mientras los salarios reales caen y el pluriempleo bate récords históricos.

Ese es el país que vale la pena discutir. Esa es la Argentina que vale la pena construir. Y ese debate, acá en Misiones, lo queremos proponer sin filtros.

Marcelo Telez

Director RPD Oberá

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