En Misiones, decir que alguien está en la *púa* no es una metáfora elegante ni un concepto académico. Es una palabra corta, filosa, que describe una realidad concreta: no hay plata.
No alcanza. No entra nada. Y cuando la púa aparece, aparece en serio.
La púa se siente, sobre todo, a fin de mes. Aunque últimamente el fin de mes llega cada vez más rápido. Ya no hay changas que estiren la cuerda. Ya no hay arreglitos, remodelaciones chicas, trabajos ocasionales que antes permitían sobrevivir. Hoy ni eso. Y cuando se corta la changa, se corta la calle, se corta el comercio, se seca la economía barrial.
La crisis de la yerba mate, con precios por el piso para los productores, no solo dejó a los tareferos sin trabajo. Dejó a pueblos enteros sin circulación de dinero. Sin consumo. Sin movimiento. Sin aire. Y cuando no hay plata en los hogares, tampoco hay plata para pagarle a nadie. La púa se contagia.
En ese escenario, la salida no es ideológica ni romántica. Es geográfica. Está a pocos kilómetros.
Misiones es frontera en un 91% de su territorio. Vivimos rodeados de pasos internacionales, ríos que separan y, al mismo tiempo, conectan. Brasil y Paraguay siempre estuvieron ahí. La novedad no es cruzar. La novedad es cuántos están cruzando ahora.
Nunca se vio esta cantidad de personas viajando a Brasil para trabajar. No a hacer turismo. No a comprar barato. A cosechar. A levantar cebolla, manzana, uva, frutilla. A lo que haya. A lo que raye.
Bernardo de Irigoyen, Puerto Iguazú, San Pedro, San Javier, El Soberbio, Alba Posse, Colonia Aurora. Puentes, balsas, pasos que funcionan como válvulas de escape social. Cruces que hoy están más cargados de mochilas que de valijas.
El testimonio de Carmen “Lola” Borges Da Silva, concejal de Bernardo de Irigoyen, no es un discurso político: es una descripción cruda de lo que se vive. Comercios vacíos, consumo desplomado, salarios que no alcanzan, familias enteras migrando para garantizar lo básico. Jóvenes, padres, madres. No por ambición, sino por necesidad.
Cuando desde Buenos Aires se habla de inflación controlada, en la frontera la cuenta es otra: lo que valía 20 hoy vale 80. Así de simple. Así de brutal. No hay relato que tape la heladera vacía.
Saúl, trabajador obereño, pone nombre y cuerpo a esa estadística invisible. Se fue a Brasil porque se quedó sin trabajo. Porque acá no había nada. Allá cosecha frutillas, cobra en reales, vive en una casa amueblada, tiene seguro de salud, manda plata a sus hijos. Entró legal, trabaja en blanco, tiene previsibilidad. Algo que hoy, para muchos, suena a lujo.
No es que Brasil sea el paraíso. Es que Argentina, para una parte enorme de su población fronteriza, dejó de ser viable.
En el medio de este drama aparecen los que intentan bajarle el precio a la realidad. Los que desde estudios porteños, con aire acondicionado y planilla Excel, hablan de “oportunidades”, de “reacomodamiento”, de “esfuerzo necesario”.
Voceros de la motosierra que jamás pisaron una colonia, que no saben lo que es vivir con tres países respirándote en la nuca.
Para muchos en Buenos Aires, Misiones recién ahora aparece en el mapa. Y aparece mal. Porque no entienden lo que significa vivir en frontera. No entienden que cuando acá no hay trabajo, la salida no es esperar: es cruzar.
Lo que está empujando esta migración no es otra cosa que la púa. La púa real, concreta, diaria. La púa que no se discute en redes sociales ni se mide en gráficos. La púa que te obliga a agarrar una mochila y salir.
La púa, la púa que los parió.
Marcelo Telez
Director RPD Noticias