El 6 de agosto de 1945 a las 8,15 de la mañana un avión norteamericano arrojó sobre Hiroshima, populosa ciudad japonesa, una bomba atómica que liberó temperaturas de 300.000 grados y vientos de 1200 kilómetros por hora. Pero no fue la última: el 9 de agosto, tres días después, Nagasaki sufrió igual destino. El objetivo era terminar con la Segunda Guerra mundial, aunque también se terminó con miles de vidas: niños, ancianos, jóvenes, adultos, vegetales, animales…
Mientras aclaramos nuestra mente tras los traguitos de caña con ruda, esa ingenua, simple, pero tan recurrida tradición misionera, la que tras su ingesta nos sentimos protegidos para idealizar un mejor estar por lo que puede aparecer actuando como soporte anímico para unos y/o festivo para otros, calmando por momento aunque fuere, conos de ansiedad y desasosiego ante la difícil partida de ajedrez que la gente del mundo pareciera empeñada más y más en disputar sin medir consecuencias ni mucho menos querer recordar que unos y otros en distintos foros y regiones han declamado su pacifismo y reclamado un mundo en paz, sin embargo la carrera desenfrenada sigue arrasando pueblos y gente sin distinción de sexo o edades y destruyendo fuentes de producción y cultura milenaria por un lado y ataques a mansalva teñidos de infinita crueldad y muerte de inocentes ciudadanos por otro, creando un problema, el de los refugiados que huyen ante su indefensión en su suelo, buscando salvación en el ajeno y que pone a prueba solidaridad entre naciones ante los riesgos que esto significa, lo decimos por señalar a grandes rasgos la “temperatura” de este siglo en que vivimos y este mundo del cual participamos, las más de las veces sin arte ni parte.
Admiramos la prédica constante que viene haciendo el Papa Francisco con sus críticas a la guerra, a la violencia, solicitando gestos de humanidad para con los refugiados y en todo lo que concierne a los pesares de la gente excluida, sufriente y seriamente agredida de este mundo que suele olvidar el espiritualismo y se vuelca con fruición al materialismo y lo hace no solamente desde el Vaticano, sino en sus visitas a lo largo y lo ancho del mundo, con humildad, sin soberbia y sin temores diplomáticos ni de ningún orden como ha sucedido recientemente y reiterado en la 31ª Jornada Mundial de la Juventud que este año en Polonia se despidió con una misa al aire libre a la que asistieron más de dos millones y medio de personas, tras cinco días en Cracovia, multitudinarias reuniones en que la alegría reina a flor de piel y en la que recomendó a los jóvenes del mundo que rechacen la tristeza “un virus que infecta y paraliza todo, que cierra cualquier puerta, que impide que la vida se reavive, que recomience…” exhortándolos a que transmitan el bien sin cansarse.
Y en ese clima de pacifismo y bonanza que erradica la tristeza, cuyo frente acabamos de abrir, volvemos a los renglones anteriores y a partir de ellos nos solazamos de vivir en esta provincia, en este enjambre de sensaciones que es el suelo misionero con sus enjundiosos verdes, sus rojos encendidos y alumbrado por su luna a pleno que ensaya figuras fantasmales en esas noches de comunidad vegetal de alto rango sin sentirse “tapada” por el afán humano de construir pisos y más pisos y en lugar de estos acudir, con esa parsimonia tan misionera que produce el mate en mano, sin estridencias ni violencias, a desenredar los uno y más inconvenientes que nos arroja el día a día.
… Acaso nos enervamos recordando los años vividos en la que fuera nuestra planta elaboradora de te (Alberdi, sección II) entonces en pleno monte y donde al atardecer nos sentábamos a escuchar al urutaú y su lamento que, ciertamente no nos parecía lúgubre, sino vocero que nos sabía transmitir esa intimidad montaraz, paso previo a dejar resbalar los pensamientos que con facilidad, producto del entorno, se agolpaban buscando vida y que comenzaban a borronearse con la entrada de la noche.
Fue en uno de esos atardeceres en que el pensamiento buscaba vida, en que nos vimos reflejados por el caminante, ese sin rumbo ni destino, que supusimos así nos imaginaba: Las plantas se oscurecen/ el sol las abandona/ los pájaros regresan/ que ya es hora de nido/ y en la casa poblada/ casi lamiendo el frío/ se alcanza a ver el humo/ por sobre el techo umbrío/ Pálidas lucecitas/se escapan por ventanas,/ insinuando presencias/ que la noche preparan…/ Esos atardeceres/de oscuridad privada/ socavan en el alma/ las nostalgias de vida/ Tal vez momentos niños/ de la lejana infancia,/acaso sean adultos/en más corta distancia./Las plantas y las sombras,/ la casita poblada,/el humo entre las luces,/las ventanas cerradas./ Amarrados quedaron y también desvelados/ entre vuelta y re-vuelta,/oscuros, solitarios…/ Esos atardeceres/ de privacidad dormida/nos devana madeja,/desenredando vida.
Alguna voz, ante la oscuridad reinante, nos devolvía en tiempo con aquello de que ¡hay que encender las luces!…
Otro 6 de agosto
A lanza y sable
Así, sin un tiro en todo el curso de ella se libró la batalla de Junín, en la pampa de ese nombre el 6 de agosto de 1824. Los ejércitos beligerantes fueron dirigidos por el general Simón Bolívar y el general español Canterac quien al frente de la caballería realista, al principio logró arrollar a la independiente, que se puso en apresurada retirada con sus principales jefes a la cabeza. El general argentino, Mariano Necochea se batió como un león en el ala derecha que había tomado a su cargo. También el teniente coronel argentino, Manuel Isidro Suárez, que mandaba un regimiento de húsares peruano, demostró un valor increíble, luchando fieramente. Las cargas de los españoles eran terribles. Ambos ejércitos ganaban y perdían terreno consecutivamente, hasta que los escuadrones se entreveraron, combatiendo cada soldado por su cuenta. En un momento, al general Necochea, bañado en sangre, presentando a la vista horribles heridas, se lo dio por muerto. El general Bolívar que creyó todo perdido, se retiró, trasladándose a más de una legua a retaguardia. Sin embargo, un milagro se produjo a favor de los americanos. Los españoles cedieron ante el empuje fantástico y el valor increíble del teniente coronel Suárez y su escuadrón, quien tuvo la inspiración táctica de ordenar “tocar a degüello” a los clarines de su regimiento y atacó violentamente a la caballería española. Entonces comenzó una nueva lucha “la más sangrienta y atroz que pueda imaginarse”. Esta sola falange de héroes sostuvo el combate con tal furia, decisión y arrojo, contra la caballería enemiga que a bandadas se precipitó sobre ella, lo que permitió a los cuerpos de Colombia volver a reunirse.
Dice Dardo Rocha en su trabajo “La batalla de Junín”, publicado en 1862 que después de la batalla el general Simón Bolívar, rodeado de una comitiva brillante de generales, dijo: “Ved aquí señores que cuando la historia describa la batalla de Junín la atribuirá a la audacia y valor de este joven coronel, señalando a Manuel Isidoro Suárez…”
Como una consecuencia inmediata de la batalla de Junín, las antiguas provincias del Alto Perú se declararon independientes de todo poder extranjero, europeo o americano.
Si bien el jefe de las fuerzas patriotas en aquel combate no era ya el general San Martín, puede decirse que también fue suya esta victoria, porque fue su ejército, fueron sus jefes y oficiales, recientemente puestos al mando del general Bolívar, los que decidieron el éxito. La república de Bolivia nació a la vida política independiente y a pesar de todas las alternativas sangrientas de su historia, se reabrió en ella un progreso real y sólido, no solo en el sentido de su cultura interna, sino de su prosperidad material.
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