Profesor, periodista, escritor, historiador… Más de seis décadas de experiencia sobre sus hombros lo convirtieron en un «emblema de Oberá».

A sus 92 años, Aldo Rubén Gil Navarro sigue siendo partícipe activo de la historia obereña. Se considera un Quijote de la cultura y asegura que su vida tiene una misión, le moviliza ayudar a abrir las mentes para sumar conocimientos. Sus ojos color de cielo, transparentes, se iluminan al afirmar que se siente misionero ya que vivió prácticamente toda su vida en la Capital de los Inmigrantes.

Nació el 4 de enero de 1926, en Capital Federal. Cuando era tan sólo un bebé de cinco meses sus padres decidieron afincarse en Itacaruaré, su madre fue la primera directora de la Escuela 179, en Invernadita. “Volvimos a Buenos Aires cuando yo tenía nueve años y después, no sé por qué motivos, no me explico, creo que mis padres tenían saudade de Misiones, volvimos a radicarnos en Oberá. Yo tenía catorce años”, relató al Suplemento Ko´ape.

Su padre se llamaba Orlando y su madre América, eran cuatro hermanos. Su entorno siempre estuvo ligado a las letras. “Mamé todo eso, mi madre tenía libros de poesías, había recibido premios. Tuve una gran fuente de formación. Para mí fue fácil relacionarme con ese mundo. Mi padre fue director de una editorial, también era docente, mi infancia y adolescencia transcurrieron en un ámbito literario, me gustaba eso”, señaló.

El profesor
Una de las facetas por la que recibe permanente reconocimiento es por la inagotable tarea de enseñar, formar, educar, parte de su raíz, de su esencia. “Hice toda la carrera en la educación en el Colegio Nacional, entré como preceptor, después fui jefe de preceptores, después secretario, ascendí a vicerrector y por último a rector. Desde 1950 hasta 1982 di clases de historia. Digo que aprendí historia por la responsabilidad con la que tomé la cátedra. No iba al curso por ganarme el sueldo, investigaba mucho y eso me dejó una idea. Fue con mis alumnos que aprendí la historia y eso me llevó a conocer la historia de Oberá”, recordó.

Ir a dar clases era como comer un plato de frutillas con crema. Dejar la calle, entrar a clases era entrar a un oasis. Miraba los ojitos de mis alumnos, cuando estaban brillantes sabía que la clase era buena. Tengo los mejores recuerdos, me gusta encontrarme con mis exalumnos. Hablábamos de todos los temas y traté de dar lo mejor de mí en cada encuentro con ellos”, destacó.

En el ámbito educativo fue artífice de otro de los logros que tuvo la ciudad, crear la Facultad de Ingeniería, rol que lo enorgullece.

El historiador
Dar clases de historia abrió otro fuego en su interior, llama que lo llevó a escribir varios libros. Los requeridos y de valor incalculable, porque repasa los hechos de la ciudad, se habían agotado, por lo que celebra disponer de la saga de tres de la Historia de Oberá, 1912-1999, “Un lugar llamado Yerbal Viejo”, “La sorprendente Oberá” y “Oberá ciudad”.

“Cuando vine no había problemas, nadie cuestionaba la historia, pero después surgieron versiones. Un día vi en la cruz de Lloyd Wickström (inmigrante sueco, fundador) que decía: ‘No tergiversen la historia de Oberá’, entonces me di cuenta que era necesario contarla, para eso debí buscar y desarrollarla”, indicó.

Todo lo que hizo fue con pasión. “Me gustó, escribí sobre ella y fui partícipe de la historia. Desde chico siempre me involucré en las instituciones, siempre gratis, todo lo que hice fue honorífico. Digo que todos tenemos una misión, mi misión es didáctica y de ayudar no me gustan las divisiones. No fue fácil. Creo que fui un quijote de la cultura, eso me movió de chiquito. Abrir las mentes para ampliar conocimientos”.

Las finanzas

La familia Gil Navarro siempre estuvo ligada al trabajo y a la consecuencia de esa dedicación. La parte económica nunca fue un inconveniente, pero no porque tuviera dinero, sino porque para Aldo y su esposa nunca fue indispensable para ser felices.

“Pudimos haber sido ricos, muchas veces me ofrecieron cosas, negocios, beneficios, pero considero que para ser feliz no es necesario el dinero, en realidad el dinero te quita posibilidades de vida familiar, de que la vida sea simple. Hacer lo que uno siente tiene mucho más valor que cualquier riqueza”.

Don Aldo tuvo ofertas políticas partidarias, de hecho fue candidato a diferentes funciones en alguna oportunidad. “Me convencieron, siempre ligado al justicialismo. Pero una vez, me llevaron a un acto a hablar. Recuerdo que había muchas personas. Todos me miraban atentos, así que les dije lo que pensaba, les di una clase de moral: ‘No reciban regalos, beneficios que no les correspondan, lo importante es tener algo por el fruto del esfuerzo, no aceptar las cosas de arriba. Debemos ser dignos, vivir con dignidad’. Cuando me di cuenta estaba hablando solo, no me llevaron más. No va conmigo”.

La familia y Pregón Misionero

La ternura con la que habla de sus alumnos, se potencia al hablar de su familia. Pero es aún más conmovedor escuchar en sus labios el nombre de su compañera de vida, con la que se encontró en un rincón de la ciudad y tal como de la tierra colorada no pudo, ni quiso, desprenderse nunca más.

“Cumplí con todo. Me casé con Ester, hija de suecos, éramos muy jóvenes, yo tenía 23 años y ella 16. Hicimos la vida juntos. Me acompañó, me acompaña en todo, es mi pilar. El año que viene cumplimos 70 años de casados. Formamos una hermosa familia, siete hijos. Ahora tenemos 18 nietos y 15 bisnietos, qué más puedo pedir, tengo un familión”, afirmó con ojos vidriosos. La emoción es inevitable al mirar el perfil de esposo, padre, abuelo.

Pregón: las dos campanas

En la década del 40 había algunos periódicos en la ciudad, pero terminaron desapareciendo, mientras que el Semanario Pregón Misionero asomó para quedarse. “Un día hablando con (Hugo) Amable, en el Nacional dijimos y si hacemos nosotros. Una quijotada. Al año él debió dejar, así que el 9 de julio de 1966, terminamos fundando. Fue familiar, Ester empezó a trabajar y todavía lo hace. Fue un éxito terrible, venían a ofrecerse para colaborar como corresponsales y para vender”.

Al momento de explicar por qué se mantuvo en el tiempo aseguró “cuidamos siempre respetar la individualidad y la gente. Además escuchar las dos campanas. Conseguimos muchas cosas con Pregón, muchos reconocimientos, además de promover el progreso de la comunidad. Para mí es un hijo, patrimonio obereño”, subrayó acotando que ahora está en buenas manos, su hijo Carlos Gil Navarro.

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