(Lucía Gálvez-“Guaraníes y Jesuitas”)
Seis pueblos del Tape debieron emigrar al otro lado del río Uruguay en 1638, atravesando de 800 a 1.000 kilómetros de sierras, bosques, y selvas hasta llegar a las reducciones del Paraná, donde se repartieron. Los de San Cristóbal, San Carlos y Apóstoles se juntaron para fundar  el nuevo pueblo al que llamaron Mártires del Japón. Santa Ana, San José y San Javier, ubicadas cerca del Paraná, continuarían con el mismo nombre en su nuevo puesto.
La justa de la indignación que movía a misioneros e indígenas era un acicate para perfeccionar los preparativos bélicos. Antes de que llegara la autorización real para utilizar armas de fuego, los jesuitas, urgidos por la inminencia de nuevas invasiones, habían conseguido las armas y proseguían con los hermanos coadjutores  ex militares la instrucción a los aborígenes. Uno de ellos, Domingo Torres, veterano de Chile como Bernal, les enseño a usar los arcabuces. Las autoridades militares españolas habían entregado unos 150 que aumentaron con los fabricados en la reducción de Concepción, donde se había instalado una fragua para hacer municiones. En enero de 1639 un grupo de bandeiras había acampado en Caazapá- Guazú en la banda oriental del Uruguay. Aprovechando la visita de  inspección del nuevo gobernador Pedro de Lugo, el padre Francisco Clavijo le pidió ayuda para atacarlas. Según cuenta el padre Ruger, testigo de la batalla, aunque el gobernador acepto participar, su acción fue casi nula. El verdadero héroe de Caazapá- Guazú fue el padre Diego de Alfaro, “el primero en entrar en fuego y el primero en morir”. Indignados los indios por la muerte de su pai, atacaron en masa con tal ímpetu que los paulistas se vieron obligados a pedir la rendición. Pudieron liberar a 2.000 guaraníes que ya estaban en colleras para ser llevados como esclavos y tomaron al enemigo 27 arcabuces. Solo seria el preámbulo de la gran batalla de Mbororé.
Es inexplicable que la historiografía argentina no haya destacado la importancia de esta batalla, o mejor dicho esta serie de batallas, cuyas consecuencias para los pueblos guaraníes solo pueden ser comparables con las de las invasiones inglesas para los criollos. Los indios cristianos tomaron conciencia de su fuerza y los intrusos portugueses de la imposibilidad de invadir sus tierras. Debemos al padre Claudio Ruger, testigo presencial, la crónica pormenorizada de estos hechos en su Relación de la guerra y victoria alcanzada contra los portugueses del Brasil el año de 1641. La saña que implica el hecho de no haber dejado casi sobrevivientes puede explicarse por los años de inseguridad, humillaciones, terror e impotencia que debieron soportar los guaraníes a causa de los bandeirantes y sus aliados tupies. Casi todos tenían algún pariente prisionero o muerto por ellos y muchos se habían visto obligados a dejar sus tierras. El ejército guaraní se fue formando con la certeza de que Dios estaba de su parte. La confesión antes de entrar en combate les hacia más soportable el miedo a la muerte y el rosario colgado al cuello les transmitía seguridad. Tenían también, como los paulistas, “armas de algodón”. Así llamaban a los escaupiles, que los protegían de las flechas y hasta de las balas. Con la moral elevada se preparaban para el momento decisivo que alejaría para siempre al odiado invasor. Este se dio a principios de marzo, cuando los espías anunciaron que se acercaba por el río Uruguay una gran flota de unos cuatrocientos bandeirantes y dos mil indios tupies, dirigida por Manuel Pires. Los guaraníes reunidos junto al río Mbororé, afluente del Uruguay, eran menos pero esta vez estaban bien dirigidos.
El 11 de marzo por la mañana empezó la batalla que duraría ocho días. Previendo que iban a atacar primero el pueblo, lo abandonaron, y cuando los paulistas comprendieron que no había nadie, fueron atacados por 250 indios en 30 canoas al mando del Capitán general Don Ignacio Abiarú, que actuaba de almirante, secundado por el padre Altamirano, en tanto Nicolás Neenguirú dirigía las tropas de tierra. Después de la típica provocación oral hecha por Ignacio Abiarú, con la que los guaraníes comenzaban sus combates, ambas “escuadras” empezaron el fuego “disparando nuestros hijos tan deprisa y con tal destreza que parecían soldados de Flandes”, al decir del padre Ruger. El ejercito guaraní tenia esta vez reservadas varias sorpresas: la más importante era la artillería, cuyos cañones eran inmensas tacuaras forradas con cuero, según una idea del hermano Domingo Torres. Los únicos tres tiros que pudieron hacer antes de quedar inutilizados,  dieron en el blanco desmantelando tres canoas con sus remeros. Otra “arma secreta” la constituían las seis balsas fortificadas con verdaderos fortines de madera gruesa en la que se estrellaban las balas y desde donde podían disparar con sus arcabuces. Como arma espiritual, además de la confesión general hecha antes de la batalla, “se pusieron a coro con los padres a decir letanías”. Pensando que tenían toda la fuerza en el río, algunas canoas enemigas atacaron el fuerte situado a sus orillas. Pero el ejercito de tierra estaba afuera, escondido entre la exuberante vegetación, y a una señal se precipitaron sobre los asaltantes “levantando y tremolando las banderas con grande vocería”. Al día siguiente eran los guaraníes quienes, por primera vez, sitiaban el fuerte levantado por los “mamelucos” y sus aliados. Al tercer día empezó la deserción de tupies, que ya no paro hasta el final…
“Estas continuas refriegas gastaron nuestros hijos desde el lunes 11 de marzo hasta el sábado 16. Ese día salió del real una canoa con una banderita blanca, llevando un mensaje para los jesuitas”. Pero los indios, que no entendían de rendiciones, “cogieron el papel y lo hicieron añicos”. Otra tentativa de parlamento fue rechazada por los indios, quienes ni se molestaron en recoger el mensaje mandado por sus enemigos dentro de una calabaza que flotaba por el río. La desmoralización de estos fue evidente: “despechados y llenos de ira comenzaron entre sí la guerra echándose la culpa unos a otros, desenvainando las espadas, levantando las escopetas,  y dando voces desmedidas…” al día siguiente huían en masa por los montes en un desesperado ¡sálvese quien pueda! Cinco sacerdotes acompañaron a los perseguidores en un intento de hacerles respetar la vida de los vencidos… El triunfo había sido total. Seiscientas canoas y más de 400 arcabuces quedaron de botín. En San Nicolás y San Francisco Javier, las reducciones más cercanas, los vencedores asistieron a un tedéum de acción de gracias y a un réquiem por los compañeros muertos en combate.
Las consecuencias de esta victoria superaron las expectativas puestas en ella. Como era de esperar, los bandeirantes ya no constituyeron mas una amenaza. Las siguientes dos o tres veces que aparecieron fueron rápidamente derrotados. La ultima maloca, ocurrida en 1656, fue destruida por los indios de Yapeyú. Algo más importante había ocurrido: la formación del Ejercito Guarani, al que acudirían permanentemente las autoridades coloniales frente a cualquier peligro externo o interno. Las aguerridas tropas guaraníes fueron requeridas incontables veces por los gobernadores  de Buenos Aires y Paraguay para defensa contra tribus hostiles, piratas o incursiones portuguesas, como en el caso de la toma de Colonia de Sacramento en el Uruguay.
Que los indios tuvieran un ejercito dirigido por sus propios oficiales era un arma de dos filos que rompía los esquemas colonizadores. Su fidelidad a los padres y a la Corona de España, fomentada por los jesuitas como argumento de orden y disciplina, impediría sin embargo cualquier posible sublevación. Por lo menos mientras las causas fueran justas.

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Categorías: Columnas de Opinión

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