«La celebración del Carnaval tiene su origen probable en fiestas paganas, como las que se realizaban en honor de Baco, el Dios del vino, las saturnales y las lupercales romanas, o las que se realizaban en honor del buey Apis en Egipto»
«Los orígenes de la fiesta de Carnaval se remontan a las antiguas Sumeria y Egipto, hace más de 5.000 años, con celebraciones similares en la época del Imperio romano, desde donde se difundió la costumbre por Europa, siendo traída a América por los navegantes españoles y portugueses que nos colonizaron a partir del siglo XV»
«La celebración del carnaval cristiano es una de las fiestas más populares. Se celebra en los países que tienen tradición cristiana, precediendo a la cuaresma. Por lo general, en muchos lugares se celebra durante tres días y se los designa con el nombre de carnestolendas, y son los tres días anteriores al Miércoles de Ceniza, que es el día en que comienza la cuaresma en el Calendario Cristiano.»
Se supone que el término carnaval proviene del latín medieval «carnelevarium» que significa «quitar la carne» y que se refería a la prohibición religiosa del consumo de carne durante los cuarenta días que dura la cuaresma.
Los argentinos y el carnaval tienen una larga historia que comienza en el siglo XVIII en épocas todavía del Virreinato y, los conatos de violencia que desató en plena algarabía popular, dieron dolorcitos de cabeza a más de un virrey que, o bien lo prohibió, o bien debió hacer oídos sordos al reclamo del monarca que quería prohibirlo en Indias, aunque bien lo disfrutaba en España.
El virrey Cevallos se vio obligado a prohibir los festejos de Carnaval, conviniendo remediar este desorden: «con el presente prohibo los dichos juegos de Carnestolendas…» decía el bando del virrey. Y sigue «…ha tomado en pocos años a esta parte tal incremento en esta ciudad (…) en ellos se apura la grosería de echarse agua y afrecho (salvado), y aún muchas inmundicias, unos a otros, sin distinción de estados ni sexos…» y seguía diciendo que la gente se metía en las casas y reventaba huevos por todos lados, hasta robaban y rompían los muebles».
Esos elementos de combate festivo estaban en manos, tanto de esclavos (que podían utilizar la ocasión para tomarse una pequeña venganza) como de «dueños», que en materia de disfraz el esclavo aparecía «dueño» y el «dueño» aparecía esclavo.
Ya en el siglo XIX, a partir de la Revolución de Mayo, se volvió muy común jugar en forma intensa con agua: jarros, huevos de ñandú vaciados, baldes, jeringas, etc., las azoteas de las casas se convertían en verdaderos campos de batalla acuáticos.
Esto solamente en la ciudad, en la campaña el festejo consistía en que grupos de jinetes se chocaban entre sí con mucha fuerza, quedando varios heridos.
En tiempos de Juan Manuel de Rosas, el carnaval era esperado con mucho entusiasmo, en especial por la gente de color, protegidos de Rosas, para el de 1836 se permitieron máscaras y comparsas pero solo se jugaba en los tres días propiamente dichos de carnaval. El horario era anunciado desde la Fortaleza (casa de gobierno) con tres cañonazos al comienzo, doce del mediodía, y otros tres para finalizar los juegos, al toque de la oración (seis de la tarde). También se tiraban cohetes, con permiso de la policía.
Estas celebraciones fueron cayendo en excesos. La gente se divertía muchísimo, no había ni clase ni estrato social que no jugara al agua en carnaval. Pero aparecían los exagerados, que llegaban a las manos, y muchas veces ocurrían desgracias.
¿Cuáles eran los excesos? Los enumera Martín A. Cagliani en la revista «Círculo de la historia», citando también a José M. Ramos Mejía: «Están los que aprovechaban para entrar en las casas y robar, los que se aprovechaban de la mujeres que jugaban al carnaval, manoseándolas, rompiendo sus ropas y hasta violando. También se catalogaban como excesos algunos que ahora son muy comunes en carnavales como los de Río de Janeiro o Gualeguaychú: «Las negras, muchas de ellas jóvenes y esbeltas, luciendo las desnudeces de sus carnes bien nutridas…»
Rosas se vio obligado a suspender en 1844 el festejo de Carnaval en Buenos Aires y todas la ciudades del hoy Gran Buenos Aires. Se reanudó  en 1854, con bailes públicos en diversos lugares, en los años siguientes predominaron las comparsas y tanto éstas como las personas que usaban «caretas» debían contar con permiso policial.
El primer corso de realizó en 1869, participando en él máscaras y comparsas. Al año siguiente se permitió el desfile de carruajes. Eran muy alegres y vistosos, el lujo de los disfraces y adornos fue creciendo en cada carnaval.
Cobraron auge los «centros», sociedades organizadas especialmente para desfilar en los corsos. Predominaban los de los negros desfilando al son de sus candombes. Al enfrentarse dos comparsas de negros se iniciaban  las «tapadas», un contrapunto de todos los instrumentos  que no terminaba hasta dejar en claro la supremacía de unos sobre otros (…) Pero estos «centros» también estaban integrados por «gente de bien». El más conocido era la sociedad «Los Negros» que estaba integrada por jóvenes intelectuales de la alta sociedad. Vestían un uniforme militar húngaro. Las letras de sus canciones eran  sobre la relación de los negros y los blancos, las comparsas tenían canciones con letras muy interesantes. Su contenido era gracioso, de crítica política, de crítica social en fin de todo un poco.
A fines del siglo XIX y primeras décadas del 1900, los corsos sobraban y alcanzaron su máxima popularidad. Los había en casi todas la calles importantes de Buenos Aires y ciudades aledañas. Estaba prohibido jugar con agua, solo se podía arrojar «papel cortado, flores, serpentinas y laminillas de mica». Comenzaron a tener importancia los bailes, se realizaban a continuación de los corsos, en teatros, instituciones sociales, hoteles y residencias particulares.
Con el correr de los años, se fue notando que la gente de la sociedad no participaba más de estas fiestas populares. Se terminó la camaradería que distinguió al siglo anterior, en que los niños salían con los grandes, los negros con los blancos, los ricos con los pobres y todos festejaban juntos.
En el siglo XX, a partir de 1915 muchas comparsas fueron desapareciendo, siendo reemplazadas por la murgas, integradas generalmente por jóvenes de 20 o menos años, sus cantos eran simples e ingenuos, y sus letras «atrevidas». Los corsos fueron perdiendo brillo y en su lugar los bailes proliferaron en gran escala.
El carnaval siguió siendo sostenido como fiesta pública por entidades en que privan los lazos de vecindad y territorio.
Durante la dictadura militar de 1966 se prohibieron los festejos de carnaval, si todavía recordamos aquí en Oberá, cuando para impulsar el carnaval nuestro último intendente antes de ese golpe militar, el recordado Rolf Lillieskold, encabezaba en una carroza y con un atuendo típico, del que recordamos su pipa, el corso obereño, que también nuestro carnaval tiene un rica historia que parece querer reaparecer cada año con más fuerza.
La fiesta popular por antonomasia, la expresión más pura y democrática de comportamientos, la ocasión para la distribución masiva de la alegría y el buen humor, la oportunidad de llevar a todos y cada uno al protagonismo por unos días a bailar, cantar y jugar, olvidando pesares y multiplicando alegrías. Una verdadera terapia de familia y de grupo que buena falta hace para que el pueblo, que conformamos todos, pueda disfrutar de algo más que del materialismo impiadoso que se ha pretendido imponer. Sin dudas la fiesta comunitaria más popular y democrática.
(Decíamos entonces, ahora todo cambió con la pandemia… sin embargo aún se puede vivir con los recuerdos para fortalecer el espíritu).

Febrero: Aquellos tiempos de carnaval
En lo personal fueron tiempos, por vez primera en Villa Devoto. Los protagonistas: la tía Zulema, solterona, cariñosa, pero  enérgica y su cuerpo de sobrinos, Elba Haydée, la mayor, Aldo Rubén, 10 años y Jorge Haroldo, el cuarto hermano, Raúl Osvaldo, no participaba por pequeño todavía. La consiga: entrar disfrazados en el corso del barrio; elementos de lucha: papel picado, serpentinas, lanza perfumes y, por supuesto un antifaz. ¡A la carga! Ordenó la tía y el núcleo de disfrazados de «El Zorro» inició su peregrinación.    Con la emoción lógica de chicos llegamos al corso barrial esgrimiendo las que podrían ser nuestras herramientas de trabajo (pero todo se vino abajo cuando próximo a la fila de «soldados de la tía Zulema» un muchachón gritó, observándola, «Lindas «patas» para pisar uvas en Mendoza.» La tía montó en cólera y nos gritó ¡Chicos, vámonos! Y el sueño de una noche de corso pasó a ser memoria.

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Categorías: Columnas de Opinión

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