Recordamos a José Hernández, Bartolomé Hidalgo, Hilario Ascassubi, Estanislao del Campo, cultores todos ellos del romanticismo gauchesco, salpicado en algunos casos por una pintura “joco tristona y gauchi política”, pero por sobre todo a ese Martín Fierro que de la leyenda literaria creada por Hernández pasó a ser el mayor exponente de un entorno pampeano que se nos aparece resumiendo en su persona todo aquello que nos habla de tradición, de costumbres, de comportamientos en tiempos en que el país delineaba fronteras y pretendía crear identidad nacional.
Cuando se anuncia la celebración del Día de la Tradición el 10 de noviembre, nos acude como primera imagen la figura del gaucho y sus aderezos junto a la paradigmática figura de José Hernández y su Martín Fierro, obra cumbre con la que culmina el ciclo de los fundadores de la literatura gauchesca que si bien en un principio fue anónima, enroló en sus filas, desde fines del siglo XVIII hasta el último tercio del siglo XIX.
Sin duda que la literatura llamada gauchesca es el mejor exponente con el que contamos para desgranar la historia de un tiempo, el tiempo del parto nacional, en el que el gaucho, aquel hombre que encarnaba la libertad, producto de su vida de jinete solitario de las llanuras desiertas, que debió aprender a manejarse con la independencia propia de un estilo de vida errabundo, en un ámbito que, como el de la pampa, se ofrecía ante él como un horizonte sin  límites ni ataduras
Y si bien es cierto que el mundo del Martín Fierro ha muerto, su lectura, como la lectura de toda esa proficua prosa y poesía gauchesca que lo precedió y que le siguió, no pierde vigencia global y pasa a ser una forma de entender el ser nacional, una forma de ingresar en la problemática social y, como si todo esto fuera poco, permite escarbar en los albores de una idiosincrasia y una identidad nacionales, algo que se autogeneró en un suelo que, tras la independencia, no pudo impedir empaparse de un europeísmo que nos deslumbraba desde siempre y que con su cultura de siglos logró minimizar lo autóctono a través de los grandes hombres de entonces que nos ubicaron en la encrucijada de una búsqueda de nuestra identidad que todavía se extiende y que se trata de explicar colocándonos en la situación de foráneos de nuestra tierra a la cual llegamos con los barcos de ultramar y que tomaron todos aquellos aprestos y logros gauchos que florecen con fuerza y coraje en las luchas por la independencia de la que es pieza clave, como algo anecdótico, casi para el olvido.
Por todo esto sería del caso, comenzar un estudio serio y sin restricciones, de todos los elementos que contribuyeron a hacer la independencia y crear la nacionalidad, empezando con el estudio del gaucho, por cierto que desprendiéndonos de preconceptos que lo presentan como vagabundo, pendenciero y ventajero, proclive a la obsecuencia ante la autoridad y tomar en cuenta y revalorizar esa gran fibra moral del gaucho que aquellos cultores supieron transmitirnos.
Mientras los pueblos del mundo alaban y exaltan sus comienzos nacionales, nosotros hasta nos avergonzamos de nuestros orígenes si escarbamos más lejos que la llegada de los inmigrantes. No nos animamos a exaltar lo nuestro, pero no por culpa o imperio de los que llegaron, sino por nuestra propia culpa y ese deseo de parecernos a otros en el convencimiento de que así elevamos nuestra estatura cultural, olvidando o queriendo olvidar tal vez, esa rica herencia latina que recibimos a través de España y que mucho tuvo que ver con la cultura mundial.
La poesía gauchesca fue desde sus comienzos una suerte de comunicación popular y hasta confidencial entre la gente del pueblo en la que se entremezclaba el decir pícaro, lo episódico y hasta lo histórico, encontrando en los payadores y sus improvisaciones el campo fértil de ese cantar guitarrero, realista, crudo y convincente y que cumplió las funciones de los « trascendidos periodísticos» de hoy.
Los «cielitos» de Bartolomé Hidalgo a fines del 700,  a los que se sumaron las décimas y los triunfos, mostraban el diálogo entre paisanos, característica peculiar que tuvo aquella poesía gauchesca en sus comienzos, y que actuaba como punta de lanza para multiplicar sus efectos.
En muchos casos el decir jocoso estuvo salpicado por la reflexión y el comentario, apreciándose la queja mordaz y ese dolor que flotaba en la intimidad del verso donde lo político o lo social no dejaba de registrar la gracia del estilo, pero sí eran lo destacable.. A Hidalgo lo sucedió Hilario Ascassubi y su «Santos Vega», ya en el 80, siendo editor del semanario «Aniceto el Gallo. Gaceta joco-tristona y gauchi-política».
También en el 800 aparece Estanislao del Campo, autor de «El Fausto» quien lleva a su culminación ese estilo de juego dialogado de los poetas gauchescos: «…Vaya largando terreno, /sin mosquiar, el ricachón,/ capaz de puro mamón/ de mamar hasta con freno;/ pues no me parece güeno,/ sino que, por el contrario,/ es injusto y albitrario/ que tenga media campaña,/ sólo porque tuvo maña/ para hacerse arrendatario./ Si el pasto nace en el suelo/ es porque Dios lo ordenó,/que para eso agua le dio/  a los ñublados del cielo.» (versos de «Carta de Anastacio el Pollo»).
Aquellos problemas del paisano de entonces, tal vez fueran de otra dimensión, pero los sigue viviendo la gente, por eso la importancia de estudiar detenidamente este tiempo que es como un mostrador del comienzo de una filosofía de vida nacional.
Pero si los testimonios de aquella rica época cultural no hubiesen sido recogidos por esa poesía gauchesca, y si José Hernández no hubiese editado el Martín Fierro, todo se hubiese perdido, pasamos a esta obra cumbre a la que el autor definió así: «no sigue ni puede seguir otra escuela que la que es tradicional al inculto payador» pero que sin duda es la obra más difundida y conocida de nuestra literatura y la que mejor aceptación ofrece por parte de todos los niveles culturales  y sociales de nuestro pueblo.
En su aparición y ante el desdén de los círculos ilustrados, Rafael Hernández recibió el espaldarazo del boliviano Pablo Subieta en 1881, quien le atribuyó un valor y carácter de profundo estudio de filosofía moral y social «Martín Fierro no es un hombre, es una clase, es una raza, casi un pueblo, es una época de nuestra vida, es la encarnación de nuestras costumbres, instituciones, creencias, vicios y virtudes, es el gaucho luchando contra las capas sociales superiores de la sociedad que lo oprimen, es la protesta contra la injusticia, es el reto satírico contra los que pretendemos legislar y gobernar, sin conocer la necesidad del pueblo, es el cuadro vivo, palpitante, natural, estereotípico, de la vida de la campaña, desde los suburbios de una gran capital, hasta las tolderías…»
La sola lectura de lo anterior nos exime de seguir esgrimiendo razones para reivindicar al gaucho, aquel solitario habitante de la pampa que figuraba en una sola lista de pagos, la de contribuir con su coraje y valentía a luchar por nuestra independencia y en todos los encontronazos por la nacionalidad hasta, como en esta misma literatura se dijera, su reemplazo en sus escenarios naturales por la llegada de los inmigrantes.
…y si nos ponemos escribir este segundo artículo historiando la tradición en nuestro país es como para que los niños, los jóvenes y los no tan jóvenes , los docentes y porque no los alumnos, comiencen a comprender que  se nos enseña a conocer  la tradición de los países allende los mares ¿y la nuestra?. ¡Valga!

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Categorías: Columnas de Opinión

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