La pandemia que nos azota impedirá realizar un acto homenaje hoy viernes 11 de septiembre a quien fuera en vida y obra don Domingo Faustino Sarmiento y por lo dicho el mismo se reducirá a una presencia floral en el monumento levantado a su nombre.
Con el fin de contribuir a que se siga viviendo su memoria, detendremos hoy  nuestra presencia editorial para referirnos a esa vida y esa obra inconmensurable para los tiempos en que vivió el que y para graficarlo de algún modo, nos lo imaginamos como una antorcha cultural encendida en ese mundo nuevo al que pretendía abrirle camino educativo y por lo tanto cultural, mientras hacían esfuerzos gauchos  y caballos al mando de caudillos de aquí y de allá alertando al puerto que ese nuevo mundo era también “su mundo” y que lejos estaba entonces de recibir la instrucción por la que Sarmiento bregó en su vida y que le valió ser el maestro por antonomasia en la cultura argentina que rememora aquel 11 de septiembre de 1888 en que con su muerte apagó aquella antorcha  venerable.
“Falleció en la Asunción, República del Paraguay, don Domingo Faustino Sarmiento de quien se ha dicho que, como estadista fue más práctico que Bernardino Rivadavia y como periodista mas ilustrado que Mariano Moreno. La infausta noticia llegó con retraso a su patria. Las últimas novedades habían confirmado la gravedad de su estado de salud. Su muerte conmovió a la Nación. De inmediato se formó una comisión para organizar la manifestación pública con motivo de la inhumación de los restos del ilustre estadista, ex presidente de la Nación y talentoso escritor. Los gobiernos de Chile y Paraguay, y los de las provincias y gobernaciones argentinas adhirieron al duelo. Instituciones de todo orden hicieron lo propio. El prócer murió con serenidad; en afectuosa recordación a su familia, en medio de la mayor pobreza, escaso de recursos, llegando a lo necesario para pagar los remedios  y más aún para pagar la asistencia médica. El cadáver fue embalsamado y fue embarcado en el vapor San Martín que lo condujo a la República Argentina. Todo el pueblo de Asunción, autoridades, intelectuales, escuelas, gente humilde concurrió al puerto a despedir al ilustre muerto. Con su muerte el país había perdido a una de sus figuras más representativas y  a uno de los entendimientos más penetrantes en materia de gobierno, de educación, de derecho internacional. El 12 de septiembre de 1889 fueron trasladados los restos del ilustre patricio desde el panteón de la Recoleta a la cripta en que definitivamente habían de quedar inhumados. Durante el trayecto llevaron los cordones del ataúd don Aristóbulo del Valle, don M. Varela, don Torcuato de Alvear y don A. Belín Sarmiento. El emperador del Brasil y la ciudad española de Santiago de Compostela enviaron sendas coronas de flores que llamaron la atención del público, entre otras muchas cantidades. Al llegar a la cripta habló el doctor Varela. Posteriormente concurrieron al lugar las alumnas de todas las escuelas de la capital para colocar flores. En diciembre de 1899 el intendente municipal de la ciudad de Buenos Aires acompañado del presidente de la Nación, general don Julio A. Roca y de varios legisladores nacionales, eligieron en el parque Tres de Febrero de la ciudad el sitio para la estatua a don Domingo Faustino Sarmiento. Maestro de escuela, dependiente de comercio, mayordomo de mineros, periodista, escritor fecundo, boletinero del Ejército Grande, autor de textos escolares, viajero infatigable, Jefe del Departamento de Escuelas, senador, ministro del general don Bartolomé Mitre, auditor de Guerra, gobernador de su provincia natal, Director de Guerra en las provincias de Cuyo, ministro plenipotenciario en los Estados Unidos, creador de la Escuela Naval y del Colegio Militar de la Nación, general del Ejército Argentino y presidente de la República, todo lo fue, por su personalidad desbordante y su capacidad genial.
Nació en la ciudad de San Juan el 14 de febrero de 1811, en los albores de nuestra vida de nación soberana. Recibió su primera instrucción en una modesta escuela llamada “de la Patria” siendo educado posteriormente por su tío, el presbítero José de Oro, capellán del Ejército de los Andes.
Desde niño demostró pasión por la enseñanza, de la que sería durante toda su vida un verdadero apóstol. Sembrador de ideales, defendió el futuro de la nacionalidad, por el camino de la cultura popular. Fundó escuelas por doquier y extendió las luces del conocimiento a todos los hogares de la República, dejando a la patria un legado de infinito amor por la niñez y por los libros. A él pertenece esta invocación  por nuestra enseña. La Bandera azul y blanca ¡Dios sea loado!, no ha sido jamás atada al carro triunfal de ningún vencedor de la tierra”. Ejerció la presidencia de la República desde el 12 de octubre de 1868 hasta el mismo día y mes del año 1874.

Enseñanzas doctrinales de San Martín
*Las revoluciones abren un campo inmenso hacia la maledicencia, y sus principales tiros se dirigen principalmente contra los hombres que tienen la desgracia de mandar.

*Os ruego a que aprendáis a distinguir los que trabajan por vuestro bien, de los que meditan vuestra ruina: no os expongáis a que los hombres de bien os abandonen al consejo de los ambiciosos.

*Perseguiré igualmente a los que atacando el orden social, solo parecen nacidos para el oprobio y aflicción de la humanidad.

*Hombres que se abandonan a los excesos son indignos de ser libres.

*Para defender la causa de la independencia no se necesita otra cosa que orgullo nacional.

*Serás lo que hay que ser, si no eres nada.

*Ya tiene Ud. reconocida nuestra independencia por la Inglaterra; la obra es concluida y los americanos comenzarán (a disfrutar) ahora el fruto de sus trabajos y sacrificios; esto es, si tenemos juicio y si doce años de revolución nos han enseñado a obedecer; si señor, a obedecer, pues sin esta circunstancia no se puede mandar.

*Dios conserve la armonía, que es el modo de que salvemos la patria.

*Divididos seremos esclavos: unidos estoy seguro que los batiremos: hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares, y concluyamos nuestra obra con honor.

* La calumnia, como todos los crímenes, no es, sino, obra de la ignorancia y del discernimiento pervertido.
Fuente: Instituto Nacional Sanmartiniano

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Categorías: Columnas de Opinión

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