Nos detuvimos en la página 8 de la Gaceta informativa Nº 11 de Octubre Noviembre/99 de la Junta de Estudios Históricos de Misiones donde hallamos una nota firmada por Silvano Jorge Trevisán de la ciudad de La Plata, titulada “Conjuguemos el verbo Tener Tiempo” que así comienza: “Este Fin del siglo XX pretende convertirnos en una célula del consumismo, sumergido en las “angustias de la prisa”, hacernos TV dependientes y uniformarnos en un pragmatismo avasallador. No hallamos espacio para la lectura reposada, la charla quieta con un amigo, o la meditación (que es la charla con uno mismo).Los días se nos transcurren presionados por las ansiedades cotidianas, sin tiempo para contemplar la hermosura de cada amanecer o gozar la policromía de los crepúsculos. A quienes nos resistimos a ese cambio degradante se nos llama “sentimentales antiguos” o, “líricos”
¡Pero no nos entreguemos! El infinitivo más conjugado por el hombre actual es “no tener tiempo”.
Es inevitable que el hombre moderno, a fuerza de vivir acelerando su propia existencia vaya perdiendo la valoración relativa de los diferentes parámetros que conforman su condición de ser humano, la atención que le demanda la vertiginosa sucesión de hechos que continuamente impactan su mente y las urgencias acuciantes de este tiempo que le toca vivir, desdibujan con prontitud otros valores supremos de la vida hasta hacerlos, a veces, desaparecer.
El romanticismo, el ocio creador, la contemplación estética, son hoy despreciados como cosas de antaño. En este mundo de la cibernética, todo se cuenta,  pesa o mide. Todo está sujeto al cálculo. La cifra ocupa, con persistencia tenaz, la mente del hombre moderno. Y aquí conviene distinguir “cifra” de “número”. El número es, no solo para quienes por razones de profesión tenemos con el contacto permanente, sino para todos, un verdadero amigo. Es un ente abstracto, casi espiritual, base fundamental de las ciencias físico- matemáticas, la cifra, en cambio, es la aplicación del número al análisis utilitario, al cálculo del beneficio material. Utilizando las palabras de Pablo VI, pareciera que al hombre moderno le preocupara más tener más que ser más.
¿Qué es un hombre moderno?  Un hombre moderno es aquel que no tiene tiempo, terrible definición que nos invita a la reflexión. ¿No tiene tiempo para qué? Precisamente para ser más. No tiene tiempo para crecer desde adentro porque está muy ocupado en crecer hacia afuera. Está encadenado en una multitud de necesidades que se impone a sí mismo. Antes tenía menos cosas y era dueño  y era dueño de ellas, ahora tiene mucho más, pero es su esclavo.
El tiempo no le alcanza. Necesita correr, y corre. Y al correr solo puede mirar distraídamente a su alrededor. Tan distraída y apresuradamente que no ve a nadie. Porque para ver se requiere prestar atención y esta a su vez  demanda tranquilidad y tiempo. Y el carece de ambos. Sin desconocer que la innovación científica es la característica dominante en esta época, aceptando que hemos estimulado un poder tecnológico extraordinario sobre las leyes que rigen el mundo físico, más allá de esta realidad, lo importante, el centro y la medida de todo, sigue siendo el hombre.
El hombre total, prodigiosa dualidad de cuerpo y alma, tiene necesidades materiales pero también espirituales, estéticas e intelectuales.
Quiere ser más, más útil, más ecuánime, , más bueno, más feliz.
En momentos en que una gran mayoría tiende a conjugar el verbo “no tener tiempo”, debemos procurar encontrar tiempo para servir. Porque servir es,  por sobre todas las cosas crecer interiormente, en eta época en que no escasea el egoísmo, la envidia, la vulgaridad. Felizmente hay espíritus selectos que y sintieron la sed de la verdad y la necesidad de ser más. En una actitud de permanente docencia procuremos transitar por senderos de superación.
Ya lo dijo Juan XXIII. “La persona humana aunque condicionada exteriormente, solo se realiza como tal en la medida que se hace desde adentro”.

Leyendas misioneras
Otra perlita de nuestra biblioteca
Se trata de una nota del libro de Aníbal Cambas, Leyendas Misioneras que fuera impreso en los talleres gráficos “El Eco de Misiones” de Herminio S. Prado, el 17 de diciembre del año 1938.
De entre las ciento cuarenta y dos páginas de leyendas por la calidad del tema y por el espacio que disponemos  transcribimos URUTAÚ (la leyenda del Infortunio)… El ave oriunda de las frondas misioneras, que en las noches de luna, llora al cielo su infortunio… es el llanto de la cuñataí  que sintió despertar su amor, cuando bailaba al resplandor de las hogueras prendidas en reconocimiento del Dios Tupá.

La Princesa Urutá
Una cálida noche los miembros de la tribu del cacique Güiraverá, festejaban uno de los más significativos acontecimientos que se registraba
En la vida de la comunidad: la vuelta de los cazadores.
La caza era para el guaraní de la región misionera, el motivo de las emociones que diariamente reclamaba su alma, cuando la voz del cacique no exigía su presencia en la guerra.
Mientras las mujeres, los niños y los más viejos quedaban en la ranchada a cargo de los sembrados y de los quehaceres familiares, los cazadores se internaban en la fronda en busca de sus presas favoritas; antas, tatetos (pecarí), venados, pacas (mamífero roedor) y capibaras (carpincho), que ofrecíales abundante carne y valiosas pieles.
Pero el guaraní no se conformaba tan solo con estas cacerías que no le proporcionaban todas las sensaciones que reclamaba su espíritu inquieto y valiente. Por eso buscaban incesantemente al yaguareté, su enemigo de siempre, al que pudiéndole dar fácil caza con lazos de güaeymbé disimulados en la espesura, prefirió hacerle frente con su horqueta y con su lanza. Cuando el temido felino lanzaba ágilmente su salto extraordinario, el indio paraba hábilmente con la horqueta y hundía certeramente su lanza en el corazón de la fiera.
Y cementase que hubo cazador, perteneciente a  aquella famosa tribu de indios paranaenses que, mientras esperaba el salto del feroz morador de las selvas misioneras, limpiaba con el pie el sitio donde iba a caer éste, con el fin de no dañar su hermosa piel, para ofrecérsela luego a la bella Urutá hija del cacique y diosa de su campamento, a quien los cazadores obsequiaban los más valiosos cueros y las más valiosas cuentas, y los guerreros sus más valiosos trofeos, a cambio de todo el bien que ella sabía ofrecer a los caídos en desventura.
Esa noche, las luces de las hogueras, alumbraron a  la encantadora princesa india, bailando al son de las flautas de tacuara, de los tambores y de los cantos, su danza, maravillosamente salvaje, en gracia del Dios Tupá que había proporcionado tan espléndida caza a los hombres de la tribu.

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Categorías: Columnas de Opinión

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