El pánico cunde

El mundo entero se ve sorprendido desde hace unos meses con la llegada de nuevas pandemias que azotan a la población. En los países tropicales el dengue prolifera, y junto con él una hermosa mezcla de cosmovisiones mezcladas en los diagnósticos y tratamientos para la enfermedad. Así pasamos de la prescripción del médico matriculado a la búsqueda de recetas caseras en base a la hoja de mamón, mientras al menos uno de los integrantes de cada una de nuestras familias cae rendido ante los dolores musculares y articulares producidos por la picadura de la mosquita traviesa.

Y como si esto fuera poco, el sello fuerte “made in china” nuevamente es noticia, pero esta vez no con productos tecnológicos, ni con novedades en la bolsa de valores, sino con un nuevo virus que literalmente paraliza el mundo.

Sistemas económicos, de salud, comerciales, gubernamentales totalmente colapsados. Propio de la  lógica economicista en la que vivimos inmersos, al principio abundan los informes sobre las cuantiosas pérdidas de dinero que se generan como consecuencia de la pandemia. Luego recién comienzan a tener fuerza los mensajes más solidarios, de empatía  y “otredad”

Y en todo este caos, la escuela, esa fabulosa tecnología cuyo constructo actual se sostiene en los cánones de la modernidad, y que resiste estoicamente a pesar de las espectaculares transformaciones científicas y tecnológicas.

Aulas con 30, 40 y hasta 50 niños/adolescentes compartiendo la simultaneidad del espacio físico y del tiempo, casi como el reflejo de una verdad que, a pesar de todas las refutaciones, se sostiene en la mentalidad del adulto-docente: todos pueden aprender lo mismo, al mismo tiempo, en el mismo lugar, y con iguales recursos. ¿Qué hacemos?

¿Cuál es el costo social, político y económico de los gobernantes ante las decisiones que toman frente a la escena de la escuela pública, abierta a todos y el riesgo de mantener esta realidad?

¿Qué hacemos los padres que de pronto nos vemos obligados a convivir en nuestras casas con nuestros hijos, y como si esto fuera poco, hacernos realmente cargo de su instrucción/educación?

Y es que se trata de una cuestión de vida o muerte. Porque mantenernos todos juntos asistiendo a la escuela pone en riesgo nuestra propia vida.

Estamos ante la fabulosa oportunidad de desafiar nuestras concepciones de  educación, y demostrar la eficacia (o no) de otros formatos de instrucción.

 

La escuela del Siglo XIX definitivamente ya no responde a lo que el mundo necesita HOY

La cuarentena es una realidad, y ante ella vale la pena ponerse un momento en rol de simple espectador, como que el mundo resultara totalmente distante, ¿qué vemos?

  • Gobernantes tomando decisiones drásticas
  • Médicos, enfermeras exhaustas, hospitales y clínicas colapsadas.
  • Familias protegiendo a sus ancianos. ¡Qué bien!
  • Y los maestros y profesores… recalculando

Los optimistas a ultranza: Ubico aquí a  ese grupo de docentes convencidos de que los artefactos van a remediar el problema de la no presencialidad/simultaneidad. Bajo el argumento de que igualmente, mirando un par de videos los niños y jóvenes van a aprender. Hay alternativas no presenciales, a distancia, plataformas, conectividad, celulares, computadoras, tablets…. Todo el aparataje tecnológico de pronto adquiere nuevos sentidos: no sólo nos mantiene comunicados “interconectados”, no sólo nos entretiene, no sólo genera millones de dólares que van a parar al bolsillo de los oligopolios mundiales, sino que además se caracterizan por ser EDUCATIVOS!!!! Mágico pensamiento que tiñe las percepciones de miles y miles de adultos. Y  las redes sociales explotan de fotos y videos de niños puestos frente a un artefacto observando imágenes y apretando teclas, como si esto per se garantiza aprendizaje.

Los pesimistas a ultranza: El mundo se divide entre los primeros y éstos que tienen la maravillosa capacidad de encontrar en todo, pero en absolutamente todo, lo negativo, el error. Y es que existen (ud. seguramente conoce a varios) quienes están convencidos de que la educabilidad no es posible a pesar de los enormes esfuerzos de la humanidad. Éstos descreen de la posibilidad de aprender, ya no lo creen ni siquiera en el formato escuela tradicional, menos aún en los modelos no presenciales. Por lo tanto deciden acatar las reglas del juego del a pandemia, encerrándose en sus casas, y esperando con ansias que todo vuelva a la normalidad.

Las respuestas de los educadores ante la pandemia: Y si no hubo verdadera reflexión superadora, trasladamos a lo virtual exactamente los mismos esquemas que de la presencialidad, eso sí, con el maquillaje “tecnológico”

 

Yo prefiero situarme en el medio de la grieta. Y es que observo, a veces escéptica, y me permito dudar de muchos programas, proyectos o acciones, la duda deviene  de pensar acerca de la intencionalidad formativa que los mueve. Así, muchas instituciones se vieron sorprendidas con equipos directivos y docentes muy desactualizados, con escaso y a veces nulo manejo de las nuevas tecnologías y que como propuesta hacia os alumnos se limitaron a enviar cuestionarios vía whatsapp. En mi pueblo, por ejemplo supe de una consigna insólita: Asignatura música, consigna (ante el envío de una paupérrima imagen de un texto sobre, si mal no recuerdo, una clasificación de algo sobre música) los alumnos debían transcribir en manuscrito e contenido de la imagen. Me sigo preguntando qué aprendizaje relevante han desarrollado estos jóvenes.

Seguramente lo padres podrán elaborar un anecdotario de consignas insólitas en tiempos de coronavirus. En este caso, confío en la capacidad de autoevaluación del colectivo docente y la necesaria búsqueda de mejora en la calidad de la formación. Pues estamos nada más y nada menos que formando a los ciudadanos del  Siglo XXI.

 

En estos días recorro entusiasmada diversas plataformas para ver qué proponen. En algunas veo con gran desilusión una enorme inversión de dinero en una propuesta marketinera, bonita, con mucho maquillaje, pero que en el fondo sigue repitiendo el anquilosado modelo educativo del siglo XIX. En otras, comienzan a avizorarse propuestas verdaderamente transformadoras. Transformadoras de qué? Y simplemente de la concepción de sujeto, y de los modos de entender cómo conocemos la realidad, o mejor, cómo construimos sucesivas aproximaciones al conocimiento de lo que nos rodea. Y sobre todo últimamente pensarnos en tanto parte de un colectivo social.

 

Estas propuestas lamentablemente no siempre surgen de manos de funcionarios encargados de gestionar la educación de los pueblos. Surgen, como es de esperarse, de pequeñas comunidades o colectivos de formadores preocupados por educar en serio.

Y es que si el colectivo docente en su conjunto no aprovecha la explosión de información con la que hoy convivimos para repensarse a fondo, es muy probable que sigamos en el “como si enseñamos” y nuestros chicos sigan mostrándose “como si aprenden”.

Vuelven a mi memoria las lecciones de la clase de Pedagogía en primer año de la carrera Psicopedagogía. ¿Es posible educar? ¿Es necesario educar? Y es por esto que mantengo la esperanza en la educación como herramienta transformadora de la sociedad y en la existencia de colectivos de maestros y profesores interesados en la educación, con o sin pandemia.

Lo que queda claro es que la figura del docente, del educador, es imprescindible, pero por sí sola no garantiza educación de calidad. Un curso acelerado de filosofía de la educación, de Pedagogía y Didáctica Socio-crítica para repensarnos como formadores no nos vendría mal. Sugiero en este sentido las producciones audiovisuales de la UNIPE (Universidad Pedagógica de Argentina).

 

Vigilancia epistemológica, no sólo epidemiológica

 

Me pregunto cuáles son las circunstancias que llevan a una persona a transformarse en verdadero educador, y creo que el modelo lineal causa/efecto no es suficiente para una respuesta completa a esta pregunta.

 

Al menos los que en mi vida van ocupando ese lugar tienen algunas cosas en común, a pesar de sus enormes diferencias. Son y fueron personas que se mostraron convencidas de lo que hacían. Son y fueron personas que me permitieron equivocarme, no me dieron las respuestas armadas, menos las preguntas, son y fueron personas muy lectoras, siempre a su alrededor estaban los libros. Son y fueron personas abiertas al diálogo, con enorme capacidad argumentativa, pero que nunca me impusieron su punto de vista. Algunas se especializaron en Lengua y Literatura, otras en Matemática, otras en Religión, Ingeniería, Pedagogía, dos de ellas se especializaron en lo más importante: educar a sus hijos (Rosita y Cochelo sin lugar a dudas fueron y son mis maestros, ellos tiene para mi el doctorado honoris causa).

 

Cierro esta reflexión poniendo en valor la formación profesional docente. Pararse frente a una clase o frente a una computadora y tirar información lo puede hacer cualquiera. Hay cada chanta cobrando como docente! Gente que pasó por la formación inicial en los centros educativos hay miles, algunos pasaron sin pena ni gloria, y así viven su hacer pues sus alumnos no recuerdan siquiera su nombre, menos aún sus aprendizajes. Pero señores, si tienen la suerte de cruzarse con personas que les hacen descubrir la pasión por el conocimiento, esos que “te vuelan la cabeza”, aprovéchenlos, esos son los verdaderos EDUCADORES.  Felicitaciones a los que en tiempo de coronavirus siguen ese camino en formatos alternativos de “educación escolar”.

 

No consumamos acríticamente lo que nos quieren imponer. Ante la pandemia, vigilancia epidemiológica. Ante el desafío de la educación, vigilancia epistemológica.

 

Abrazo a los auténticos docentes

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Categorías: Columnas de Opinión

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