El poeta inició su poesía así: «Cada comarca en la tierra tiene un rasgo prominente…» ¿Cómo pretender que la gente que habita un litoral con acceso al Río de la Plata sea en un todo homogéneo con el territorio ubicado al norte ?.¿Cómo  pretender lo mismo en el norte y el sur de nuestro país y afilando un poco más el pensamiento ¿cómo es posible que el juego de sublimación que invade a un individuo del norte sea igual que al del sur?.
En el juego del reparto histórico de los pueblos dela hoy Latinoamérica resultamos muy beneficiados en cuanto a suelo y agua se refiere pero en el generoso reparto de las tierras, claro de las tierras fértiles, de buenas a primeras nos encontramos con que a los precursores del puerto, un poquito al sur y otro poquito al centro del país las fueron enajenando para premiar a jefes de exitosas campañas militares en la mayoría de los casos, no por agradecimiento como se podría suponer, sino por las sencilla razón que los estancieros debían conocer París para poder ingresar a la sociedad porteña, ancla mayor que había que frecuentar para  hacer de la excursión algo así como un «pre París» y en proyectos y deseos nos fuimos quedando sin mano de obra,  mientras los campos urgían segadores, los nuestros seguían mirando con fruición a Europa.
«Gobernar es poblar» la advertencia de Juan B. Alberdi  caló fuerte en el Puerto pero sacudió también tras los mares y desde allí  se inició la caravana que llegó a ser millonaria de emigrantes europeos (especialmente españoles e italianos) con destino al Hotel Inmigrante los que prontamente fueron olvidando sus problemas en la vieja Europa para ir ocupando los lugares vacantes por indolencia nacional tanto en la agricultura como en los oficios y así, a fuerza de laboriosidad a costa de inmensos sacrificios y las cosas se fueron acomodando  como para poder celebrar el centenario de la Revolución de Mayo hasta con pompa.

Clemenceau y la Argentina
«La Argentina del Centenario»
A nuestros lectores que les apasione el tema que le hemos planteado hoy le sugerimos que lea páginas interesantes, pero no por ello que dejan de ser incisivas, todas referentes al centenario de la Revolución de Mayo por el político famoso francés Georges Clemenceau (1841-1929) en su libro «La Argentina del Centenario» . El libro corresponde a la serie: Corresponsales extranjeros: como nos vieron. Dirigida por Rogelio García Lupo. Universidad Nacional de Quilmes» 1999.
Quisiéramos finalizar aquí pero dejaremos otros temas previstos para seguir utilizando a Clemenceau ahora bajo el título:

«La Argentina y la Madre Patria»
Si los elementos extranjeros del mundo latino encuentran tantas facilidades para fundirse en un  gran  crisol de pueblo argentino,  no es menos cierto que la parte principal de la mezcla es de metal español. La lengua, la literatura y la historia suministran direcciones a las que nadie se puede sustraer. La antigua rama trasplantada en una tierra joven dirige sus retoños hacia otro cielo, pero la savia original, con sus nuevos afluentes, circula siempre en lo más profundo de la vida. La Argentina no es ni quiere ser una colonia española. Se ha libertado felizmente de las trabas históricas- de la teocracia en primer lugar- que de un modo tan molesto interrumpieron el impulso de un pueblo noble y fiero, solicitado para las altas aventuras. Y, por lo tanto, a pesar del gran aluvión de Italia simbolizado por el monumento en honor de Garibaldi y a pesar del vivo empuje de la cultura francesa, el atavismo de la sangre mantiene el poder del rasgo indeleble que caracteriza a la Nación Argentina hasta lo más lejos de sus desarrollos futuros.
La visita de la Infanta Isabel con ocasión del Centenario de la independencia fue una feliz inspiración del gobierno español… La princesa, acompañada del señor Pérez Caballero, embajador de España en París, fue acogida en todas partes con un entusiasmo desbordante…
Después de la represión de las violencias anarquistas, corría el rumor de que la vida del presidente de la República estaba en peligro. Quizás no había nada de esto. La desgracia era que no se podía tener la certeza de todo ello sino después de la experiencia. La Infanta Isabel quiso ignorar todo lo que se decía del particular. Muy simplemente, y muy bravamente también, se mostró  por todas partes el jefe del Estado, y por la buena fama del pueblo argentino, no encontró sino saludos y vivas…»

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Categorías: Columnas de Opinión

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