Y mientras la lluvia se está haciendo ver como para espantar el humo, testigo hábil de un norte más allá del nuestro que crucificó arteramente una riqueza forestal envidiable del cono sur en un mundo cada vez más árido y seco, humo que al decir de los entendidos en la materia, es el culpable, tras invadir nuestro espacio territorial, de complicar nuestra salud haciéndonos respirar monóxido de carbono y mientras en materia política se está “suavizando” la grieta, esa invención extemporánea surgida en el centro neurálgico político nacional, y que fuera muy bien desparramada a través de la difusión masiva sin marca registrada, pero que su utilización ha servido para algunos que patentando el “sálvese quien pueda” que  no repara en crear, fomentar y multiplicar fuertes rencores que se multiplican en odio y venganza olvidando a Sarmiento con aquello de que “las ideas no se matan”
Y bien, quisiéramos seguir los renglones políticos en este mes previo a las elecciones del mes que viene, pero recordamos línea más, línea menos lo que prometimos el viernes 6 al inicio de la 40 Fiesta Nacional del inmigrante “En homenaje a los pioneros de la colonización obereña realizada en plena selva… y para que se divulgue más los sacrificios  que les exigió la naturaleza por hollarla, ofrecemos hoy una página  de esa rica historia, página protagonizada por el monte virgen…” a esa página que consideramos de alto valor histórico, le siguió el viernes 13 otra del mismo nivel, cierto que las páginas mencionadas una se refería a la selva y la otra al Yerbal Viejo. La de hoy tiene como protagonista a un pionero y esposa describiendo su largo y riesgoso periplo colonizador hasta triunfar en la lucha.

Emiliano Mielnik
De Ucrania a Yerbal Viejo(*)
“…y sin embargo estábamos todos sanos, no se conocía médico ni enfermedad..”
Nos sentamos junto a la mesa, reunidos para charlar con el abuelo y la abuela como tantas otras veces con la excusa del mate.
Nos cuenta que mejor no la pasaba en Europa, y la lejana Ucrania ahora invadida, (1978) y que tampoco ninguno de los que decidieron emigrar de aquel país. Todavía frescos los recuerdos de la primera guerra, vividos a pleno a unos quince kilómetros de la frontera que a veces se acercaba y otras se alejaba, como lógica consecuencia de sus parciales resultados. Así decidieron venir.

¿Por qué vinieron?
Porque había ganas de trabajar, y no había donde. La tierra para el trabajo no existía o, mejor dicho, estaba toda ocupada. Con una o media hectárea debía subsistir toda la familia y a medida que las generaciones iban pasando aun ésta se iba dividiendo. La emigración del país era una nueva expectativa, una nueva esperanza y posibilidad que resultaba tentadora, aun cuando dirigida hacia lo incierto de sus resultados.
El día 17 de abril de 1926 pisamos por primera vez suelo argentino, la Oficina de Inmigraciones de Buenos Aires, que reunió en aquellos días a miles de extranjeros que veníamos a trabajar.

¿Cómo llegaron a Misiones?
Es largo, pero voy a tratar de contarte (nos dice en su dificultoso castellano), nos hablaron bien de Misiones, que la tierra era linda y que el clima era bastante cálido. A nosotros, que ya mas bien estábamos cansados del clima frío, nos entusiasmó la idea de ir a una zona cálida. Cuando pagamos el pasaje a la Argentina por barco, pagamos incluido a cualquier punto del país que quisiéramos y de esto se haría cargo el lugar que nos recibía y lo más notable (ahora nos sigue explicando en ucraniano) es que en la Oficina de Inmigraciones de Buenos Aires no nos dejaban venir a la provincia de Misiones porque se hablaba de una selva inhóspita y poblada de indígenas, ignorándose su grado de civilidad.

¿Qué hicieron entonces?
Nos reunimos siete familias en Buenos Aires y con los escasos recursos que contábamos decidimos pagar el viaje hasta esta provincia (aclaramos, territorio nacional por aquel entonces), en este caso mi padre, don Esteban Mielnik, llegó a la casa de un señor de apellido Unizony, quien se encargó de solicitar a la oficina de inmigraciones por las familias que habían quedado a la espera en Buenos Aires. Así es que en tren partimos hacia Posadas. En Posadas solo había dos casas de material y la Estación ferroviaria.  Entre las familias que veníamos, puedo recordar ahora a la familia Boshik, Jagushechtka (dos familias), Chabán, Deonisio, Sisko, Gleb, Semeniuk, entre otros.

Usted mencionó un telegrama, ¿dónde estaba la oficina de correos más próxima?
En una villa llamada Mecking, se trataba de una familia que tenía un almacén en las cercanías de la que actualmente es Leandro N. Alem, que fue posteriormente fundada por un Gobernador (así nos cuenta y nos recuerda su nombre) y en cuya casa había una oficina de correos (algo equivalente a una estafeta por lo que nos explica).

¿Y de Yerbal Viejo que se sabía cuándo llegaron?    
Nada, solo que se iba a fundar un pueblo, esto lo hemos sabido por unos inmigrantes alemanes que venían desde Brasil. La idea causaba risa (nos dice en tono de confesión). Cuando de noche nos reuníamos entre varias familias y lo comentábamos, nadie podía creer, todos decían que en el medio del monte no podía haber una ciudad.

¿Había población?
Existía una colonia de suecos llamada Svea, que, con relación a nosotros ya estaban, económicamente, bastante avanzados y la mandioca que comíamos la comprábamos a esos inmigrantes que habitaban la Picada Sueca.

¿Por qué la llamaban Picada Sueca?
Porque antes no había caminos y en la selva fueron abriendo una picada, ese grupo de colonos suecos, que iban en busca de una tierra mejor que la que se podía encontrar partiendo de la zona de Bonpland, donde la tierra era mala. Esa picada, de un metro aproximadamente de ancho, fue el pasaje necesario de los colonos para la búsqueda de provisiones, y su único medio de comunicación.

¿Cómo fueron esos primeros tiempos?
Fueron difíciles (ahora interviene la abuela) hemos comido pan de maíz por el término de un año y medio, casi dos (dice pensando), y recién después de esto hemos podido mezclar  la harina de maíz con la de trigo. Antes no teníamos medios, como nos los tenía ninguno de los inmigrantes de la zona. Y sin embargo estábamos todos sanos, no se conocía médico, como así tampoco enfermedad.  La primer enfermedad que conocimos después de unos siete años, fue el sarampión (ahora interviene el abuelo). La semilla de yerba la traíamos de San Javier, la compra de animales se hacía en Apóstoles y las demás compras en Mecking, todo esto, naturalmente, a pie.
El molino más cercano de maíz lo teníamos a nueve kilómetros aproximadamente y siempre este recorrido lo hacíamos a pie.  Trabajamos con otros colonos más antiguos para ganar el sustento y el resto del tiempo que podíamos emplear lo hacíamos en nuestro espacio de tierra elegido y la madera la cortábamos con serrucho, (se refiere a las sierras con doble mango y que son trabajadas por dos personas), así es que hicimos primero un rancho allá (nos dice señalando la esquina del potrero del lote de su propiedad ubicado en la Picada Yapeyú –jurisdicción de colonia Guaraní) y este otro (nos señala utilizado ahora para depósito de granos) lo hicimos con la abuela, no nos ayudó nadie.

¿Se reunían los colonos?
Siempre nos reuníamos y lo hacíamos casi siempre en la casa de uno o de otro, íbamos de “vichornechi” (expresión ucraniana que significa visita nocturna) y a la Iglesia nadie faltaba. Era la cita infaltable. Con tacuaras machacadas y encendidas a manera de antorchas para protegernos de los animales, caminábamos unos tres kilómetros para nuestra ceremonia religiosa.

 ¿Se casaba la gente? ¿Cómo eran esos casamientos y dónde se celebraban?
Al principio no, porque los inmigrantes venían con  sus familias, pero, después de tres años se celebró el primer casamiento en la colonia al que me tocó asistir como testigo y se efectuó en la localidad de Bonpland que era el lugar donde existía juez (aclaramos, Registro Civil) más cerca no había. Todos íbamos a pie a celebrar la ceremonia y recordamos que se festejaba al viejo modo conocido en nuestro lejano país, sobre todo en las canciones.

Agradecimiento
Sólo quiero decir  gracias a este país del que recibí tanto.   Nos despedimos de don Emiliano Mielnik, pensando que el fruto de sus manos es también un pedazo de nuestra patria y que él también, como otros, ya forman parte de nuestra historia regional. (*) Entrevista al pionero Emiliano Mielnik. Publicada en Pregón Misionero. Suplemento Cincuenta Aniversario. 9 de Julio de 1978)

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Categorías: Columnas de Opinión

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