Siempre hemos admirado el poder del humor o acaso es de olvidar como en los tiempos de las dictaduras, tiempos no tan lejanos, la única crítica podía ser la crítica vestida de humor, y hablando de humor aunque en tiempos no dictatoriales sino democráticos como los que vivimos hoy…
…que nos hizo pensar en estos afiebrados días  en que se hable con quien se hable lo primero que escuchamos es «estamos a las corridas…», «todo se junta» «las cosas suben y la canasta crece hacia arriba»!  Sí, claro… pero… ¡Qué tecnología! Lo decimos como para suavizar posible stress ajeno y la respuesta ¡ah sí! Pero la luz, el cable, el teléfono… Sí, consentimos, pero ya vivimos las vacaciones de invierno y una tras otra siempre se nos brindan las fiestas… ¡Fiestas! ¡Vacaciones! Eso para los que pueden! Y ahí nomás cortó la comunicación y sin despedirse pretendió subir a su 0 Km. ¡Eh! ¡Eh! dijimos, ¿nuevo? Y tras cartón nos aclaró «Sí lo compré antes que suban los intereses que si no!…
Partió raudo, más rápido que los pensamientos que se entrechocaban por ser primicia, así que con paciencia los fuimos ordenando. El diálogo mantenido no nos sorprendió demasiado, tampoco la protesta. ¡Si habrán pasado años por nuestra hechura! Y siempre fue así ¡llorona la gente! Se presenta el latiguillo con aquello de que la culpa la tiene el tango, la culpa la tiene  los barcos, la culpa la tienen los gobiernos, la culpa la tiene el primer mundo. ¡Basta! Cerramos el grifo de ideas cambiantes y abrimos el de los porqués ¿estaremos enfermos, paranoicos, alienados, o solamente negativos?
Y esa lucecita verde que suele acompañar nuestras divagaciones pestañó como pidiendo permiso, pura formalidad ya que entra cuando quiere… sí, puede ser, y nos pusimos a rememorar aquellos nuestros años de niñez y adolescencia fue así que nuestro yo se enseñoreó ufano ante el encargo y no hubo como pararlo.
«En Itacaruaré, con mis hermanos aunque teníamos juguetes como autitos a pedal y triciclos, y hasta celebrábamos los carnavales con disfraces, papel picado, serpentinas y todo, nada era comparable a los zancos que nos fabricaba mi padre y que nos permitía ver el mundo más de arriba, un mundo que compartíamos con los chicos de los peones invernaditenses y que, integrados a la familia eran nuestros compañeros de juego. Era tan emocionante avanzar con los zancos entre «valetas» y barro que ponía a prueba nuestra destreza y entre prueba y juego, llegarnos en grupo de chicas y chicos hasta la «casita», distante unos cincuenta metros, lejos de las miradas vigilantes de los mayores.
En Buenos Aires mi tía y mi abuela habitaban la casa esquina en la calle Asunción del barrio de Devoto de la que aún recuerdo sus jazmines del país sobre las rejas del frente que la identificaban, como recostada sobre las vías del tren el que con pocas intermitencias hacía sonar una y otra vez su silbido que aparecía acompañado por el repetido acorde de los muchos vagones que transitaban por las vías.
Solíamos ir los hermanos a almorzar los domingos en la casa de la tía Zulema que nos hacía las comidas que nos gustaban, a mí en especial los fideos moñito con manteca y queso. Otro recuerdo imborrable fue el vivido en un carnaval del 30 y pico. Nos disfrazamos los cuatro hermanos y la tía de «zorros» y nuestra incursión por el corso se podría semejar a una cohorte romana en acecho del peligro. Y este llegó cuando unos muchachones, vieron que mi tía tenía lo suyo y le dijeron «linda gordita para pisar uvas en Mendoza». ¡Chicos, Aaaallltooo! fue la reacción de la tía que, por supuesto, acatamos sin chistar y allí nomás les replicó con tanta furia a los muchachones, que estos se fueron más que pronto, antes que venga el «cana». Serpentinas, papel picado, flores, colombinas, payasos, todo aquello en aquel corso devotense de renombre y que, agregando nuestra corta edad nos parecía de maravilla.
También en esa esquina de la calle Asunción, cerca de las vías, pasaba todos los días la tropilla de vacas. Un cencerro que portaba la vaca madrina las anunciaba y allí íbamos con nuestros vasitos a tomar leche, acompañados por el silbido del tren y el piberío de la vecindad. Las «barras» de hielo las comprábamos de un carrito forrado con lata y que era tirado por un caballo con anteojeras y hasta incentivado con la famosa «zanahoria», que el propio burro trataba infructuosamente de alcanzar. Los helados, de un triciclo con acoplado guiado por un conductor, vestido con casaca y gorrito blanco que gritaba «·Smack Noel, el helado moderno»
De ese tiempo en Buenos Aires recuerdo emociones infantiles singulares vividas, una cuando en compañía de mi padre fui a Harrod`s y en una de las puertas nos saludó un gigantesco, así lo veía yo, Rey Mago que me pasó la mano y se la tomé casi temblando, también cuando nos llevaron a Elba (mi hermana) y a mí al teatro a ver la revista de las hermanas Bozán y su compañía, con tango bailado y todo, en especial nos causaron gracia los chistes políticos que recitaba la «Negra» Bozán y que tenían que ver con las elecciones de 1936 «Ortíz- Castillo, quedarás hecho un potrillo»; «Tamborini- Mosca, guarda la tosca», «Repetto-Orgáz, no ganarás», la otra, cuando en compañía también de Elba nos llevaron a ver L.R.3 Radio Belgrano y estaba actuando la orquesta típica de Osvaldo Fresedo y su cantor Roberto Ray, La famosa radio porteña de Yanquelevich no era entonces mucho más grande que una de las radios de provincia de hoy, pero imaginarse lo que era estar viendo a semejante «monstruo del tango» fue toda una emoción fuerte y ¡que decir! cuando la orquesta y su cantor de voz algo gangosa, al mejor estilo porteño, arremetía con un tango.
En Buenos Aires, mi primer destino escolar -luego del periplo misionero- fue el 4º grado de la Escuela «Abel Ayerza», tal vez lo que más recuerde de aquel año escolar es que allí y de repente, se me despertó la vocación de luchar contra la injusticia. La mayoría de alumnos estaban provistos de los históricos «balero» que competían en adornos de «chinches» de colores lo que los hacía muy deseados. Fue cuando uno de los alumnos mayores se acercó en la fila a un chiquito que tenía un balero «pituco», y de un manotazo se lo quitó. Se armó el alboroto, y hasta me pareció mentira escucharme, yo, que siempre observaba, meditaba y no participaba en reyertas y discusiones, arengar, casi con violencia en favor del despojado,
Creo recordar que el quinto grado lo hice en calidad de «libre», lo que me permitió ganar un año y el 6º, entonces último, lo hice en la escuela en que mamá América era maestra y como para proteger mejor a su «nene», ingresé, reglamento mediante, así fue como pasé a ser el único varón del grado y asistir a clase junto a mi hermana Elba.
Con 12 años comencé en Martínez (Buenos Aires) el colegio secundario. Lo hice en primero y segundo año en el Colegio Acassuso.
En el Acassuso, practiqué todos los deportes, a veces en el CASI, el tradicional Club Atlético San Isidro, otras en el SIC, San Isidro Club, no hubo deporte que no practicara además del fútbol, básquet, rugby y hasta box, justo es reconocer que yo no era demasiado malo, pero tampoco bueno»
Zancos, balero, corsos, canto, radio, deportes… hoy tecnología.
Y mientras observamos como los más pequeños manejan la computadora, e ingresan a Internet como nosotros los del ayer jugábamos al balero, nos quedamos pensando en aquello de que la felicidad se construye con la suma de las pequeñas grandes cosas que nos suceden tanto en tiempos del balero como en tiempos de Internet…
…¿y ahora? ¡decíselo! y ante la mirada de urgencia del jefe de redacción, ignoramos a la lucecita y nos quedamos pensando en el llorón del 0 Km.
(Bibliografía ocupada: «Apuntes biográficos de mi vida» En ejecución)

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Categorías: Columnas de Opinión

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