Cuando don Pedro de Mendoza, el ilusionado capitán de la armada que tuvo la osadía de hollar territorios en los confines de la tierra en busca de oro y plata, eligiendo los mares occidentales, emulando a Colón en su búsqueda de las especias, e ilusionado por la empresa que, como gentilhombre y vasallo de sus reyes no solo le permitiría el adelantazgo en estas tierras sino más aún la conversión de los «infieles» al catolicismo, puso proa hacia el «mar de Solís», comenzó a comprender allí no más, en la travesía, que aquellos que lo siguieron en esos barcos que pretendían hacer el trasplante de Castilla eran hombres de carne y hueso y por lo tanto también cebados por la ambición basada en la convicción que les proporcionaría la aventura y ese dato que no cayó en saco roto, estuvo presente ya desde la fundación de Buenos Aires».
A aquella primera desilusión que se llamó Osorio, se le sumó de inmediato otra y ésta tangiblemente deprimente: el tal lugar de desembarco nada ofrecía deslumbrante y aquella flema castellana enardecida de poder insuflado en España, fue comprobando que los tales «indios» no solo no se rendían a sus pies, sino que de a poco a poco le fueron quitando el primer apoyo generoso que le brindaran a pesar de su soberbia y la de los suyos y más aún se fueron transformado en los enemigos emboscados del adelantado y su gente (ahora hambrienta y desencantada) y en verdugos definitivos de su quebrantada salud lo que lo obligó a abandonar la empresa y regresar a España muriendo en alta mar, hasta que, poco después sus hombres cerraron  el capítulo de los buenos aires y buscaron otro destino, remontando el Paraná aguas arriba.
Firmes en sus convicciones, aquellos buscaron con la fundación de Asunción que fuera «Madre de ciudades» no solo acercarse algo a la «región del oro» tesoro que al fin de cuentas la corriente del Norte, enraizada en el Perú, había sabido aprovechar, sino que se encontraron con los indios carios, pacíficos y colaboradores que le permitieron forjar en aquella Asunción lo que el historiador, Enrique de Gandía llamó «El paraíso de Mahoma» y donde sus oropeles colonizadores, si bien tuvieron que dejar paso a la pobre realidad, les permitieron molicie y lujuria mientras el trabajo y el quebranto quedaba en mano de los aborígenes a través de «La encomienda» que creaba «encomenderos».
Dejemos que el propio Domingo Martínez de Irala nos lo explique:
«Domingo Martínez de Irala, gobernador por S.M. (Su Majestad) en estas provincias del Río de la Plata. Acatando que vos, Francisco de Escobar, sois uno de los pobladores y conquistadores de ellas y habéis servido a S.M. veinte años con una misión (…) como bueno y leal vasallo de S.M., padeciendo en estos tiempos grandes excesivos trabajos, calamidades y miserias (…) por la presente, en nombre de S.M. os reparto y adjudico y pongo en vuestra encomienda cuarenta y cuatro indios que Pedro Antonio Aquino empadronó en su partido (…) para que os sirvan y contribuyan, acaten y tengan y reconozcan por la persona a quien son encomendados y hagan todas aquellas cosas que vos les mandares, guardando y cumpliendo las ordenanzas que (…) fuesen hechas y publicadas a presente y de aquí en adelante, encargándoos de ellas y del buen tratamiento y doctrina de los dichos indios, según vuestra conciencia…» (Recopilado en el Diario de Juan Francisco Aguirre- siglo XVIII – y citado por Rivera Paoli en «La economía colonial», Asunción, 1986)
Aquellos descarnados hombres de la conquista que estuvieron «….padeciendo en estos tiempos grandes excesivos trabajos, calamidades y miserias…», situados como estaban en los confines del mundo conocido entonces,  sin más control que la casi inverosímil presencia de algún oidor de Charcas, cuya crónica quejosa tardaría el tiempo del tiempo no solo en llegar hasta los Reyes  y el Consejo de Indias, sino en obtener resolución, y que para nada estaban dispuestos a perder el trabajo gratuito, ni aquellos esclavos que le permitían seguir en el sendero de placer en tierras paradisíacas.
Así las cosas «la encomienda» no solo no cumplió con el cometido para la cual fuera creadasino que pasó a ser un  instrumento de esclavitud, tortura y muerte, como también lo fue la «mita» (inhumana explotación del aborigen en las minas).
La llegada de los jesuitas, comisionados a «amisionar» a los indios y sacarlos de la encomienda, no solo fue providencial para los guaraní (perdón por no escribir «guaraníes» pero eso es fruto de la costumbre de pluralizar los gentilicios aborígenes según la perspectiva del idioma español produciendo engorros y deformaciones que obstaculizan el trabajo de filiación de los grupos y familias indoamericanas), a la par de que los jesuitas se transformaron en voceros de la situación reinante en el Paraguay que así fue conocida en España.
«…Está fundado este pueblo Maracayu (Mbaracayú) en un pequeño campo rodeado de casi inmensos montes de árboles silvestres. En que hay manchas de a dos y tres y más leguas de largo y ancho, de los árboles de que hacen la yerba que llaman del Paraguay. Son muy altos, hojosos y gruesos, la hoja es algo gruesa,  la hechura de lengua. Derriban estos árboles, pero brotando de su tronco muy gruesos renuevos, en tres años se ponen en la hermosura y grandor que tenían cuando los cortaron. Los gajos de estos árboles se ponen en unos zarzos, y a fuego manso los tuestan y a la hoja la muelen con no pequeño trabajo de los indios,(hacían morteros en los árboles cortados y allí mediante pilones procedían a triturar la yerba) que sin comer en todo el día más que los hongos, frutas o raíces silvestres, que su ventura les ofrece por los montes, están en continua acción y trabajo, teniendo sobre sí un cómitre, que apenas el pobre indio se sentó un poco a tomar resuello, cuando siente su ira envuelta en palabras, y a veces en muy gentiles palos. Tiene la labor de aquesta yerba consumidos muchos millares de indios,: testigo soy de haber visto por aquellos montes osarios bien grandes de indios que lastima la vistaal verlos y quiebra el corazón saber que los más murieron gentiles, descarriados por aquellos montes en busca de mucha sabandija, sapos y culebras, y como aún de esto no hallan, beben mucha de aquella yerba de que se hinchan los píes, piernas y vientre, mostrando el rostro todos los huesos, y tal palidez la figura de la muerte.»(Antonio Ruiz de Montoya «La conquista espiritual del Paraguay» Capítulo VII)
Tétrico y letal, tal fue el resultado de «la encomienda». El florecer del imperio jesuita modificó sustancialmente las cosas, ya que el guaraní dejó de ser un sujeto pasivo esclavizado, para pasar a participar en el trabajo común, así como destacarse en distintas actividades entre las cuales incluimos dos muy significativas para el espíritu, la imprenta y la música. Y, para mayor abundar, se permitió que el aborigen encomendado, por el solo hecho de llegar a la Misión ya quedaba libre de su encomendero.
El cuadro del Mbaracayú no fue fácilmente desbaratado. Es que el descubrimiento del consumo de la yerba mate por parte de los guaraní, «embrujó» a los españoles que, primero quisieron prohibirlo (el propio Hernandarias hizo decomisar y quemar públicamente  todo un cargamento de yerba mate). Los jesuitas comprendieron que el del mate (una infusión hecha a partir de las hojas secas, trituradas, en una pequeña calabaza, por medio de un canuto de tacuara rematado en un fino entretejido de fibras vegetales) no era un vicio abominable como se lo creía y que tenía la virtud de reemplazar a las bebidas alcohólicas (la chicha y el guarapo) a las que eran tan afectos los indios.
Y si bien los yerbales naturales de Mbaracayú también fueron utilizados por los jesuitas mientras implantaban sus propios yerbales, sus expediciones hacia aquel punto fueron diferentes a las que se realizaban por medio de la «encomienda», ya que iban suficientemente equipadas y defendidas y con abundantes provisiones, lo que hacía más humano el trabajo.
Con la implementación de yerbales en torno a las reducciones, primeramente mediante el trasplante de los plantines del monte y luego por el logro de la germinación de la semilla, se hizo posible terminar con el éxodo del guaraní de las Reducciones y con ello devolver la armonía a sus pueblos.
Cuando el florecimiento de éstos y por lo tanto el de los yerbales implantados, las Reducciones abastecían la yerba que se consumía en el vasto territorio argentino y la región sur brasileña, exportando yerba  al Virreinato del Perú y a la Capitanía General de Chile.
El embrujo de la yerba mate, esa infusión de consumo masivo, vicio en algunos, placer en otros, siendo el mate un compañero insustituible, es uno de los más preciados legados que nos ha brindado el pueblo guaraní, de indudable influencia en la cultura misionera.

Artículo visitado 16 veces, 1 visitas hoy


Categorías: Columnas de Opinión

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back To Top