Si hay una fecha- 10 de mayo- de celebración pública obereña que nos genere recuerdos a granel, sin duda que es el aniversario del Colegio Nacional de Oberá, hoy Colegio Amadeo Bonpland, y no es para menos ya que desde 1948, año de su fundación hasta 1982 en que me jubilé, habité los distintos locales en que se refugió el Nacional hasta lograr su edificio propio en 1973, si la memoria no me falla, (1948) colegio al que ingresé designado como preceptor, habiendo logrado ascensos sucesivos a jefe de preceptores, secretario, profesor (1950), vicerrector y rector, pero más allá de ello, queremos acercar hoy una semblanza de lo que fueron aquellas primeras décadas de vida secundaria que se consiguió a través de empuje de su gente que hizo que se creara  un instituto secundario en Oberá ante la realidad  de la frustración de los egresados de la escuela primaria que se veían imposibilitados de seguir estudiando ya que un viaje a Posadas entonces era toda una odisea debido al estado precario de rutas y puentes, a lo que se sumaba el costo que significaba para las economías viajar diariamente o vivir en la capital misionera y, por otra parte, dejar atrás una vida familiar agraria que, en muchos casos se enmarcaba casi de por vida  en 25 o 50 has. De tierra.
   Y bien, aquel empuje del que hablamos tuvo su concreción a través de una comisión ad-hoc que trabajó intensamente para lograrlo participando también en forma activa docentes primarios de la zona que respondían al pensamiento católico nacional encabezados por una figura señera en esta historia que fue don Víctor Pardo, director de una escuela primaria de Guaraní y tras la imposibilidad técnica del Ministerio de Educación de la Nación de responder al pedido obereño por no poder cumplirse los requisitos imprescindibles, se optó por darle una solución política nacional al problema y así se creó el 1 de marzo de 1948 por decreto N° 9098 del P.E. Nacional y habilitado oficialmente el 10 de mayo de ese año con la presencia del inspector técnico de Enseñanza Ubaldo O. Ferrer, destacado por el Ministerio a fin de organizar la puesta en marcha del Colegio.
  El primer Rector fue Víctor Aurelio Pardo, secretario José Raúl Maidana y Jefe de Preceptores Miguel Orlando Moreira, preceptores Dora Amarilla, Esther Ponce y Haydee Benítez. Los primeros profesores fueron: Clara M. de Debat, Felia E. M. de Torres, Amelia M. de Maidana, Irene Marín, Regina Mroginski, Celina Arrechea, Solange Barros, Ada N. Philippón, Juana P. Konopka, Inés Toledo y Noemí  R. de Oliveira, Rvo P. Carlos Pahl, Faustino Bertoldi, Hector A. Moreira, Agustín C. Restelli Constantino Vassiliades y Florencio F. Aldao. La primera ordenanza fue Ángel Quilino Enríquez.
   Hoy, al cumplirse 71 años de su fundación, quiero estar presente a través de los recuerdos y para ello volveré a hacer flotar algunas anécdotas que por iniciativa de quien fuera nuestro ponderado amigo, excelente persona, ciego él, pero recapacitado como para ayudar entonces a encaminar , entre otros temas,  la función legislativa naciente en nuestro medio y dictar normas de convivencia administrativa y pública, que se hizo llamar “Chinchu” Sosa, sencillo como el que más, pero correcto a carta cabal, anécdotas que escribí de hechos anecdóticos de los que fui testigo cuando no partícipe y que el divulgara en su programa radial “La discoteca de antes” con el título  de recuerdos del Nacional en la palabra y la voz de Aldo Rubén Gil Navarro.
   Y, como se decía ¡se va la primera!
“Para la discoteca de antes recuerdos del Nacional”
Hoy: Un viaje al Moconá
Profesor perdido
   Cerrando este pequeño ciclo de anécdotas del viaje al Moconá que realizamos con los alumnos de 5° año del Colegio Nacional, recordamos que por aquellos días de noviembre del 64 el Moconá se presentó como un paraíso terrenal: caídas de agua que se extendían por 3 kilómetros, mantos de orquídeas en flor, lagartijas con dos colas, como las que vi en Cataratas y pájaros cantores al amanecer y al atardecer, todo en una tranquilidad paradisíaca, de tal manera que las guardias que hacían los alumnos por si acaso, quedaron en eso, por si acaso.
   Inquietos como éramos hacíamos expediciones y así descubrimos esa suerte de capricho que tiene el río al volcar displicentemente sus aguas sobre la costa y fabricar esas cascadas kilométricas e inquietos como éramos salíamos a descubrir el bosque y digo salíamos por que la anécdota de hoy me tiene como protagonista.
   El caso es que, como profesor responsable del grupo, di estrictas instrucciones de que todo aquel que quisiera internarse en el monte, debía llevar la escopeta y efectuar un disparo si se perdía. Yo no podía ser la excepción y aunque renegando íntimamente cargué con el arma. El monte se me aparecía como materia superada ya que muchas veces entré en el que lindaba con nuestro secadero de te en la sección II de Colonia Alberdi y en esas ocasiones, mediante señales  estratégicas hechas con el machete, regresé incólume.
   La cuestión es que, como todos los que se pierden en el monte, no pude creer que me perdería, sucedió nomás, tiré el tiro y me vino a buscar el bueno de Lépori, nuestro chofer del colectivo.
   Se imaginan las cargadas, veladas, sí, pero cargadas  al fin que le hicieron a su profesor aquellos bachilleres del 64? ¡y que hablar del que me rescató!
   Las noches del Moconá las utilizábamos para que el grupo diera muestras de valentía, de coraje, en fin no era cuestión de no tener nada que contar al regreso.
   ¿Cuál era la actividad…  bueno, hubieron unas cuantas, ahora recuerdo una: llegar lo más lejos que cada uno pudiera sin que se le pararan los pelitos y desde allí gritar para que se supiera que no aflojo, Bielakovich, Oliveras, Laporta Chamorro, por citar algunos nombres que brinda el recuerdo, todo el grupo en una palabra, cumplía con su cometido, unos lo hacían aparentando valor, otros demostrando miedo, pero que lo hacían, lo hacían. ¿Todos?, ahora lo recuerdo hubo uno que…¿lo dejamos ahí’.
   En nuestras excursiones caminábamos frente a las cataratas de agua del moconá, que corren paralelas a la costa. Los chicos llevaban una medias de fútbol al hombro, yo iba caminando con el “Indio” Chamorro que llevaba una media como esas, en la que cargábamos las más variadas curiosidades que el agua había logrado hacer oradando la piedra ceniceros, botitas, platos, perfectos jarrones, en fin toda una suerte de caprichos de la naturaleza; todavía admiro en casa una piedra con forma de cenicero que traje de ahí y engalana mi escritorio. Una de esas piezas naturales fue nuestro trofeo del viaje y la depositamos en el viejo colegio nacional ¿estará todavía?
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Categorías: Columnas de Opinión

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