Cuando por una causa u otra nuestro primer mundo pierde o ve muy dañada una de sus joyas arquitectónicas, bibliotecas, museos… conteniendo reliquias milenarias de una invalorable riqueza cultural, se produce en el pueblo, en este caso francés, algo así como un duelo nacional que se extiende al mundo civilizado tal como ha sucedido  el lunes pasado en París con la Catedral de Notre Dame (Nuestra Señora), todo un ícono de Francia, sede de la Archidiócesis de París  que fuera construida entre 1163 y 1345.
    Merced al denodado esfuerzo de los bomberos hace que se pueda esperar que la estructura fue salvada del incendio, así como puesto a buen recaudo todo aquellos que pudo ser rescatado, riqueza que por más fervor y voluntad volcada puesta en reposiciones ya no podrá tener idéntico valor, es entonces cuando salta a la vista las consecuencias del siniestro, todo un tornado cultural en el que hemos quedado inmersos y que se va multiplicando al correr de los siglos, motivado por esas irreparables pérdidas de documentos de todo orden que fueron hitos originales de cultura de los tiempos, ofrecidos con la fuerza que provoca para quien usufructúe ese contacto personal con los siglos que ya fueron, y hasta podríamos arriesgar que en cada ocasión nos sentimos vapuleados histórica y culturalmente, a la vez que aparece en este caso el siniestro como un eslabón más de la cadena en la involución sin retorno para la investigación histórica imprescindible para afirmar presente y vislumbrar futuro.
   Observando, cómo fue posible el lunes, la espectacularidad de llamas- humo elevándose por sobre la Catedral y por sobre todo el rostro angustiado de la gente presente allí, bien cabe reproducir las palabras del presidente francés Macrón: “ver como una parte de nosotros se incendia” es suficiente como retrato de un pueblo que ya no podrá esperar escuchar sonar al campanario, hasta que sea repuesto, ese que era todo un símbolo de intimidad nacional .
Día del Idioma
   El 23 de abril de 1616 muere en Madrid Miguel de Cervantes Saavedra, autor del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. En su honor se ha declarado ese día como el del Idioma, para todos los países de habla hispana.
   Vayamos ya al idioma que celebra el día en su homenaje, para ello recurrimos al legado cultural que nos proporcionara el profesor Hugo Amable a través de una de sus notas, esta vez en  su columna del ayer “pregonera”  recordando el Día del Idioma (23 de abril de 1971)  bajo el título “Habla de Plata y Cristal”
    “El 23 de abril es el día del idioma”. Justiciero homenaje al noble y generoso Don Miguel de Cervantes Saavedra, excelso cultor de las letras castellanas, quien  transitara hacia el universo de la fama un 23 de abril de 1616. Muchos talentos jalonaron desde entonces la historia de la literatura, en las dilatadas regiones  en donde resuena desde hace siglos la armoniosa lengua de Cervantes. Aquí, entre nosotros el genio se llamó José Hernández, creador de Martín Fierro, genuina expresión  del hombre primigenio en las riberas del Plata. (Otra digresión que asumimos: “Y al campo se iba solito, /más matrero que el venao, /como perro abandonao/ a buscar una tapera, /o en alguna vizcachera/pasar la noche estirao.”)
   Seguimos con Amable: “Nada mejor que estampar estos versos alusivos al don de la palabra, puestos en boca del protagonista: “Y aunque a las aves les dio/ con otras cosas que inoro , esos piquitos como oro/ y un plumaje como tabla,/ le dio al hombre más tesoro/ al darle una lengua que habla” Y llegando a nuestros días, entre tanto lirismo, Juana de América, la Ibarborou, nos canta desde la otra ribera: “Lengua en que reza mi madre/ y en la que dije: ¡Te quiero!/una noche americana/ millonaria de luceros!// La más rica, la más bella,/ la altanera, la bizarra,/ la que acompaña mejor/ las quejas de la guitarra.// ¡La que amó al Manco glorioso/ y amó Mariano de Larra!.
   Luego de esta exaltación una serena afirmación entre la dulzura del canto, la fuerza del agravio y la suavidad con que la pena se vuelca en lágrimas: “Lengua castellana mía/ lengua de miel en el canto, / de viento recio en la ofensa, de brisa suave en el llanto.” Un despliegue de imaginarias banderas, que ondean al impulso de la emoción entre España y Sudamérica: “La de los gritos de guerra/más osados y más grandes/ ¡La que es cantar en España/ y vidalita en Los Andes!” Y el elogio final, con  la universalidad que entraña la imagen del fuego y del agua, signos de vida, de lucha, de sacrificio, de purificación, de gloria… “¡Lengua de toda mi raza, / habla de plata y cristal, /ardiente como un a llama, / viva cual un manantial!”
   Habiendo vivido desde niño entre letras y escrituras, repitiendo palabras y más palabras, qué más podemos decir de nuestro idioma, que es un placer, una jugosa melodía poder escuchar y escucharse desgranando entonadamente nuestra dialéctica, la que haciéndola así agradable es un arma que vibra con la música, que cautiva en su buena práctica, que convence con su entendimiento y que tiene más poder que una metralla.
   Cosas veredes, pícaro Sancho, podríamos exclamar siguiendo la dialéctica de nuestro personaje, decirlo sería oportuno cuando vemos que cada día más se deteriora nuestro idioma, este del que nos floreamos por el mundo, que permite que el buen artífice complementándolo fonéticamente y con gestos apasione a un auditorio y enerve situaciones haciéndoles cobrar vida, toda una joya que está sufriendo mutilaciones, algo que entendemos como resultado de un mundo presionado poblacionalmente que en su lucha día a día aparece quemando las naves de la paciencia y entregándose a un  consumismo de un progreso que pretende aparecer como paladín de soluciones.
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Categorías: Columnas de Opinión

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