Cuando era niño – ¡vaya! que han pasado varios lustros!- me causaba hilaridad el cuentito que escuchaba de boca de mi padre. Se trataba del caso de una familia  ilustre –por los pesos que supo acumular- tal como la cigarra del cuento y a buen resguardo de las “hormigas”- que se ve ante la catástrofe de la quiebra. La escena del cuento mostraba a sus integrantes en ríspida reunión, vestidos de frac –sí, así como suena- trajes que por el repetido uso y la imposibilidad de reposición, dejaban ver las huellas del tiempo, más visible en alguno que otro obligado remiendo.
  ¿Que qué discutían? Como hacer para reducir los gastos familiares cuyo pago rebotaba en las arcas exhaustas. Por aquello de que es más fácil subir y saborear desde arriba los placeres del poder utilizando, para lograrlo, los medios que fuere y muy difícil bajarse y volver al llano y sin “corona” afrontar las mil y una voces iracundas que fueron creando nuestras avarientas y desmedidas ambiciones y, agitados y acostumbrados como estábamos a  degustar mieles, correr otra vez para “parar la olla” diaria, algo así como retroceder a los “tiempos del lavadero” representados en otra historieta que entonces leíamos en el diario La Nación en que una pareja de burgueses- Trifón y Sisebuta- tal los nombres de los protagonistas de la tira, se hacían cruces antes de recordar -o que les recuerden- sus comienzos, aquello que denominaban despectivamente “los tiempos del lavadero”, tiempos cuando  –como lo hicieron, hacen y harán miles de argentinos el maratón se corre a diario en búsqueda del “mango”.
   La deliberación de nuestros ricachos venidos a menos prosiguió: ¡qué yo, que él, que nosotros, que vosotros, que ellos! Y ninguno quería dejar de seguir exprimiendo el “chanchito familiar” que, prácticamente vacío estaba haciendo los trámites jubilatorios del caso.
    Ante la intransigencia, si hasta parecía que los fracs apretaban más de la cuenta en su ansiedad por verse libres de carga humana tan poco deseable y que, en cualquier momento, se fugarían despavoridos dejando a los ilustres del cuento tal como Dios los había traído al mundo.
    Pero por aquello mismo de que Dios aprieta pero no ahoga, una de las concurrentes –femenina ella- dio en la tecla, al menos como para aplicar una “curita” al mal que los aquejaba y toda eufórica balbuceó:
    -Y, ¿si dejamos de darle el chocolate diario al loro?
    El autor del cuento no nos ilustró no ya sobre el futuro de esa familia que eso no hace falta pensar mucho para imaginarlo. Lo que queremos saber es qué le pasó al loro tras haber sido condenado a quedarse sin el chocolate.
    “Toda similitud con personajes de la vida real, es mera coincidencia” solían  anotar nuestros abuelos en tiempos en que no regía aún el canibalismo político que, importado o no, en nuestro suelo se adaptó perfectamente, creció, se multiplicó y que hoy nos lleva hasta la “grieta”, conmocionando entonces al “cambalache” de Discépolo, tiempos en los que la “pichadura” popular se encarrilaba en el humor de esos sí y con justicia maestros en tal arte.
     Y si mentamos eso del humor no es porque estemos de buen humor como para “bancarnos” el que nos sintamos hasta con ganas a tender la ropa sucia nacional de este año electoral en provincias y en Nación, aunque en las primeras, solo en las grandes que en lo que respecta a la nuestra, lo venimos repitiendo, sigue siendo un ejemplo de convivencia cultural, de creatividad en ascenso y por sobre todo ordenada y con logros plausibles entre otros en turismo, educación y ese  sorprendente apoyo al deporte misionero que nos regala páginas perodísticas en que aparecen deportistas misioneros en podios aquí y allá con el consiguiente beneplácito nuestro.
La nueva y la vieja política
   Para los que nos ha preocupado y preocupa la política en función país,  único pasaporte válido a través del cual el ciudadano puede andar y desandar caminos y enfrentar el laberinto que se cierra cuando nos pone a disposición esa herramienta que utilizamos en jornada electoral que es el voto que puede llevarnos o no al destino propuesto, y que, por otra parte, hemos visto y vivido junto a tantos y tantos gobiernos nacionales, que se han turnado en pretender solucionar el más viejo problema de los tantos problemas que arrastra el hombre y que siempre tiene vigencia y que hoy- como para corroborar lo dicho y con el fin de rccrear nuestra nota, lo retrotraemos al tiempo en el cual los plebeyos, que en Roma decidieron abandonar la ciudad y refugiarse en el monte Sacro (ante tanta esclavitud que le imponían los patricios,) sabiendo que esa actitud provocaría la falta de brazos para el acarreo de agua, leña y todo servicio que le imponían los patricios, los señores irían a tratar de irlos a buscar con urgencia tal como sucedió, lo que mucho se debió a que hallaron el hombre adecuado para hacerlo en la figura del cónsul patricio, Menenio Agripa, quien contaba con su ascendencia tanto entre los patricios como entre los plebeyos, el que, utilizando ante estos últimos una parábola intentó y logró solucionar el problema colocándole al menos un parche en lo que hace a la demanda  política puntual de la plebe consistente en lograr una apertura política que los involucre con la creación del tribunado de la plebe -un piecito colocado en medio de tanta bota fuerte-
   Cierto que para quienes hurgamos en la historia de aquellas primeras civilizaciones que en el mundo han sido y que han podido retratar sus huellas, la respuesta a este interrogante casi sin respuestas, consistente en la lucha entre capital y trabajo no nos ha satisfecho y no porque no haya habido quienes formularan propuestas para solucionar el problema de los más ante el despotismo de los menos.
   Como corolario de aquella bravuconada en el monte Sacro, pasemos a determinar las conquistas plebeyas:
   1)   Las leyes de las 12 tablas TAL VEZ GRABADAS EN PLANCHAS DE BRONCE) la ley consuetudinaria se transformó en ley escrita. Se evitaban, así, interpretaciones arbitrarias (450 a.C.)
   2)   Admisión del matrimonio entre plebeyos y patricios.
   3)   Incorporación paulatina de los plebeyos a las magistraturas, incluso al Consulado (367 a.C.) y al Senado (mediados del Siglo IV a.C.)
   4)   Admisión de plebeyos en los colegios Sacerdotales 300 a.C.
   5)   Aceptación legal de la asamblea de las Tribus cuyas decisiones (plebiscitos) adquirieron fuerza de ley (286 a.C.)
   6)   Creación de los Tribunos de la plebe, designados para proteger sus derechos.
   Y así, como sin querer queriendo tomamos los grandes temas de hoy sin que hagan olas.
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