“Con el primer peligro que topareís cuando os hagaís de nuevo a la vela será, con el canto de las Sirenas, que encantan a cuántos hombres pasan cerca de su isla ¡Cuidado con ellas!… (Homero. La Odisea- XII, 40, 42, 180)
    En el siglo  XIX  la América hispánica, como consecuencia de la ambición napoleónica a la madre patria, pudo producir crecientes sentimientos libertadores que se venían incubando, sobre todo en la clase criolla ilustrada, que cada día con más fuerza se sintió con derecho a protagonizar el gobierno de estas tierras que los vio nacer.
   Tras la expedición de don Pedro de Mendoza y la fundación de Buenos Aires, esos expedicionarios españoles, frustrados en su primer intento conquistador y colonizador, desmoralizados por la falta de riquezas y esplendor que encontraron en el estuario del Plata, y amilanados por lo que pasaron y la hostilidad que se fue haciendo cotidiana de los indios comarcanos, con quienes habían errado el camino de la seducción, se convencieron de lo lejos que estaban de poder aspirar los buenos aires soñados y decidieron abandonar el puerto y remontar aguas arriba el Paraná para fundar y establecerse en Asunción, donde, por la vida que a partir de entonces hicieron, pasaron a la historia como de haber habitado el “paraíso de Mahoma”.
   Una realidad era evidente que, lejos de los aborígenes hostiles del puerto, contaron en la Asunción con la ayuda de los pacíficos indios “carios”.
   Tal vez por la contingencia surgida en el ayer porteño, tal vez por esa proclividad sensual del latino, aquellos rudos hombres que no le temían a nada, como que habían atravesado “el mar grande” en una “cáscara de nuez”, fueron contribuyendo a crear ese paraíso que se les presentaba ante sus asombrados ojos, cuyas retinas que habían fijado hasta con indiferencia y decepción la desértica llanura del “buen aire”, tenían ante sus ojos, sino ya las riquezas prometidas al embarcarse en Europa, al menos una exuberante vegetación y una idílica vida sin reglas inquisidoras que fue multiplicando nuestros criollos.
   Ese mestizaje, nueva sangre de la nueva tierra, como puede suceder en casos como este donde entra a tallar la conciencia, el linaje, tan en boga entonces, y la trasgresión eclesiástica, sufrió más allá de la indiferencia paterna ya que olvidados, renegados y postergados, esos criollos en joven edad, fueron tomados como rehenes del pecado y ubicados en un segundo plano sin participación en decisiones de ninguna índole.
   Correspondió al vizcayno Juan de Garay comenzar a reivindicar la suerte de tales “mancebos de la tierra” que encajaban perfectamente en su proyecto de poner proas al sur para volver a abrir las puertas al mar, cerradas por entonces en la Asunción. Con ellos inició el regreso, puso proas al Paraná abajo y fundó Santa Fe en 1573 y Buenos Aires en 1580.
   Se había producido un hecho histórico de singular trascendencia, los nacidos en esta tierra, esos criollos comenzaron entonces a no ser dejados de lado y participaron en asuntos de su suelo natal.
   Aunque debieron pasar algunos siglos para una presencia efectiva como la de Mayo de 1810, no deja de ser éste un antecedente que merece tenerse en cuenta.
   A partir de la segunda fundación de Buenos Aires el 11 de junio de 1580, comienza una nueva y sustanciosa historia del puerto. Siglos de evolución lo han colocado en primerísimo lugar entre las capitales del orbe. Nos detendremos ahora en el siglo XIX y más exactamente en la revolución de Mayo de 1810.
   La evolución social del Río de la Plata seguía marcando la tendencia. El hombre español, dueño y señor en su hogar, no se interesaba en dar protagonismo a su prole, aun cuando fuera el producto de uniones legales y todo por el solo hecho de haber nacido en suelo americano, pero con el inicio del siglo, circunstancias hubo que cambiaron la historia
   Políticamente, y como lo apuntamos al comienzo, el desastre español provocado por Napoleón y los ecos de la revolución Francesa de 1789, la que, en históricas jornadas burguesas, dio por tierra con el poder real, fueron jornadas que encendieron de fervor a los cultivados hombres jóvenes americanos que guardaban en su epidermis el resquemor de no poder ser en su propio suelo, y que, además contaban con adalides capacitados como para interpretar a los pensadores franceses y revolucionar institutos con sus ideas.
   Aquella efervescencia juvenil, que al fin de cunetas logró contagiar a muchos mayores, tal el caso de los propios españoles y algunos extranjeros, ante las extremas circunstancias apuntadas, produjeron el tibio –desde el punto de vista independiente- 25 de Mayo de 1810, y el fuerte 9 de Julio de 1816 en que explotaron  aquellos sentimientos libertadores con la declaración de la independencia.
   Tras el 9 de Julio, largas y penosas fueron las luchas  por la efectiva libertad nacional. San Martín y su cruce de los Andes; los caudillos y la anarquía; el predominio porteño; las aspiraciones del interior; la secesión de Buenos Aires; la Constitución de 1983; las consolidaciones provinciales; las pretensiones extranjeras; los gobiernos frutos del fraude electoral; Irigoyen y la inserción ciudadana de clase media; Perón y la incorporación ciudadana de las mujeres y clases sumergidas; los golpes, de Estado y a la democracia; la vuelta a la democracia en 1983; la injusta distribución de la riqueza; la nueva forma de presión internacional; las desviaciones corruptas…
   En un estudio del Siglo XX que estamos realizando tratamos de desentrañar el porque de nuestros tantos infortunios a nivel país; del porque de nuestras desavenencias y enfrentamientos domésticos que tuercen conductas y llegan a límites incivilizados que hacen peligrar el libre juego de las instituciones democráticas.
   Todo lo que hemos venido apuntando, pretende contribuir a comprender el largo y penoso parto nacional y advertir que si tanto costó la independencia, no menos nos va costar encarrilar el país a una unión nacional que permita productividad asistida, único recurso genuino que permite levantar el nivel de vida y competir con éxito en el mundo.
   Si pretendemos que ese tiempo de espera se acorte usemos el arma civilizada de la unidad nacional, sin enfrentamientos, sin odios y sin apetencias irrisorias.
   Hagamos un “mea culpa”, ocupemos el lugar comunitario que realmente nos corresponde, no creemos falsas expectativas que, bien lo sabemos, son como el canto de sirena que atormentó a Ulises.
   Esa gente que se gana de sol a sol su salario, ese niño que tiene que encontrar un porvenir, lo está pidiendo.
   En tiempos de trasgresión, trasgredir es la norma, pero que lo hagamos quienes nadamos en contra de la trasgresión, es inconcebible, aunque recordando aquello de que “París bien vale una misa “, resolvimos reproducir esta nota editorial que publicamos el 25 de julio de 2003- tras el fatídico 2001- en este año electoral del 2019, no porque haya coincidencias, que sí, las hay sino como granito de arena contribuyendo a que se recuerde, en función política, a la gente que debemos calmar, esa euforia tan latina que nos llega de herencia, recordando que el poder elegir y ser electo debe ser considerado un bálsamo institucional que nos regala la democracia echando en bolsa enfrentamientos, odios y apetencias irrisorias como dijimos más arriba en la certeza de que tanto unos como otros no pueden ser enemigos y sí adversarios políticos ocasionales. Dejemos de actuar como en una opereta y hagámoslo con la seriedad y responsabilidad que corresponde a quienes desean ser representantes del pueblo, ese pueblo que es declamado soberano pero al que poco y nada se lo consulta, salvo cuando de él se necesita el voto, y así- ante la impotencia de no ser arte ni parte- puede enervarse y proceder a  “escrachar”, denigrar o defenestrar a los rivales políticos de turno.
   No creo que sea necesario hacerlo, pero a esta altura de lo dicho aclaremos que nos referimos a nivel nacional y no, por cierto, a nuestra provincia, que lo repetimos una vez más, aparece casi como un paraíso en lo que hace a la convivencia socio política y respeto a las instituciones y por ende a la gente, mérito de sus gobernantes y su pueblo que con esfuerzo creativo y en plena crisis económica la va “cuerpeando” aprovechando entre otros rubros y con suceso, el turismo generado por tantas y tantas bellezas naturales que posee, que hasta parecieran apadrinadas por las Cataratas del Iguazú, esa maravilla del mundo, tras los cuales se agrupan arroyos y cascadas a granel lo que se complementa con pinceladas de tierra roja y la lujuriosa vegetación hasta selvática junto a prolijos sembradíos entre los que ejerce el padrinazgo la yerba mate (el oro verde de la colonización) los teales y toda esa diversidad agraria producida por gente laboriosa, proveniente de aquí y de allá, que ha conformado todo un mundo útil agro industrial.
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Categorías: Columnas de Opinión

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