En una oportunidad, encontrándome hace muchos años atrás en Santiago del Estero me preguntaron de donde veníamos y le dijimos “de Misiones”… ¿Misiones?… ¿eso queda en el Paraguay…? Era proverbial el desconocimiento que existía en el país de este territorio nacional entonces y eso fue el caldo de cultivo para la explotación inicua de los yerbales del norte y terreno propicio para que dentro de nuestras fronteras se produjera ese brote de esclavitud a ultranza que fuera muy bien descripta por un  grupo de universitarios posadeños que estudiaban en Buenos Aires a través de una revista que habían fundado para que se conociera todo esto.
   Hemos considerado de interés, para cerrar el año, narrar el principio de la odisea de Misiones, con la historia escrita ayer que puede servir como aliciente en estos tiempos de un mundo convulsionado y difícil que oteando horizontes se está tratando de amañar por la subsistencia en paz.
 “La Capital de la Selva”
    “Borrachos todavía eran metidos en los barcos que partían de la Capital de la Selva con su carga humana hacia el Alto Paraná, hacia las minas de madera y yerba. Cargas de dolor, arreadas a punta de látigo, a fuerza de alcohol y de miseria. El hombre moreno iba al infierno verde cantando polcas, desoladamente triste, embrutecido. Allá le esperaba el trabajo agotador del desmonte y de la yerba, el paludismo, la tuberculosis. Y fueron estos hombres los que extrajeron de la selva millones de pesos, los que empujaron los barcos hacia el norte y las jangadas hacia el sur, Fue su dolor, su solo dolor de hombres….”
    Damos paso a  Juan Enrique Acuña, quien fuera relevante escritor literato posadeño, pionero en el manejo de las letras en Misiones y profundo en su sentimiento misionerita, que floreció allá por la década de los 40, titulada:
“La llegada de los hombres rubios”
   “Poco a poco fue cesando el frenesí. Desaparecieron las jangadas, comenzó a agonizar la Bailanta. El trágico Alto Paraná perdía lenta pero irremediablemente, su aire terrible Ya no llegaban tan asiduamente a Posadas los cadáveres de los mensù que habían intentado huir. Se hundían poco a poco las compañías de explotación, se fundían los obrajeros. El filón se había agotado.
   “Pero en la entraña de Misiones, adelantaba con paso lento la nueva conquista, la reconquista de la selva, la colonización.  Hombres rubios, hombres que traían el cielo en los ojos habían llegado y desperdigado por los cerros su laboriosidad voluntariosa, incansable. Empezaron a  arder los montes. Caía el intrincado verde de la selva, surgían los verdes simétricos de los sembrados. Pueblos de sangre joven levantaron sus casas al borde de la reciente herida de los caminos, junto a esos caminos de tierra roja que irrigan la entraña montarás de Misiones. Eso fue creciendo también y tiene una historia que debe ser escrita.
   “Pero el dolor ya estaba plantado definitivamente, era un árbol más en la selva. Y no ha desaparecido, aunque la kodak del turista no pueda retenerlo por falta de enfoque, todavía hoy es el dolor de quien sigue desmontando, sembrando, cosechando. Todavía anda el hombre moreno cantando sus polcas, desolado, triste, analfabeto, Anda todavía con su dolor en las manos como un machete de esperanza, sosteniendo el porvenir, afirmándolo. En su cuerpo tostado, en el hambre y el raquitismo de su mujer y de sus hijos, el sufrimiento ha hundido profundamente la raíz primaria de la vida, Está clavado en la tierra roja; es una luz vertical, inconmovible, humana. Y los que llevan látigos y puñales se acurrucan y tiemblan soñando horriblemente con ríos de cadáveres.
   Pero mientras ellos tiemblan, los hombres se levantan, trabajan, construyen. Por todo el ámbito verde la realidad adquiere la forma cálida de la esperanza. Y los que no tenemos otra cosa que darle, le ofrecemos el temblor emocionado de la voz, como lo hicimos ya alguna vez, como lo haremos siempre porque allí dentro hay algo que ha crecido en busca de otras voces, de otras manos, de otros gestos que le ayuden  a nombrar al agua  y los árboles con una dulce paz del corazón.
   Sabemos que así se irá cumpliendo Misiones. En sus cerros redondos, azulados de lejanía, late el dolor como una leche de madre campesina; alienta en la fiebre roja del viento norte; es un fervor que se eleva con el humo dócil de los montes quemados. Lo dan a luz las guitarras en esos tristes partos de música que son las polcas y las guarañas. En su mismo nombre vive como una sangre generosa y fecunda. Y por eso yo me siento enamorado de la palabra Misiones.,”
Una reflexión
   Así en profundidad, como escarbando con un bisturí, los jóvenes misioneros del tiempo de los cuarenta, en “Misiones” revista del Centro Universitario Misionero de La Plata publicaron alegatos de todo tipo que tendían a que la sociedad argentina e inclusive misionera “descubra” el enrarecido clima socio-político-económico en que se desenvolvieron los hombres  del entonces territorio nacional, enancados en la fuerza de lo agreste permitiera que se fuera formando sin piedad.
   Y, como lo explican en el artículo que cierra esta serie que publicamos de “La llegada de los hombres rubios” fue una importante inyección con vistas al progreso en su quehacer diario de domar montes…
Curiosidad histórica
(De nuestro archivo) Buenos Aires 1882
   Ocurre este año un suceso que entusiasma a los porteños por la simpatía que desprende y las circunstancias que lo rodean. Estalla un conflicto obrero patronal en la Boca y pese a las tratativas, la incomprensión de los patrones deriva en varias cargas policiales contra los huelguistas. Indignados los boquenses se reúnen en la sociedad Italiana, decidiendo la asamblea que “el gobierno argentino no puede mezclarse en asuntos de los genoveses” Izan la bandera de Génova y firman un acta por la que informan sal rey de Italia que acaban de constituir “LA REPÚBLICA INDEPENDIENTE DE LA BOCA”.
   Enterado de esta segregación el presidente Roca en persona se dirige al cuartel de los revolucionarios, quita la bandera y los increpa. Al día siguiente los genoveses disidentes bautizan “Julio A. Roca” una calle de la Boca. Y hay paz.
   Y bien el 2018 concluye y los que hacemos posible el pregón misionero de los viernes que cumple hoy unas 2622 ediciones que comenzaron allá por el 9 de Julio de 1966, solo nos resta agradecer en profundidad a nuestros lectores y avisadores que nos han seguido leyendo y/o apoyando, así como también a las sucesivas gestiones provinciales o municipales y hasta nacionales que nos han distinguido en esta nuestra tesitura de brindarnos como “obereños de “punta a punta” a una comunidad a la que viene entregando en especial páginas de nuestra historia regional basadas en documentación existente en nuestros archivos, de tal suerte que la tarea se sublimice en su causa al servicio de la comunidad y si bien esto podría parecer una despedida tachonada por tantos renglones de reconocimiento, la pasión por lo que hacemos se ofusca ante el renunciamiento y nos estimula a seguir bregando hasta que las velas no ardan.
    Solo nos resta agregar un gran ”sapucay” deseándoles a todos y cada uno de ustedes un ¡FELIZ AÑO NUEVO!
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Categorías: Columnas de Opinión

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