Cierto que podríamos escribir -y con chispa- de este gran “despegue” que está haciendo la mujer en el mundo actual y que, como toda “revolución” reivindicatoria de igualdades -en este caso de género- va poniendo al desnudo lacras y corrupción que podían hacerlas vivir enquistadas en el cuerpo social.
Sin embargo más puede nuestro impulso histórico y saltan a nuestro escrito los nombres de las patricias argentinas, presentes en el Museo Histórico Nacional: María Sánchez de Thompson, María de los Remedios Escalada de San Martín, Juana Pueyrredón de Sáenz Valiente, Bernardina Chavarría de Viamonte, Isabel Calvimontes de Agrelo, Casilda Igarzábal de Rodríguez Peña, Magdalena Güemes de Tejada, Tomasa de la Quintana de Escalada, Mercedes Lasala de Riglos y Juana Azurduy de Padilla. Con tres de ellas nos quedaremos en los renglones siguientes, todas protagonistas de la “vida heroica de la nacionalidad”

El brazo armado
Juana Azurduy nos recuerda que fue un gran exponente del valor de nuestras mujeres y pronto la imaginación vuela para rememorar hechos extraordinarios en su vida como por ejemplo aquel triunfo del Villar. Los realistas dada su entereza y bizarría, resolvieron respetar la vida de aquella mujer admirable, no estando de completo acuerdo su jefe, el coronel Herrera, quien manifestó a la oficialidad que él sería el primero en acatar esa resolución, pero que también juraba que castigaría su temeridad tomándola prisionera.
El coronel Padilla había partido en una misión secreta, dejando confiada la defensa del cuartel general establecido en el Villar a su esposa Juana. No bien esta noticia llegó a conocimiento del jefe realista, salió con su gente con intenciones de rodearla y así provocar su rendición, Juana Azurduy , advertida del peligro que corría, partió a su encuentro al frente de sus fusileros. Una vez que tuvo cerca al enemigo, no esperó ser atacada: fue ella la que presentó batalla, haciendo gala de un ímpetu y bravura que no tardó en desmoralizar a sus agresores. Juana, transformada en una heroína medioeval, se arrojó sobre Herrera y de un balazo lo tendió a sus pies, apoderándose de las armas y sobre todo de la bandera que había jurado colocar si la vencía en lo más alto del caserío del Villar. Belgrano comunicó la gloriosa acción al Director Supremo Pueyrredón, quien en recompensa le otorgó los despachos de teniente coronel. Doña Juana Azurduy actuó en todas las campañas de su esposo y sirvió también a las órdenes del general Güemes. En la batalla de Viloma peleó al frente de su batallón Leales, recibiendo una herida que supo ocultar hasta finalizar el combate, donde vio morir a su esposo, el famoso guerrillero del Alto Perú.

El brazo revolucionario
Ahora rescatamos el nombre de Casilda Igarzábal, esposa de Nicolás Rodríguez Peña que complementó su acción revolucionaria. Tal es así que cuando los patriotas se reunían para conspirar en la casa del gran patricio, su esposa, doña Casilda, vigilaba rondando por los jardines y sitios dudosos de la quinta, hasta que la luz de la mañana venía a desvanecer las peligrosas sombras de la noche y cada uno podía retirarse sin ser sospechado a sus hogares.
Su nombre apareció en la “Gaceta” como el de la primera dama adherida a la suscripción popular, iniciada para preparar el ejército que debía sostener el movimiento de Mayo. La actitud de más relieve de su vida, en la que adquiere la grandeza de proceder es cuando, acompañada de las señoras Riglos y Agrelo, penetró en el cuartel de Patricios envuelta en un mantón celeste y cubierta su cabeza con una mantilla blanca. Tomando la representación de todas las mujeres, le dijo a Saavedra: “Coronel, no hay que vacilar; la patria lo necesita para que la salve; el pueblo lo quiere, la mujer lo exige, porque no puede volvernos la espalda ni dejar perdidos a nuestros maridos, a nuestros hermanos, a nuestros hijos y a nuestros amigos”. Saavedra le respondió así: “Yo he sido siempre patriota; pero para hacer una cosa tan grave es preciso pensarlo mucho”. “Pues bien -le interrumpió la señora de Rodríguez Peña y tomándole el brazo agregó: “venga con nosotras a casa de mi marido. Allí lo aguardan buenos amigos, los que le demostrarán que ya la cosa se ha pensado demasiado”. Este gesto de doña Casilda y sus ilustres compañeras salvó a la revolución. Saavedra, convencido por Rodríguez Peña, Belgrano y Passo, aceptó la misión de exigirle al alcalde de primer voto que convocase a Cabildo abierto para oír la voluntad del pueblo.

El brazo sentimental y amistoso
Eran tiempos de la celebración del segundo aniversario de la Revolución de Mayo. Por la noche se realizaban reuniones en los salones. El de los Escalada desbordaba de invitados- los dueños de casa, Antonio José de Escalada y Tomasa de la Quintana, eran secundados en la atención de las visitas por sus hijas, María de los Remedios y María de las Nieves. San Martín era uno de los invitados y quien bailó esa noche con María de los Remedios.
Se dice que cuando San Martín fue presentado en la tertulia de los Escalada, al retirarse en compañía de Necochea , le dijo confidencialmente que la impresión que le había producido esa reunión la llevaría siempre grabada en su alma. Necochea, que conocía cuan parco era en palabras su gran amigo, lo dejó hablar sin hacerle ninguna interrupción. “Usted bien sabe -continuó diciendo- que mi temperamento es mal avenido a cualquier sensiblería. No acierto a encontrar la palabra con que podría expresar los atractivos de esa velada y sobre todo a los encantos de esa niña Remedios, cuya existencia la encuentro a semejanza con la de nuestra naciente patria que, para subsistir, necesita hoy más que nunca de nuestros desvelos, cariños, y más aún, de nuestra protección. Después de una larga pausa, Necochea le respondió con acento conmovido: “sí, mi compañero, en su carácter serio y noble a eso se le conoce con un nombre, se le llama el amor”
La influencia de San Martín en el Salón de los Escalda tuvo su primera expresión cuando doña Tomasa de la Quintana reunió a sus amigas y acordaron seguir el ejemplo de los patriotas y contribuir cada una de ellas con el importe de costo de un fusil.
El 27 de agosto de 1812 el poder Ejecutivo autorizó, a pedido del interesado, el casamiento del teniente coronel José de San Martín con María de los Remedios de Escalada, el que se formalizó el 12 de septiembre de 1812 “… que hacen verdadero y legítimo matrimonio… a don José de San Martín, teniente Coronel, y Comandante del Escuadrón de Granaderos a Caballo. Natural del pueblo de Yapeyú en Misiones, e hijo legitimo de D. Juan de San Martín y de Da. Gregoria Matorras, con Da. María de los Remedios Escalada, natural de esta ciudad e hija legítima de Dn. Antonio José de Escalada y de Da. Tomasa de la Quintana…” (párrafo transcripto del valioso documento histórico que fuera obtenido mediante la gestión del periodista misionero, Alberto Mónaca, del Archivo de la Iglesia de la Merced de la ciudad de Buenos Aires y cuya copia nos obsequiara).
Esta relación sentimental, transformó la casa de los Escalada en una suerte de cuartel mayor de los patriotas en su afán libertador. Así la “Gaceta” informaba: “Desde las doce del día hasta las dos de la tarde; y desde el toque de oración hasta el de ánimas, estará en su casa don Antonio José de Escalada, destinado por el superior Gobierno, para recibir los donativos hechos y por hacer con el saludable objeto de coadyuvar a la patria, interesándose cada uno con lo que pueda y quiera, en el costo de los fusiles llegados para su defensa…”
Siendo el 1 de octubre de 1814 sale de Buenos Aires Remedios Escalada de San Martín hacia la ciudad de Mendoza para reunirse con su esposo, quien había sido nombrado Gobernador de la intendencia de Cuyo. En la ciudad de Mendoza pasó María de los Remedios el tiempo más feliz de su vida y el más largo en compañía de su esposo. Ella, en su casa, matizaba las absorbentes preocupaciones de su esposo, dedicado a la organización del Ejército de los Andes. Y allí en Mendoza nació la única hija de San Martín y de María de los Remedios. El 24 de enero de 1817 María de los Remedios y su hija regresan a Buenos Aires, ya que San Martín se incorpora al Ejército de los Andes en el cruce de la cordillera.
Luego de Maipú, el 1 de julio de 1818, San Martín, su esposa y su hija salen para Mendoza. Tiempo después María de los Remedios estaba delicada de salud por lo que San Martín pensó en el regreso a Buenos Aires, así fue que encontrándose en Chile, el 26 de marzo de 1819 le escribe a Tomás Guido, anunciándole: “Remeditos marcha mañana por la mañana a unirse con su familia, pues según los facultativos, si permanece en Mendoza su vida será bien breve”
Tras el fallecimiento de Remeditos, finalizada la campaña libertadora, el 4 de diciembre de 1823 llega San Martín a Buenos Aires y coloca sobre el sepulcro de su esposa, un mármol con esta inscripción: “Aquí descansa D. Remedios de Escalada, esposa y amiga del general San Martín-1823
“Esposa y amiga”, ciertamente porque ella fue para San Martín el sedante para sus amarguras, el lenitivo de sus pesares y la partícipe de sus alegrías.
Y en verdad don José de San Martín tuvo su mejor amiga en su propia esposa, María de los Remedios de Escalada de San Martín.

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Categorías: Columnas de Opinión

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