¿Existen las fronteras, cuando se vive en un lado del Paraguay y el OTROLADO está enfrente, en Eldorado, Misiones? Ese “otrolado” está en ambas partes, según donde uno se encuentre, por lo tanto no hay fronteras, no las hay espiritualmente, claro está.
En este libro de “Relatos de OTROLADO”, la vida va pasando en ambos lados. Se van sucediendo las anécdotas, los recuerdos, las pequeñas historias que vistas desde “este lado”, tienen tanto que ver con el ahora. Son dos hermanas en un contrapunto literario, pero sin enfrentamientos, recordando de a dos, relatos de la infancia (Karina); y cuentos… no tan cuentos (Martina). Ambas son docentes, Karina Dohmann, licenciada en Historia, investigadora del Instituto Ruiz de Montoya con muchos trabajos realizados y publicados; Martina Dohmann, Profesora en Castellano, literatura y latín, licenciada en letras, también del Instituto Montoya participando en Antologías de cuentos y poesías.
El presente es un libro para leer y releer. “Recuerdo esas mañanas invernales con la neblina cubriendo todo el paisaje de la costa, y ese aventurado cruce del río sin saber si llegábamos al punto exacto en el “Otrolado”… Una familia alemana, venida después de la 2da Guerra Mundial, se afincó en un magnífico paraje rodeado de selva, sobre la margen paraguaya del río Paraná, en Puerto López, del Dpto. de Itapúa, frente a la orilla argentina del entonces Puerto Pinares, de Eldorado. Los padres y 10 hijos, con la particularidad de ser unos paraguayos, otros argentinos, según el lado donde se anotaban, con dos apellidos en el Paraguay, con uno en la Argentina.
Cruzaban a diario el río, para ir a la escuela y para llevar al pueblo la leche en botellas, producto del ordeñe diario de la casa. Este alumnado que conoció el rigor del “palo” en manos del docente, tenía algunas prerrogativas por ser del “otrolado”, como salir de la escuela antes de hora, si el maestro anunciaba que se venía una tormenta. Estaban enfrente los dos puertos, y no había hora argentina o paraguaya, sino que varios silbatos marcaban las horas y las tareas. Si el primer silbato se escuchaba desde la casa, era hora de ordeñar; si se escuchaba en medio del río, se estaba llegando tarde a la escuela; si sonaba en tierra, desde Prefectura podían encontrar a los conscriptos en pleno cuerpo a tierra. El silbato desde la fábrica al mediodía, marcaba la hora del almuerzo familiar… Muchas anécdotas enriquecen el libro. La vida familiar de antes, con estrictas conductas y tareas para cada uno era también una escuela, donde la madre era el centro del trajín diario, y se le rendía tributo ayudándola en tareas como ordeñar, hacer manteca, recolectar frutas silvestres para un riquísimo postre, ordenar el comedor y la cocina luego de almorzar… batir para ella un espumoso Nescafé. Hacer el pan todos los días era una ceremonia que terminaba con el dicho de la madre: “que los ángeles también estaban horneando sus panes”.

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Categorías: Columnas de Opinión

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