El pasado 16 de junio viví otra emoción más en esta mi larga vida de periodista, escritor, historiador y, en ocasiones, colaborador protagonista en esta corta –en medición histórica- pero fecunda historia de nuestra ciudad lo que me ha valido el reconocimiento cuando la Cámara de Diputados de la Nación me otorgara en 2004 por iniciativa de la diputada nacional misionera, Celia Isla de Saraceni, avalada por nueve de sus pares, la designación de Mayor Notable Argentino con diploma, medalla y firma “en el preciado libro de oro del Congreso” y tantas otras menciones de reconocimiento por mi trayectoria como fundador de este Pregón Misionero que está viviendo sus cincuenta años de edición ininterrumpida.
Pero dejemos ya la euforia que me da la longevidad y contemos a nuestros amigos lectores de las también ininterrumpidas notas editoriales cincuentenarias y del mismo puño editor el porqué de mi emoción.
Es que ese 16 de junio habiendo sido profesor de historia por más de treinta años del querido y ya lejano Colegio Nacional de Oberá -suerte de hito cultural que a partir de la década del 50 fue habilitando gente que no podía continuar sus estudios aquí y que, una vez bachilleres incursionaron en las distintas facultades del país para recibir títulos universitarios con los que regresaron y apuntalaron la vida de un pueblo agrario, llevándolo a ser, junto a una efervescente sociedad productiva, una ciudad de progreso de la zona centro de la provincia y este quehacer cultural se vio reforzado con la creación de la Escuela Normal y la de Comercio, en los inicios de la década del 60- respondiendo a una gentil invitación del comandante principal, Roberto Carlos Schmidt, jefe del Escuadrón 9 “Oberá” de Gendarmería Nacional, para brindar una charla dirigida a los integrantes del Escuadrón y alumnos invitados de los diferentes establecimientos escolares de la localidad con motivo de celebrarse el 196º aniversario del fallecimiento del Grl. Martín Miguel de Güemes “Padre de los Gauchos- Mártir de la Emancipación” y Prócer de la institución” .
Los renglones que siguen, parte de mi exposición, son por demás elocuentes apareciendo Güemes como esa tea de clara luz que ilumina los heroicos tiempos de la búsqueda, como naciente país, de independencia y constitución que fuera su vida y obra y, además de ello, muestran un perfil del prócer salteño en el que se reúnen tantas virtudes que explican acabadamente el porqué de la emoción que me embargó:
“En los albores de la construcción histórica de los sucesos patrios se involucraba a todos los caudillos y se les otorgaba admiración o desprecio, pero no todos los caudillos fueron iguales, por eso aquello de que el caudillo es un mandón que no quiere obedecer pasa a ser letra muerta en el caso de Güemes.
Si la demagogia es una enfermedad de la clase urbana, en la democracia rural la enfermedad fue la montonera (..), pero ese montón depredador no coincide con las partidas armadas de vecinos de Jujuy y Salta, paisanos del valle de Lerma, gauchos de las quebradas agrupados a las órdenes de un militar como Güemes, que expresara en repetidas ocasiones a los caudillos de las otras provincias sus anhelos de patria libre, induciéndolos al acatamiento de una autoridad nacional, pues urgía rematar la independencia y darle una constitución al país. No hay manera de confundirse en el juicio de la historia: Güemes es el único que asume carácter nacional. Nunca habló de su tierra con mezquindad lugareña, sino del país con amplitud de patriota y al defender denodadamente las fronteras del norte, aseguró la independencia argentina dando ocasión de preservar en su empresa continental a San Martín, de igual forma que sostuviera la autoridad, siempre precaria, de la asamblea y congresos nacionales.
Tracemos un parangón de la figura de Güemes utilizando las letras del historiador Vicente Fidel López “Escuché manifestar a mi padre, la impresión que guardaba de Güemes, conocido en el Alto Perú después de Suipacha. Jinete excepcional era de talla alta y delgada, algo encorvado hacia adelante, con ese movimiento agraciado y ondulante del mimbre que el hábito del caballo da a la peculiar manera con que nuestros gauchos lo montan y lo manejan. Tenía la fisonomía vivaz, la nariz aguileña, poca barba como hombre de temperamento bilioso, el ojo centellante y maneras adaptadas ya fuese que tratase con gentes cultas, con damas sobre todo, con las que era asaz cumplido, ya que se abandonase a la familiar originalidad con que sabía encantar y entusiasmar a los gauchos de Salta. Si hubiese de buscarse una prueba de su cultura y de su elevado mérito, bastaría recordar que no solo fue el amigo íntimo del virtuoso y venerable general Belgrano, sino que el general San Martín que en cuanto a conocimiento de los hombres jamás se equivocaba, miró siempre a Güemes con verdadero afecto y con tanta estimación que fue uno de los primeros a quienes escribió de su propia mano notificándole la victoria del llano de Maipú”
Más allá de todo lo que hemos dicho con relación a esta figura extraordinaria que fue el general Martín Miguel de Güemes le debemos agregar su lealtad en sus propósitos que no fueron otros que lograr la libertad de su patria y la unidad nacional, respaldando con su guerra gaucha los propósitos sanmartinianos, sin que le tentaran los intentos de soborno por parte de los jefes realistas, los que rechazó con dureza.
“La leyenda se anticipó a la historia: Así resulta legendario su abordaje llevado a cabo con fuerzas de caballería; su aparición fantasmal en los campamentos serranos, la huella de la herradura de su Negro en una laja de vereda; su poblada barba renegrida; su agonía y su muerte a la intemperie, bajo el amparo de un árbol, en Sacha Pera, frondoso; nueve días sin quitarle la chaqueta con botonadura de oro, nueve días y sus noches en junio… Lo hermoso y recordable de aquel final radica en el juramento que Güemes exigió a Vidt: continuar la patriada hasta dejar la tierra amada libre de “godos” de acá y de allá…
Vida magnífica que le permitió a Lugones la esplendidez verbal de su libro “La guerra gaucha” y a innúmeros poetas cantar sus himnos y elegías la grandeza de sus hazañas. Poetas, escultores, pintores, le cantan, le esculpen y le retratan.
Pero todo es mítico. La historia quiere lograrlo para sí y lo acerca a las páginas heroicas de la iniciación, desde mayo de 1810.
En tiempos en que la violencia de la sinrazón cunde por el mundo, en que la naturaleza pareciera querer retirarnos su presencia ante tanta depredación inconsciente hecha por el hombre, en que por ello los grandes hielos se van yendo, en que se descubren otros planetas como un anuncio de que nuestra soberbia humana no tiene razón de ser, en que la gente pretende desentenderse los unos de los otros, en que los ejemplos de vida son inadvertidos por un sentir materialista a ultranza, en que tanta y tanta gente sin voz de aquí y allá sufre las consecuencias de viejos comportamientos, bien vale que barajemos y demos de nuevo y comencemos a respetar el entorno y la idiosincrasia de nuestros pueblos, fortificándonos con el valor emocional de su suelo, de su gente que lo nutre, de tal suerte que el obligado materialismo que debe acompañar a estos sentimientos no rebase la copa y vaya más allá.
Por todo esto y aquello que engalana nuestra nota de hoy, vivamos a pleno esta bocanada de aire fresco que brindó este prócer y ese pueblo que supieron llevar triunfante la guerra gaucha, apuntalar a San Martín y consolidar la libertad e independencia de nuestra patria.

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Categorías: Columnas de Opinión

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