Estamos saliendo del tiempo lluvioso ¿o entrando? De todas maneras nuestra impaciencia se agita como lo hacen los árboles zamarreados por el viento y así, desprovistos del atuendo que solemos exhibir socialmente en tiempo bueno nos tratamos de recomponer en este día del 25 de Mayo en que la patria- hace 205 años- daba sus primeros pasos en medio de una niebla que solo dejaba ver el surco por el cual un puñado de temerarios desafiaba nada más ni nada menos que a una corona real que, ante las cabriolas y flojedad de sus reyes, se vio envuelta en una capa napoleónica que les allanó el camino para que nuestros temerarios revolucionarios se encuentren de golpe y porrazo ante la mayor encrucijada histórica que imaginar se pueda. Sacando pecho, poniendo garra y por sobre todo el entusiasmo del que estaban provistos tras las jornadas de triunfo ante las fuerzas invasoras inglesas.
   ¿Que cómo se llegó hasta esas instancias? Ingresemos a sus orígenes:
    “Allí está Don Pedro De Mendoza, oculto, silencioso, prisionero de su cuerpo. Oculto en su camarote lleno de efigies, de coronas y alhajas,  de pendones y áncoras, con su pila, su crucifijo y sus lámparas de plata. Tiene su espada desnuda junto a su cama y en la puerta una buena guardia, tiene también sus pociones y ungüentos, pero la cocción de anís cintoria, hinojo y cártamo no lo calma nada y el aceite de oleandro le parece que empeora su mal.
    Fue comenzando el mes de febrero en su segundo día, en el año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo de mil y quinientos  treinta y seis, en la fiesta  de Nuestra Señora de la Purificación, cuando hollaron la tierra salvaje y silenciosa, la desollada tierra. Había mucha tirante y levantada  claridad en el mar.
   Desembarcaron hombres fuertes y valerosas mujeres. Tenían caballos y yeguas: el zaino de Mendoza, “El Chuzo” de Ayolas, los pobres alazanes de Osorio, el parejero de Simón Jacques de Ramúa, de Flandes, cincuenta caballos y cincuenta yeguas para la tropa.
   Desembarcaron armas, brea, jarcias, la ropa parda de trabajo y la ropa de fiesta, ornamentos, fustán blanco, cálices de plata, cruces y corporales.
   Traen alqueres de harina de guerra, pipas de carne salada, cabos de fierro, paños de colores, pólvora y salitre, cuerdas, arcabuces, mosquetes,  ballestas, lanzas, rodelas, escaupiles, espadas y morriones, bombas de fuego para hacer llamas de colores. Molino de hierro para hacer pólvora, jergones y mochilas, alpargatas y lazos, cueros curtidos, azadas, picos, cuñas de fierro, almádenas, hachas, lonas, estopas, cajas de medicina.
   Ya en el Riachuelo, empavesadas las nave con banderas y estandartes, teniendo al frente a la pampa con sus sauces y ceibos y pajonales y misterio, todo ante un  terrible y cómplice silencio.
   Don Pedro de Mendoza hace oración con todos de rodillas. Después plantan la cruz y el Real Estandarte con sus yugos y flechas y con el Crucifijo y la imagen de la Virgen María.
   Hay brillo de espadas desnudas, de árboles talados, hierbas cortadas.
   “Virgen gloriosa, nuestra Señora, a quien yo tengo por amparo en todos los mis hechos y a quien pido y suplico me dé gracias para que pueda hacer esta conquista,  dominación y población”
   Conmovido hasta las lágrimas, el duro Adelantado pisó la tierra prometida, tomando posesión de ella, haciéndolo, nuevamente, como un  adelantado de la fe.
   “Virgen del Retablo con sus banderas, barquitos y orantes, a ella consagramos este pedazo de tierra. En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por su infinita bondad nos dé gracias para qué hagamos tales obras que sean meritorias ante su acatamiento, en loor y alabanza de la bienaventurada Virgen Santa María del Buen Ayre a quien consagramos esta tierra…”
   Enfermo, doliente y frustrado, casi pura piel y huesos don Pedro de Mendoza funda Buenos Aires.
   Primero fue un fuerte de tapias, unos pobres fosos, una iglesia de paja y de madera y la choza del Adelantado. Un muro de tierra de media lanza de alto demarca la cintura de la ciudad fuerte. Días haciendo leña y jornadas de caza. Noches de hogueras y noches de buena luna.
   Está la iglesita con su altar y blandones y colgaduras de terciopelo carmesí y cálices de plata, aras y corporales y la misericordiosa, invencible y victoriosa imagen,
   Hay aduares indios al sur y al oeste, hay que enseñar la señal de la cruz a los que ahogan a sus criaturas sin  agua de bautismo o las arrojan a los ríos y fosos.
    Pero los pampas no temen, ni al estampido de la pólvora ni a la violenta arremetida de los potros.
    Cae fuego sobre los techos de paja, flechas, piedras. Hay furia de lanzas y alaridos. En la ciudad, espadas desnudas, ballestas armadas, fuego en las mechas.
   El campo queda cubierto de cadáveres. Las lanzas entran por las gargantas y por los pechos, entre oleadas de sangre, heridas de donde no se vuelve.
   A uno lo arrastran los indios, lleva una mala herida en el pecho. Murió lejos de cristianos, en tierra india. Cuando murió no tuvo quien hiciera sobre su cadáver la señal de la cruz.
   Efímera y lúgubre Buenos Aires de don Pedro Mendoza, pero ese su nombre perdurará y por obra y gracia del vizcaíno don Juan de Garay, desandando los pasos al Norte de la expedición de Mendoza, nuevamente la emplazará en 1580, desafiando al mar en su pretensión de invadirla y a los indios comarcanos  en la otra de destruirla para liberar su tierra de hombres blancos y barbudos;  pero esta vez su nombre se perpetuará y será, siglos después, el teatro de operaciones que, desde Buenos Aires proyectará  y logrará un grupo de hispano-criollos: la  liberación del colonialismo español e iniciará, en la histórica jornada del 25 de Mayo de 1810, una  gesta de emancipación que dará lugar, poco después, al parto nacional”.
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Categorías: Columnas de Opinión

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