En un rapto de investigación del desafortunado episodio histórico del fusilamiento de Manuel Dorrego por orden de Juan Lavalle, dimos con testimonios muy relevante de los comportamientos humanos en función de poder y, nos permite, lo que es más interesante aún, comprobar (una vez más) que esos comportamientos se repiten ayer y hoy, ayer sin que estén presentes los derechos humanos, ni las organizaciones establecidas por las comunidades para la convivencia pacífica y, por supuesto, sin contar con la tecnología con que cuentan hoy los países, tecnología que con el pretexto de ser el reaseguro de la paz, se transforma en oportunidades en instrumento que hace posible el atropello feroz a los derechos humanos.
   “Mire usted que este país se fatiga en revoluciones por largos años sin que una sola haya producido un escarmiento… la ley es que una revolución es un juego de azar donde se gana hasta la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella…, si usted (a Lavalle), general, la aborda así, a sangre fría, la decide: si no yo habré importunado a Ud. y lo que es más sensible, habrá usted perdido la ocasión de cortar la primer cabeza de la hidra y no cortará las restantes: ¿Entonces?… nada quedará en la República para un  hombre de corazón” esa era a sugerencia –orden- que José María del Carril enviara a Juan Lavalle pidiendo la cabeza de Dorrego, como casi simultáneamente también el general recibía pedidos de clemencia hacia el prisionero, por parte de Guillermo Brown y José Miguel Díaz Vélez, al día siguiente de la misiva de Carril, Juan Cruz Varela reforzaba la sugerencia-orden: “Va la suerte del país en un movimiento que pueda importar mucho o nada según se manejen los resultados… Después de la sangre que se ha derramado en Navarro el proceso del que la ha hecho correr está formado…. Cartas como éstas se rompen…”
   Pero este dramático “culebrón” histórico ofrece más ocasiones para analizar conductas, comportamientos y hacer comparaciones. Quienes sugirieron-ordenaron a Lavalle fusilar a Dorrego, entran a temer que los entretelones salgan a la luz histórica algún día y se apresuran a tratar de tapar las huellas: “Hablo de la fusilación de Dorrego. Hemos estado de acuerdo en ella, antes de ahora; ha llegado el momento de ejecutarla… La energía es necesaria en la ocasión , o como el ensayo de un nuevo modo de gobierno o como un instrumento absolutamente necesario siempre. Entre los que han combatido por el poder ninguno ha sido sacrificado hasta ahora… si el resultado no viene de la omnipotencia de la espada , la omnipotencia de Dios mismo no se dignará hacerlo” instruye Carril a Lavalle.
   Buenos Aires conoce el parte de Lavalle “La Historia juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido o no morir, y si el sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo estar poseído de otro sentimiento que el bien público”.
   El temor de los “doctores de las luces” se multiplica, Lavalle ha hablado del “juicio de la historia”, será necesario volver a darle sugerencias y así lo hace Carril “Hemos sabido de la fusilación de Dorrego; este hecho abre en el país una nueva era… Me tomo la libertad de prevenirle que es conveniente que  recoja Ud. una acta del consejo verbal que debe haber precedido a la fusilación. Un instrumento de esta clase, redactado con destreza, será un documento histórico muy importante para su vida póstuma. El Sr. D. J. A (¿don Julián Agüero?) y don B.R. (¿Bernardino Rivadavia?), son de esta opinión y creen que lo que se ha hecho no se completa si no se hace triunfar en todas partes la causa de la civilización contra el salvajismo (Ayer y hoy en apreciación unilateral). Esta es la opinión uniforme de Buenos Aires. El general Lavalle, dicen todos, con todo valor, la constancia y el carácter necesario, organizando la República está destinado a ser su primera reputación, su primer héroe (sí, lo fue, pero en su campaña guerrera y no por cumplir estas órdenes de Buenos Aires). Pero esto no basta, Carril sabe que está tratando con uno de los generales más cultivados de esta época anárquica argentina y siente la necesidad de anestesiar la conciencia del general Lavalle y así le dice “Incrédulo como soy de la imparcialidad que se atribuye a la posteridad… cierto como estoy que la posteridad consagra y recibe las deposiciones del fuerte o del impostor que venció, sedujo o sobrevivió, y sofoca los reclamos del débil que sucumbió y del hombre sincero que no fue creído, juro y protesto que colocado en un puesto elevado como el de Ud. no dejaría de hacer nada útil por diversos temores. Al objeto: si para llegar siendo digno de un alma noble es necesario envolver la impostura con los pasaportes de la verdad, se embrolla, y si es necesario mentir a la posteridad, se miente y se engaña a los vivos y a los muertos.. Si Ud. pudiera en un  instante volar al Salto, Areco, Rojas, San Nicolás, Luján y dar la mano a todos los paisanos y rascarles la espalda con el lomo del cuchillo haría usted una gran cosa”
   Después de la ejecución de Dorrego –comenta Iriarte en sus Memorias- Lavalle asolaba la campaña. Del terror se valieron muchos de sus subalternos… como a las bestias feroces  trataban a los desgraciados gauchos que caían en sus manos.
   Calculase en mil los asesinados por los unitarios en la campaña. No solamente en el medio rural; en la ciudad funcionaban “comisiones” para reprimir sumariamente; hasta niños de siete años son degollados por “andar con divisas federales”. ”El Pampero” comenta: “O el país ha de convertirse en un desierto o nuestra causa triunfar” Son tantos los crímenes que el año 1829 será le único en la demografía de la provincia (Buenos Aires) donde las “defunciones sobrepasan a los nacimientos”
    Pero los temores de Carril y Varela que no dudaron en utilizar la típica actitud de tirar la piedra y esconder la mano (hoy figurarían en la jerga judicial- periodística como “ideólogos” del fusilamiento), no tuvo eco en el apesadumbrado Lavalle, autor material de la muerte de Dorrego, y así, en ocasión de las entrevistas de Cañuelas y Barracas, Lavalle, que había conservado las cartas, junto con el borrador del parte del fusilamiento de Dorrego redactado por Agüero, se las mostró a Juan Manuel de Rosas.
   El conocimiento de estos entretelones fueron publicados en La Nación en 1881 y tuvieron ribete de escándalo por que nadie sabía la participación de Carril, presidente de la Suprema Corte, entonces, del fusilamiento de Dorrego ocurrido medio siglo atrás.
   La lucha entre civilización y salvajismo (barbarie nos parece mejor) es una discusión sibilina por cuanto está basada en las percepciones individuales que conforman una nación y aceptan sin discusión como parámetro civilizador un mejor nivel de vida, una posible seguridad jurídica y un futuro probablemente predecible.
   Pero la palabra civilización, como la palabra cultura, no se rige por rigorismos académicos, sino que sus nutrientes provienen del seno mismo de los pueblos y regiones, de tal suerte que están conformadas por los ingredientes que aportan los siglos y los milenios, de tal suerte que es infantil y atolondrado suponer que nuestros éxitos locales en la materia, pueden ser una panacea para los otros pueblos que, aunque tienen culturas milenarias y todo un arsenal de vivencias han desarrollado otros parámetros de civilización y cultura que muy probablemente nos suenen a hueco, pero que merecen no solo ser respetados, sino hasta estudiados.
    La panacea del siglo XIX de imperialismos territoriales sufrió a partir del siglo XX un duro revés.
    Sería descabellado pretender volver a imperializar el mundo a través del dominio económico de los otros pueblos a los que, hasta no vacilamos en destruirlos junto a todo su riqueza cultural milenaria, creyendo que así despertarán de la larga noche que los occidentales consideramos atrasada y que está representada por una simbología religiosa, un respeto al pasado y por sobre todo un acendrado amor a un estilo de vida milenario, del que no tienen ningún interés en renunciar.
   Esta guerra que nos estremece por su crueldad, nos ha podido demostrar que las fuerzas agresoras no han tenido en cuenta lo anterior y, convencidas de que iniciaban una cruzada libertadora y de progreso, palparon en carne propia lo que significa el mayor valor para los hombres que son sin duda su suelo, su familia y sus tradiciones.
    No hay armas sofisticadas que puedan vencer para siempre los valores que, peyorativamente  han sido considerados como salvajismo  y que enlazan con nudo fuerte aquellas virtudes que hemos señalado.
   La  humildad de un mundo de paz es imprescindible para que el concierto de las naciones del mundo utilicen a pleno sus experiencias culturales y civilizadoras, pero destinadas a una interrelación que se funde en el respeto y el real convencimiento de que cada pueblo tendrá una mejor calidad de vida en tanto y en cuanto sus habitantes puedan utilizar la libertad para realizarse individualmente dentro del marco de su civilización y cultura.
   En fecha tan emblemática para los derechos humanos, sirva este aporte histórico para fortificar convicciones democráticas, que, más allá de declamación, sean espejo  de un profundo sentimiento republicano.
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Categorías: Columnas de Opinión

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