Uno de ellos fue mordido por una cascabel y el otro por una yarará. Ambos fueron atendidos en el hospital de Oberá. El calor incide para que haya más accidentes con víboras.

Si bien bajó la cantidad de casos en relación al año pasado en la misma época, se registraron un par de urgencias por mordeduras de víboras en el hospital Samic de Oberá.

Las víctimas de ofidismo resultaron ser dos niños, oriundos de las localidades de Aristóbulo del Valle y de Panambí, en un lapso de diez días.
El director del nosocomio, el médico Héctor González, confirmó que ambos ya fueron dados de alta. “Suelen darse más casos en esta época, en lo que va del verano fueron dos. Hay un protocolo que seguir y en los dos casos que tuvimos hubo una buena recuperación”, manifestó el profesional.
González afirmó que el hospital cuenta con suero antiofídico para actuar de inmediato. “Siempre depende del caso, la mayoría de las veces que vienen es por mordedura de la especie yarará, pero hace diez días nos sorprendió un chico de Aristóbulo (del Valle) que fue mordido por una cascabel. Las mordeduras de esa especie como de la coral son raras. En cada caso el suero es diferente, hay dos tipos de suero de acuerdo al veneno y de los parámetros clínicos que se observan”, explicó.
Consulta temprana
El calor, la lluvia, los yuyales propician la aparición de estos animales, en algunos casos buscando las cálidas temperaturas, otros por la inundación de sus refugios y también por la necesidad de alimentación. “Es importante que ante una situación de mordedura se consulte inmediatamente al médico, puede ser que el paciente no necesite suero, pero también puede ocurrir que existan consecuencias neurológicas y casos más graves aún”.
Lo ideal es que se pueda atrapar al animal, aunque muchas veces no se logra siquiera identificarlo. “Si se consigue traerlo es mucho mejor, para que el médico tenga más datos para actuar, de igual manera existen indicios de reacciones que permiten diagnosticar y determinar que tratamiento se debe aplicar. Muchas veces llegan diciendo haber sido mordidos por una víbora, pero no lograron verla”, explicó el director.
En el último caso, el pasado domingo, el paciente, un niño de doce años de Panambí, jugaba en el patio, junto a su hermana, con un limón. Se le cayó la fruta de las manos y rodó hasta unos tablones tirados en el lugar, metió la mano para sacarlo y ahí estaba la víbora.
“Llegó el chico con la mano deformada y el papá con la víbora en la mano, era de más de un metro”, contó a PRIMERA EDICIÓN una persona presente en la guardia del hospital.
La especie era una yarará de importantes dimensiones.

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Primera Edición


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