Mientras escribimos esta nota nos sentimos como ingresando a una caldera y mientras la línea del termómetro se debate por llegar al final de su camino, nosotros, que nada podemos hacer para frenar ese intento, agotamos el agua utilizando todas sus variantes y con un “tereré” amenguamos en algo el calor fuera de lo normal y salpicado todo esto con lluvias menores y mayores !vaya diluvio! algunas en la noche, iluminadas por un mundo eléctrico de relámpagos, rayos y truenos, condimentados en ocasión con granizo, todo ello envueltos en vientos que arremolinados o no revuelven los árboles con intenciones no santas.
Y mientras sucede todo eso, el coro de cocinadas chicharras en tono plañidero y casi como pidiendo ayuda, no deja de interpretar sabiamente todo ese repertorio que, imaginamos, estuvieron preparando durante el invierno para amenizar nuestras reuniones de verano.
Todo el entorno se debatía casi impotente, a la vez que nuestros pensamientos se hacían difíciles en este atribulado mundo político del presente y con pocas posibilidades de coherencia, se contentaban con enviar su mensaje, nada original por cierto, de ¡qué calor! esperando que todo ese cuadro dantesco vuelva a la normalidad. Cuadro mediante el cual la naturaleza nos devolvía con ensañamiento tanto atrevimiento comercial humano que tanto la afectaba y así, patéticamente nos hacía reflexionar ¡no somos nada!
Llegada la mañana y apuntando el sol nuestra alegría, una vez más, y mediante un buen chapuzón en la piscina (pileta ¡bah!) se nos abrió el cerebro que, con la ayudita recibida comenzó a emitir mensajes que nos volvieron a envalentonar haciéndonos creer que aquello de que “no somos nada” es pura fantasía intelectual aunque, como se suele decir, la procesión seguía por dentro.
Y de ellos y con ellos, comenzamos a anotar que ese calor desusado, ese calor infernal puede bien haber sido un mensaje que debíamos atender, tanto como para darnos cuenta de que era urgente que iniciemos el balance del año y, por sobre todo nos saquemos esa tierrita del ojo que nos tuvo a mal traer y que no nos dejó ver el bosque.
Hilvanando más fino, entendimos que esa advertencia muy oportuna si de fechas de habla, fue ubicada precisamente en la antesala del tiempo de Navidad, tiempo en que el hombre se encuentra más proclive a realizar su introspección y, a partir de allí nos fuimos a buscar al hombre en la Navidad.
Es que es evidente que la vida actual con su constante e ininterrumpido ajetreo convierte al hogar en una suerte de refugio en el que, unos más, otros menos, sus moradores están por contadas horas vivas, ya que el mayor tiempo en que se lo habita se está durmiendo, único bálsamo recomendable para recuperar las fuerzas perdidas y la atención prestada en las labores diarias fuera del hogar.
Cierto es que están los fines de semanas, los días inactivos y las vacaciones, pero en ninguno de esos momentos siente tanta solidaridad familiar como en la Navidad. Es que en la familia afloran todos los sentimientos de unidad y cariño fraternal entre sus miembros.
Es por ello, la Navidad y su significado son puentes de amor humano, un lazo que solidifica una manera de vida, un aval de rica vigencia como para que valoremos en profundidad la vida familiar y, por sobre todo es la Nochebuena el momento de recogimiento y gozo que los cristianos atesoran como el más espléndido caudal imaginable.
Y es notable observar como el hombre, sin advertirlo, comienza a proceder y a actuar al acercarse la Navidad, con mayor tolerancia, con mayor humildad y con espíritu fraterno.
Es que el tiempo de Navidad trae consigo al auto examen, la autocrítica y, por sobre todo, permite dimensionar la pequeñez humana -que nada tiene que ver con su inteligencia, creatividad y afán de progreso-, y que, lamentablemente, la mayoría de los hombres olvida en la vida cotidiana, reemplazándola por esos vicios corrientes como la soberbia, la envidia, el odio, la mezquindad.
Esa pequeñez humana está instalada justamente por la práctica de esos vicios, que se oponen frontalmente a la imagen de Cristo, dándose el contrasentido de que algunos de quienes los practican sin prejuicio alguno se encasillan como cristianos.
En este juego de la vida y por la vida, aparece la Navidad como la tregua y es justamente el tiempo de Navidad el punto de partida para que se comprenda que todos esos vicios, más la explotación del hombre por el hombre, más la violencia apátrida, más el sojuzgamiento económico, han traído como consecuencia un mundo hostil y carenciado, hambriento y frustrado, luchando contra los demonios que a la mejor manera del Dante, han adquirido representación, como pueden ser la carrera armamentista y el narcotráfico entre otros.
Y se nos antoja sublimar al hombre de la Navidad despojado de su faz negativa e imbuido de las enseñanzas de Cristo, porque no sería posible ir adecuando conductas, ir modificando esquemas y, por sobre todo ir comprendiendo que vivir en un mundo desequilibrado por más que nos toque estar sentados en un cómodo punto medio o superior, solamente nos acarreará insatisfacciones y frustraciones.
Es necesario entonces que el tiempo de Navidad nos inspire tanto como para sentir que ese hombre encuentre en un día la sencilla alegría de convivir con amor familiar, debe ser el modelo que nos ilumine para que se perpetúe como motor comunitario, que motive a cambiar los vicios por las virtudes, permitiendo al hombre reencontrar su camino.
Y en esta Navidad tan acotada por la situación económica financiera y por el auge de la violencia en países y por lo tanto en un mundo que así aparece como poco solidario, se nos ocurre que este paréntesis navideño suena a reconfortante, y es como una luz verde de auxilio indicando el buen camino.
Y como no podría ser de otra manera queremos hacer llegar nuestro profundo sentimiento a parientes y amigos, pero especialmente y muy fuertemente a los padres de las inocentes víctimas que se cobró la vida en el accidente que conmocionó a la provincia la que entró en duelo por ello.
No alcanzan las palabras para expresar consuelos o encontrar respuestas a tan desgarrador accidente que castigó a jóvenes obereños que con sacrificio y esfuerzo compatibles con sus años, programaron unas vacaciones inolvidables que se trastocaron en una tragedia.

La cita histórica
(20/12/1961)
En el local del Museo Histórico Nacional, se realizó el acto de entrega de la bandera nacional que fue izada el 20 de junio de 1938 en el mástil de la Plaza de Mayo, al instituirse por ley número 12.361 de ese año, el día dedicado al símbolo patrio. El pabellón es de seda, mide 15 metros de largo, tiene una sol bordado con hilos dorados, con un peso de 8 kilogramos y se encontraba depositado en la municipalidad de la ciudad de Buenos Aires. En nombre de la extinguida Comisión Popular de Homenaje a la Bandera Nacional, habló el capitán de fragata Eduardo Videla Dorna, quien entregó al museo la enseña. En dicha oportunidad dijo: “Este símbolo de los argentinos, cuya confección fue confiada al señor Osvaldo Vacca, fue depositado en un cofre que construyó y dono a la Comisión, el Arsenal de Guerra Esteban de Luca, y cuyas manijas se ejecutaron con la fundición de una de las pequeñas piezas de artillería empleadas por el general Manuel Belgrano en la campaña al Alto Perú.

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Categorías: Columnas de Opinión

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