Hemos hablado unas semanas atrás, de la dignidad de los que sufren y del apostolado que pueden realizar en la Iglesia y, más aún los enfermos, porque las pruebas a las que está sometida la salud, son de notable importancia en la vida humana. Sabemos que Dios no es indiferente ante los sufrimientos de la enfermedad y da su ayuda a los enfermos. En efecto, Jesús considera y trata a los enfermos en la perspectiva de la obra de la salvación  que el Padre le mandó realizar. Los sufrimientos de la enfermedad no pueden hacernos olvidar que para toda persona tiene mucha más importancia la salvación espiritual. En esta perspectiva de salvación, Jesús pide, por tanto, la fe en su poder Salvador. Diversos testimonios manifiestan que Jesús quiere inculcar la idea de que la fe en Él, suscitada por el deseo de la curación- Jesús responde a la fe de las cuatro personas que le llevaron al enfermo» Viendo la fe de ellos» (Mc 2,5); al padre del epiléptico le exige la fe: «Todo es posible para quien cree» (Mc 9,23); admira la fe del Centurión: «Anda; que te suceda como has creído» (Mt 8,13) y la de la mujer cananea: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas» Mt 15,28)-, está destinada a procurar la salvación que cuenta más: la salvación espiritual. De este modo, a la luz de la Palabra, se deduce que la enfermedad, en el plan divino, puede ser un estímulo para la fe. Los enfermos son impulsados a vivir el tiempo de su enfermedad como un tiempo de fe más intensa y, por consiguiente, como un tiempo de santificación y de acogida más plena y más consciente de la salvación que viene de Cristo.
    Jesús asoció a sus Apóstoles a su poder de curar a los enfermos (Mt 10,1) y las curaciones serían signo de la verdad de la predicación evangélica (Mc 16, 17-20). Tampoco en los tiempos sucesivos faltaron las curaciones consideradas milagrosas, que demuestran la intervención extraordinaria del Señor a favor de los enfermos. La Iglesia, sin embargo, a pesar de contar siempre con esas formas de intervención, no se siente dispensada del esfuerzo diario por socorrer y curar a los enfermos, tanto con las instituciones caritativas tradicionales, como con las modernas organizaciones de los servicios sanitarios. En la perspectiva de la fe, la enfermedad asume una nobleza superior y manifiesta una eficacia particular como ayuda al ministerio apostólico. Si a la luz del Evangelio la enfermedad puede ser un tiempo de gracia, un tiempo en que el amor divino penetra más profundamente en los que sufren, no cabe duda de que, con su ofrenda, los enfermos se santifican y contribuyen a la santificación de los demás. Eso vale, en particular, para los que se dedican al servicio de los enfermos. Dicho servicio, al igual que la enfermedad, es un camino de santificación. Manifestación de la caridad de Cristo, que es precisamente la fuente de la santidad. Es un servicio que requiere entrega, paciencia y delicadeza, así como una gran capacidad de compasión y comprensión, sobre todo, porque a los enfermos hace falta llevar también el consuelo moral, como sugiere Jesús: «Estuve enfermo y me visitaron» (Mt 25, 36). (Juan Pablo II, Creo en la Iglesia pág. 46-470).
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