En tiempos de iniciarse Pregón Misionero desde la redacción colocábamos un “clisé” con estos heroicos reproductores de imágenes que mostraba una sonrisa de oreja a oreja en el recuadro de lo bueno, e  invertida  (cabeza abajo) iba lo malo que había sucedido en la semana. Sí, primitivo, ingenuo y hasta infantil tal vez para los tiempos actuales. Recordarlo hoy surgió de incursionar en el mundo mediático televisivo y si bien la carita no aparece, la sonrisa o la amargura del televidente se muestra espontánea ante las antípoda de idéntica información según la interpretación “a piacere” de la noticia brindada aquí o allá.
   Y mientras desde la gran hidra con las siete cabezas que es Buenos Aires para el país que le cuesta lucirse como federal ya está cobrando fuerza ¡y cómo! las elecciones legislativas del próximo año, desensillamos el pingo informático-pensante que está encabritado tras haber oteado in situ y por sobre todo lo mediático que se publicara en ese mundo carioca tan particular dentro de su país que es Río de Janeiro y como para no quedarnos ajenos al cosquilleo general que nos mantiene despiertos y alertas en estos tiempos inquietantes de nuestros países sudamericano, reproducimos un viejo artículo de archivo cuyo autor, Enrique Stieben (Caras y Caretas- 1951), nos hace conocer detalles históricos que muestran que la Pampa era conocida antes de 1810, haciendo referencia concreta de la, para nuestros tiempos, polémica relación indígena-española que  poco tiempo después heredamos.
   “Es creencia común que los españoles no conocían el interior de la Pampa y que nunca les había interesado. Nada más lejos de la verdad, sin embargo, especialmente después de la aparición del libro de Falkner en 1774, sobre la Patagonia, haciéndole sugestiones a su patria sobre estas regiones: libro que tuvo la virtud de apresurar la creación del Virreinato del Río de la Plata, de fortificar y explorar la costa patagónica y de reconocer la Pampa hasta la  Cordillera.
   Hasta esa fecha los españoles se habían conformado con asegurarse un camino entre el interior y Buenos Aires, mediante líneas de fortines sin pensar seriamente en posesionarse de la inmensa heredad sureña.
   No obstante, desde 1750, ya se realizaban viajes anuales desde Buenos Aires a Salinas Grandes, por sal para el consumo del país, siendo el Cabildo el empresario.         Entre esos viajes cabe destacar la gigantesca caravana de 1778, que constaba nada menos que de 600 carretas, llevando 12.000 bueyes, 2600 caballos, 300 carpinteros, y un cirujano, etc. Y aún antes de estas expediciones, los misioneros jesuitas del sur de Chile se comunicaban con sus hermanos de Córdoba a través de la Pampa, testimonio de lo cual es sin duda alguna el hallazgo del mimbreral de cobre en la actual provincia de La Pampa, cerca de Lihué Calel, señalado en un pergamino que, alrededor de 1890 aprovecharon los chilenos Bobadilla y Sepúlveda para ubicar esa riqueza y explotarla.    También serían testimonio de estos viajes los dos montes de durazneros hallados en L. Calel, porque entre los jesuitas era obligatorio dejar semillas de plantas por donde pasaran.
   Pero también desde la frontera norte, La Carlota y Las Tunas, se emprendió un reconocimiento de la Pampa en 1776 y 1779 por las guarniciones militares de la línea de fortines mandada a construir por Sobremonte siendo gobernador de Córdoba.    Ambas guarniciones levantaron un minucioso censo de todo el país pampeano, anotando fuerzas, distancias, aguadas, índole, etc. Este trabajo prolijísimo fue realizado por el coronel José Benito Acosta y el maestre de campo don Ventura Montoya, cuyos informes incluyen hasta los numeradores de la costa del Chadileufú, en los alrededores del paso de Meuco, que conduce  a Puelén y a Chile, desde La Carlota, pasando por Trenel y Las Víboras, de donde esta rastrillada tomaba su nombre “ Camino de las Víboras”. De Las Tunas salieron desde 1779 los maestres de campo don Diego de las Casas y don Ventura Echeverría, por la rastrillada que se interna en Mamüll Mapu (País del Monte), cuyo centro pudo haber sido Tuay.
He aquí transcriptas algunas informaciones:
Puñaleph: anciano vive en Colchague. Manda 10 indios con sus familias, tiene 7 pozos cavados . Está a 100 leguas de Punta del Sauce (La Carlota).
Lepian: Vive en Tenel (Trenel). Tiene 10 toldos con 20 indios; dos pozos cavados y dista de Colchague 50 leguas.
Lancán: en Colulauquen (aí se llama la laguna de Naicó), 30 indios, 10 toldos, a 5 leguas de Teguás, 3 ojos de agua.
   En esta forma censan  alrededor de 50 caciques con unos 1000 indígenas y anotan centenares de nombres, que constituyeran las toponimias actuales de esa heredad, salvados del olvido por esas y otras informaciones que nombraremos: Antorué (Lautoro), Quinquil, Trecau, Caichihué, Rarinelo, Meuco, Nahuel, Mapú, Cunloo, Maripil, Renancó, Chadilauquen, Remeloo, etc.
   Al crearse el Virreinato del Río de la Plata arreció el trabajo de reconocimiento del territorio comprendido entre el sur de Chile (Concepción, Talca) y Buenos Aires, por la necesidad imperiosa de que estos reinos estuviesen comunicados entre sí por caminos conocidos, para ayudarse recíprocamente en caso de un ataque de parte de Inglaterra, que se esperaba y se temía, porque pendía sobre estas provincias como una espada de Damocles.
   De ahí los viajes entre esos puntos extremos en 1803, en 1805 y 1806, en busca del camino más recto y ventajoso. En 1803 parte de Buenos Aires don José Santiago Cerro y Zamudio con 42 caballos y 2 cargas livianas en dirección a Salto, por el camino de Córdoba. En Salto se aparta de ese camino y toma directamente hacia el oeste a través de montes bajos, charrales y guadales hasta tocar el río Salado, a 20 leguas al sur del Diamante. Llega a Talca. Su cuenta arroja 246 leguas de 6.000 varas o 40 cuadras de 150 varas.
   En 1805 parte, también de Buenos Aires, don  Justo Molina por el camino del Interior, hasta Salto, desde donde se apartó y tomó hacia el suroeste, saliendo al fuerte de Vallenar. Su viaje empieza el 25 de febrero y termina el 23 de mayo. Calcula que entre Buenos Aires y Incepción hay 275 leguas. En  su itinerario consigna numerosos nombres indígenas y de lugares.
   Pero es el caballero don Luis de la Cruz, alcalde de Concepción el que, en 1806 emprende un viaje definitivo a través de la Pampa. Trátase de un gran señor, que, con magníficos recursos diplomáticos, se hace acompañar con prestigiosos caciques desde el Vallenar o Antuco hasta Melincué, sito al sur de la provincia de Santa Fe. Su comitiva se compone solo de 19 personas, entre ellas un  agrimensor que mide de distancia a cordel, hallando que hay 191 leguas, atravesando así el corazón del hábitat indígena.
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Categorías: Columnas de Opinión

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