Muchos habían visto la película; pero es otra cosa. En esta novela se presenta, en forma realmente magistral, la vida, los hechos y  la cultura de la Sicilia del siglo XIX. La narración en sí se desarrolla entre  1860 y 1910. La manera de presentar personajes, lugares y hechos reales o fantásticos recuerda mucho el mundo manzoniano, tal cual se nos presenta en los NOVIOS del gran novelista milanés. Toda la acción gira alrededor del Príncipe Fabricio Salina y su familia, que representan la antigua vida feudal en camino a su transformación, que la llevaría a su muerte si los Sabios Gatopardos no supieran que todo tiene que cambiar para que nada cambie, y no actuaran como corresponde.
   La novela puede ser mirada desde distintos puntos de vista: el histórico: Víctor Manuel II, después de haber reunido las regiones del Norte de la Península, según el plan preparado por su primer ministro, Camilo Benso, conde de Cavour y aprovechando la campaña garibaldina en el Sur, que había puesto fin al dominio español, en 1860 puede proclamar el Reino de Italia, que en 1870 logrará tener Roma como Capital.
   El segundo punto de vista es el político: la creación del nuevo reino trae consigo el nacimiento de dos partidos fundamentales: el monárquico-conservador y el republicano, basado en el pensamiento de Mazzini y en la acción de Garibaldi. Sobre este telón de fondo histórico político se mueven los protagonistas y se desarrollan las acciones que cada uno interpreta según su educación y sabiduría. Nace así una tela de araña, que el autor nos enseña a mirar con una profunda humanidad y comprensión, envuelta en un incomparable humorismo, siempre presente, que nos ayuda a comprender los hechos más dispares y a veces, inicialmente incomprensibles. Es justamente este fino humorismo, que nos recuerda el manzoniano, y que hace placentera la lectura de la obra, permitiendo aliviar los momentos más difíciles e intrincados del discurso.
   Daremos algunos ejemplos. En el estudio del rey, «sobre la chimenea una Madonna de Andrea del Sarto parecía sorprendida de encontrarse rodeada de litografías de colores, que representaban a santos  de tercera categoría».
   En Nápoles, mientras se dirige a la casa de la Mariannina. Fabricio se justifica  pensando en Stella, su mujer, que le está por traicionar «…siete hijos me ha dado, siete, pero jamás le he visto el ombligo, ¿es justo esto?… la verdadera pecadora es ella».
   En su casa, mientras espera la hora del Rosario «se sentó en un diván y observó el Vulcano del techo que se parecía un poco a la litografía de Garibaldi, que había visto en Turín. Sonrió. Un carnudo».
   Tancredi es un capitanejo Garibaldino.
   Detrás del escritorio don Calogero (ahora alcalde) «Resplandecía un retrato de Garibaldi, y (ya) uno de Víctor Emmanuel, felizmente situado a la derecha, gallardo uno, feísimo el otro».
   El día de las votaciones don Fabricio es invitado a un brindis en la alcaidía: «sobre una mesita había un plato con antiquísimos bizcochos enlutados por la defecación de las moscas y doce vasitos ordinarios llenos de rosolí: cuatro rojos, cuatro blancos y cuatro verdes».
   En las elecciones hubo fraude; y uno que vio cambiado su NO en un SI, fue don Ciccio Tumeo, el organista de la Catedral mayor, compañero de caza del príncipe  durante los tres meses de verano que la familia pasaba en Donnafugata. El autor aprovecha una larga conversación, durante un día de caza, entre los dos hombres, para hablar no solo del fraude en las elecciones sino de la historia de la familia de don Calogero y de la mujer, doña Bastiana, «una especie de animal: no sabe leer, no sabe escribir, no conoce el reloj, casi no sabe hablar, es una yegua hermosísima, voluptuosa y primitiva, ni siquiera es capaz de querer a su hija… Solo es buena para la cama… El padre era Beppe Giunta y era tan sucio y maloliente que lo llamaban Beppe Mierda, con perdón de la palabra».
   Al finalizar la entrevista del pedido de mano de Angélica, don Calogero le dijo al Príncipe: «Algún día se sabrá que su sobrino se casó con la baronesina Sedara del Biscotto, título concedido por su Majestad Fernando IV, con el privilegio de las aduanas del puerto de Mazzaro. Tengo que hacer los trámites: sólo me falta una vinculación».
   Podríamos seguir con las citas, pero el espacio es tirano como el tiempo. Los invito a que lean el libro.
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Categorías: Columnas de Opinión

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