Después de la caída del gobierno comunista de la URSS, las relaciones de Rusia con el mundo occidental empezaron rápidamente a reanimarse, ya sea porque las noticias que habían llegado a occidente envueltas en una especie de invitantes aperturas y de curiosidad para conocer aquel mundo fantástico, que los grandes escritores, por un lado, la propaganda política por otro, y la noticia que los reduces de la Segunda Guerra Mundial traían, crearon un ambiente de «vamos a ver si es cierto». Que animó a rusos o descendientes de ellos, que vivían en América del Norte y del Sur, a organizar viajes colectivos, que resultaron muy provechosos para todos.
   En el primero de estos viajes, al bajar del avión en Moscú, encontramos a una señora, que se me acercó y me abrazó con mucho cariño y alegría, gritando en perfecto castellano: «Mi profesora, mi querida profesora!!!» era Elsa Bogalan, una alumna de la Escuela Normal de Oberá, que enterada de la llegada de un grupo de obereños, y habiendo visto en la lista de pasajeros mi nombre, loca de alegría había venido a recibirnos. Me entregó allí mismo un libro editado en Moscú en la Editorial Progreso, cuyo título es: «Francisco de Miranda y Rusia», escrito por Moisés Alperóvich, editado en el V Centenario del Descubrimiento de América.
   La dedicatoria dice: «Dra. Teresa: con mucho cariño una ex alumna suya de la Escuela Normal de Oberá, que siempre la recuerda» Elsa Bagalan. 23/07/93. Yo lo tengo todavía en mi mesita de luz y a menudo leo algunas páginas antes de dormir.
   El título es sumamente original porque es difícil, a primera vista, relacionar a Francisco de Miranda, venezolano nacido el 28 de marzo de 1750 en Caracas, hijo de un acaudalado comerciante canario y de una criolla lugareña, que al finalizar la escuela primaria y secundaria y egresado de la Universidad de su ciudad natal, en 1771, partido para España, haya terminado en Rusia.
   Realmente es un «cuento» real y fantástico al mismo tiempo como veremos en el próximo encuentro.
   A fines de 1772 se enroló en el ejército y más tarde, ya capitán, al ejército español; participó en la campaña marroquí y al estallar la guerra entre Inglaterra y sus colonias, ya nombrado oficial en Cuba, participa en todos los movimientos de lucha por la independencia de todas las regiones, pero no creyó, llegando el momento, en una guerra abierta contra España.
   Así que pierde popularidad y pide asilo a los Estados Unidos, donde llega en  1784 e inmediatamente se interesa por la situación política, económica y social de la nación, cuya nueva forma de gobierno estudia con gran interés; y en ello se inspira para preparar la independencia total americana.
   Pero fallado en su intento, el 15 de diciembre de 1784 zarpó de Boston, con el buque «Neptuno», rumbo a Europa y, mes y medio después, llegó a Londres, donde se radica por medio año, pero no llega a suscitar la simpatía de los ingleses.
   Apenas llegado a Londres, visita la legación diplomática de España, donde no es bien atendido.
   El 9 de agosto de 1785 zarpa de Londres con su amigo el coronel William Smith, secretario de la legión estadounidense de Inglaterra y diplomático de profesión.
   A fin de un mes, luego de atravesar Holanda, llegan a Posdem y el 3 de septiembre a Berlín, donde Federico II le permite presenciar las maniobras militares. (Continuará)
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Categorías: Columnas de Opinión

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