Terminó la Fiesta de los Inmigrantes, las casas típicas se vacían y la gente vuelve a sus quehaceres, como después de unas vacaciones.
   Los inmigrantes reales cada año somos menos y nuestros herederos pertenecen ya a la segunda y tercera generación. Algunos mantienen vivas las tradiciones familiares de sus ancestros, otros se acuerdan de ellas en los días de la fiesta, pocos han mantenido intacto el uso del idioma de su tierra natal. La mayoría la recuerdan en forma muy primitiva, y hay que alabar a quienes pueden abrir sus puertas y en algún aula, con pizarrón y sillas dictan clases especiales a los hijos, nietos o bisnietos de los que llegaron de allende los mares, para que aprendan la lengua de sus ancestros. Pero afuera de las horas de clase ¿con quién pueden hablar?
   Los inmigrantes que llegaron hace un siglo tuvieron oportunidad de aprender la lengua de su nueva patria y si lo hicieron la pudieron asimilar como lengua en el sentido verdadero de la palabra o sólo aprendieron el «cocoliche» para hacerse entender con los vecinos y los comerciantes.
   Cuando yo llegué a la Argentina no conocía la situación lingüística del país, sólo sabía que la lengua oficial de toda Sudamérica era el español, exceptuado Brasil que se hablaba el portugués.
   Con el tiempo aprendí que cada nación arreglaba su español en forma distinta, ya sea por el equipaje lingüístico que cada uno traía de las distintas regiones de su tierra natal, ya sea por la influencia  de la lengua de los nativos que variaba de región a región.
   Esto que dije es válido por toda América. En cuanto a los italianos, de los que puedo hablar con más conocimiento de causa, puedo afirmar que antiguamente cada región de la Península hablaba su dialecto y que los dialectos difieren muchísimo entre sí, y que uno de estos dialectos fue elegido como lengua nacional cuando, en el siglo IX, la Península se reunió en un único reino y el pueblo, o sea cada italiano, era bilingüe y aún cuando se abrieron escuelas primarias, secundarias o universitarias, a la salida de las aulas, en la cual se hablaba la lengua nacional, se seguía hablando el dialecto.
   La tentativa de la dictadura fascista en poner el uso obligatorio del italiano, no logró matar a los dialectos que solo desaparecieron en público, mientras en el interior de la familia se continuaba la tradición de hablar en dialecto.
   Perdida la guerra, caído el fascismo, todo volvió como antes, y no solo los italianos siguen en su bilingüismo sino que floreció una literatura regional muy interesante.
   Todo lo que dije por la Península vale para los inmigrados en general y creo que es cosa buena que así sea. Todos los festejos de la Fiesta Nacional del Inmigrante lo demuestran. Sobre este detalle no me voy a explayar, porque me imagino que todos habrán admirado el colorido desfile por las calles de la ciudad y todos los festejos alusivos a la fecha que se desarrollaron en el Parque de las Naciones.
   Un cálido y respetuoso saludo a todos los inmigrantes de esta tierra misionera.
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Categorías: Columnas de Opinión

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