Siempre la miro y admiro, una pequeña fotografía que tengo en un mueble en la sala, la primera que nos tomamos los 4 hermanos juntos y que mi mamá había enviado a su hermano David, que estaba entonces en Corpus. Yo entonces tenía 2 años, Ana 8, Francisco 12 y Luis 16.
   Cada vez que la veo muchos recuerdos invaden mi mente y mi memoria se activa trayéndolos al presente, que casi diría que fue ayer.
   En ella me veo y lo que tengo en mi mano no es un pañuelito o un papel: es un caramelo que tenía que obtener para dar el permiso de dejarme fotografiar.
   Mi mamá conservó este y otros documentos útiles y objetos de valor, fotos, etcétera en una cartera grande, que siempre llevaba consigo aún en tiempo de la Segunda Guerra Mundial, cuando no siempre se tenía tiempo para buscar cosas esparcidas por la casa, cuando tocaban la sirena anunciando un bombardeo.
   Cuando se empezó a racionar la comida, mamá llevaba en su cartera los «bonos» para la comida que distribuía la Municipalidad. Realmente, mamá, mujer providente y óptima comerciante, siempre supo usar estos vales como para darnos de comer decentemente. Por ejemplo: 1 kilo de fideos «negros» (no se sabía de qué elementos oscuros estaban hechos) los canjeaba por 1 kilo de arroz; una caja de edulcorante por ¼ kilo de azúcar; en su misteriosa cartera tenía también  una corona del Rosario que mi papá le había traído de Lourdes antes que yo naciera y que la acompañó hasta el último día de su vida.
   Cuando mis hermanos vinieron a la Argentina, ella, no protestó. Los Agrifoglios eran una familia de emigrantes, la mayoría estaba en Porto Alegre, menos mi abuelo Francisco que quedó en Italia y luchó como marinero en la expedición de los 1.000 de Garibaldi, que liberó a Sicilia y el sur de Italia. Mi abuelo era analfabeto, mientras mi abuela, Luigia Fasce, no solo sabía leer y escribir, sino que era una especie de «escribana» para las mujeres cuyo marido estaban emigrados en América. La mayoría de ellos también eran analfabetos y recurrían de la misma forma a un «escribano» para comunicarse con su familia. Imagínense la claridad de estas misivas, con el conocimiento «primitivo» del lenguaje usado por ambas partes. Mamá me contaba que las  mujeres llevaban a mi abuela las cartas ensobradas tal cual las recibían. Mi abuela las palpaba y las mujeres ansiosas e interesadas le preguntaban: ¿ghe nè?, que significa «¿hay billetes?». Si la respuesta era positiva, las caras se les iluminaban y se preparaban para escuchar con una sonrisa la lectura, que mi abuela hacía en voz alta y explicando el sentido de las palabras.
   Después venía el rito de la contestación, nada fácil para mi abuela, que debía traducir el dialecto de la clienta al italiano. Si no había llegado dinero la cosa era más complicada, porque antes había que consolar a la cliente de la desilusión y después a limpiar el lenguaje rápido de la desilusionada mujer.
   Mamá heredó las virtudes de su madre: escribía en un cursivo «inglés» muy claro y elegante. En su cartera tenía su estuche con lo necesario para escribir y con los años empezó a usar una estilográfica. Cuando la cartera envejeció la hizo pintar de negro por un primo que era zapatero y tenía la zapatería cerca de nuestro negocio. Yo lo odiaba porque sus zapatos eran duros y me hacían doler los pies.
   Ni los bombardeos, ni las noches pasadas en los refugios tenía el poder de separar mi mamá de su cartera negra, que ahora me parecía menos hinchada, más blanda y más vieja, casi diría que estaba arrugada (pero esto era imposible porque era de cuero).
   Sólo terminada la guerra un día encontré la cartera abandonada  sobre un sillón; no resistí la tentación y la abrí: había un monedero lleno de monedas de oro y plata, un rosario de plata, los documentos personales, su libreta de casamiento, y las cartas con sellos de Argentina y Brasil, su pasaporte y fotos de nosotros junto a las de sus nietos de Santa y de América. Habían desaparecido todos los objetos relativos a la guerra, como: bonos para comer, bonos para viajar, y bonos para comprar bebidas que seguramente habían terminado a la basura. Tampoco estaba la estilográfica.
   La guerra había terminado, empezaba una nueva vida.
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Categorías: Columnas de Opinión

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