En el encuentro con Cristo se abre para todos, hombres y mujeres de todos los lugares  y de todos los tiempos, el camino de la liberación y de la salvación”. Así también, en la experiencia de haber recibido migrantes en nuestra tierra, la Iglesia, inspirada en la Palabra de Dios y transmitida a través de su Magisterio, no ha indicado el camino para vivir nuestra vida fraterna, a través del cumplimiento de las obras de misericordia; entre ellas, la de recibir y acoger al extranjero. La hospitalidad abraza una serie de disposiciones del alma que van desde la acogida, hasta la comprensión y la valorización del peregrino extranjero. Estas actitudes, hacen que la vida comunitaria sea enriquecida por el conocimiento mutuo, lejano a todo prejuicio, a fin de construir una convivencia serena y armoniosa. Las migraciones sin duda motivan “una fraterna apertura hacia los demás, capaces de hacer reconocer con amor las aptitudes de cada uno y de permitir a todos dar su propio aporte al enriquecimiento de la única comunión eclesial”. Las necesidades que afrontan nuestros migrantes y refugiados exigen actitudes de misericordia y solidaridad. Mirar distraídamente nuestra realidad, o peor aún, asociarnos a la indiferencia, es una forma de egoísmo. En cambio, sobre la base teológica de la caridad y de la diaconía, del servicio, con la fuerza de la esperanza, podemos satisfacer el hambre de Dios mediante el pan de la Palabra y la sed de justicia en la promoción de la dignidad humana.
   Nuestros ojos y nuestro corazón se han estremecido en los últimos tiempos ante las tragedias marítimas que tiene como víctimas a los emigrantes. Ante el riesgo evidente de que este fenómeno sea olvidado, el Papa Francisco presenta la difícil situación de los hermanos que sufren, como una realidad que debe ser cuestionada.  En la Bula “Misericordiae Vultus” nos dice: “No caigamos en la indiferencia que humilla, en el acostumbramiento que adormece la mente y evita el descubrimiento de la novedad, el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para ver la miseria del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas a las que se les niega su dignidad, y vamos a sentir el reto de escuchar su grito de ayuda (…). Que su grito se convierta en nuestro grito y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que a menudo oculta la hipocresía y el egoísmo”. Las migraciones son al mismo tiempo la historia de la humanidad y el diseño de Dios, son eventos históricos que, a la luz de la fe, se convierten en mensaje de Dios.
   Las migraciones estimulan la práctica misericordiosa de la hospitalidad, y nos ayudan a descubrir que los migrantes desean un mundo más justo y más humano, esperan el pan de cada día, en la paz, en la libertad, en el progreso. Muchas de las comunidades migrantes, tienen a la Santísima Virgen María como centro de sus devociones. Enaltecen la figura de María migrante que con corazón lleno de misericordia y amor visita a su prima Isabel; que, junto a Jesús y a su esposo San José, conoce la pobreza, el sufrimiento, la huida y el exilio. A ella, peregrina entre los hombres, encomendamos la vida, la prosperidad de cada migrante y de los pueblos que los acogen. (Conferencia Episcopal Argentina, Oficina del Libro, Misericordiosos como el Padre, 2015)
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Categorías: Columnas de Opinión

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