…y este año desde el primer día de septiembre, la emblemática fiesta obereña ha comenzado a mostrar su XXXVII edición que se extenderá hasta el domingo 11.
“-Oberá por ser cuna de tantas nacionalidades ha creído un deber organizar una celebración de recordación y veneración y fiel a ese sentimiento el Intendente municipal, ingeniero Norguss Jacob, convocó a la población toda y este comité ejecutivo representándola, puso manos a la obra y encontró buena voluntad y disposición para llevar a cabo estas jornadas que se están viviendo y que en tiempo más que breve fueron organizadas.
-La participación del pueblo y gobierno municipal no es otra que demostrar que la región está capacitada para emprendimientos de progreso y de envergadura.
-Es por ello que el Comité  Ejecutivo de la FIESTA DEL INMIGRANTE hace llegar a los inmigrantes un especial saludo en este 4 de setiembre de 1980 en que todo el país conmemora tan importante acontecimiento.
-Es que Oberá y el inmigrante tienen vínculos estrechos e indisolubles que hacen que esta región de particular conformación poblacional cuente con una destacada reserva moral y física que le permite vislumbrar un venturoso porvenir.
-Juntos todos, puestos de pie en el día de esta celebración, no podemos menos que agradecer a Dios en primer lugar por haber derramado tantas bendiciones sobre nosotros y a quienes tuvieron la feliz iniciativa de arraigarse en este suelo ubérrimo, rendirles un justiciero homenaje comprometiendo nuestra acción para que el sueño que ellos forjaron en sus inacabables jornadas junto al surco, siga siendo una hermosa y permanente realidad.”
   Así se expresó, el 4 de setiembre de 1980, el Comité Ejecutivo (Teófilo Ángel García-Presidente; Manuel Carlos Domínguez- Secretario.)
   Esta Fiesta, como lo venimos repitiendo desde su inicio es una verdadera pasión para el obereño, sin distinción de suelo original, que eso es lo que provoca cada edición de la Fiesta Nacional del Inmigrante y que, como toda pasión, se nutre del placer que proporciona seguir cumpliendo con éxito el propósito que originara la fiesta y no solamente eso, sino haberla colocado en el primer lugar de las fiestas misioneras.
    Hace mucho tiempo definimos la Fiesta del Inmigrante como una pasión, creyendo así suplir la falta de palabras para describir ese estado de ánimo que vivimos los obereños durante los días de la Fiesta y ello explica que la fuerza motriz que mueve voluntades que afloran en cada septiembre anual está latente y supera las contingencias que se puedan presentar.
   Y, como para graficarlo en una alegre y emotiva postal, todos los años los vemos, presentes en el Centro Cívico “Manuel Belgrano” a mayores, jóvenes, adolescentes y  niños de todas las colectividades para emprender en colorida marcha su triunfal desfile hasta la sede permanente del Parque de las Naciones y esas mismas colectividades ofrecerán en sus casas típicas, como lo hacen anualmente, sus vestimentas, sus comidas, sus bailes, en fin todo ese gracejo pintoresco emocional con que honran a sus ancestros que la hicieron posible.
    Y  mientras cada colectividad atiende los suyo en el escenario mayor “Norguss Jacob” noche a noche y junto con lo nuestro, brillan los números artísticos de primer nivel nacional que se “acercan” de la gran ciudad satisfaciendo el gusto de, al menos, tres generaciones de obereños, que vaya si la disfrutan.
   Y qué decir del reinado que se disputa cada año que coronará  la expectativa de todos ya que cada colectividad presenta “su” reina y un jurado tiene la delicada labor de elegir de entre todas, una, que será, no solamente la Reina Nacional del Inmigrante, sino la embajadora de la Fiesta ante el país.
   ¿De qué ingredientes se nutre esta Fiesta?
    Cierto es que nuestra enumeración anterior es suficiente respuesta, pero queremos agregar que el secreto que la ha hecho perdurar y brillar cada septiembre desde 1980 es el fervor de la familia troncal inmigrante al que debemos sumarle el de todo un pueblo que la vive, de adentro o de afuera, pero que la vive y en especial de todos aquellos que, resignando tiempo de su tiempo, y por auto compromiso comunitario, cumplen tareas desde la elaboración competitiva de los menú típicos, la atención personalizada  a los visitantes, hasta la organización del evento anual y las  relaciones públicas sin protestar cansancios, ni resignar voluntades, a ellos que son los artífices que hacen posible que la Fiesta haya pasado a ser la mayor y que lo seguirá siendo mientras no se apague en sus corazones el legado inmigrante, esa llama votiva que se enciende al comienzo de la cita anual, se le debe que, contra viento y marea, cada año Oberá brille en septiembre y de esta manera aquel sueño, revelado en el documento -partida de nacimiento de la Fiesta- que publicamos al principio y el convencimiento del Comité Organizador de entonces de que Oberá está para grandes cosas, han dejado de ser deseos para convertirse en una orgullosa realidad ciudadana.
   ¿Qué ya lo hemos dicho todo?
     No, no, hay más, mucho más, pero lo dicho es suficiente como para que advirtamos que si el éxito se viene repitiendo en cada edición – ya se cuentan treinta y siete- ésta, la del inmigrante, es una pasión que vino para quedarse y que hace que Oberá brille en septiembre.
   Y así, cada año, cuando el invierno va sintiendo la primavera,
 organizadores, participantes y visitantes templan su espíritu abarrotado de cotidianeidad en esa heredad de recuerdo inmigrante que muestra que más allá de lo material aparece una interesante carga de sensaciones que reconfortan para seguir en camino.
    Enhorabuena.
Historia: Revolución del 30
    6/9/1930-Un movimiento cívico militar, encabezado por los cadetes del Colegio Militar de la Nación, dio por tierra con el gobierno del presidente de la República Hipólito Yrigoyen, que había vuelto a la Casa Rosada después de dos años de su anterior período presidencial, elegido por la mayoría del pueblo y quien debió soportar una feroz oposición durante sus dos presidencias.
    El verdadero jefe de esa Revolución y quien asumió la presidencia provisional del Gobierno que se constituyó al triunfar dicho pronunciamiento, fue el teniente general José Félix Uriburu.
   El entonces vicepresidente de la Nación en ejercicio del Poder Ejecutivo, doctor Enrique Martínez, le hizo entrega del mando, ya que el presidente Irigoyen había renunciado el día anterior al estallido. Mientras el jefe militar triunfante ocupaba la Casa de Gobierno, el pueblo llenaba las calles del centro y grupos de exaltados  asaltaron la casa particular de don Hipólito, a la que llamaban “la cueva”- destrozando  sus pobres muebles y todo cuanto poseía. Dos diarios adictos al oficialismo fueron quemados. Al llegar la noche la Avenida de Mayo se iluminó y desbordaba de gente delirante, que silbaba  y llenaban de denuestos al solo nombrar al presidente caído y derrotado por la revolución. Un busto que lo representaba, esculpido en madera de quebracho por Stefan Erzia fue arrastrado por dicha arteria y luego quemado. El presidente de facto Uriburu debió tomar medidas severísimas para detener esos desmanes. El 7 de septiembre hizo colocar en las calles de la ciudad de Buenos Aires un Bando: “ 1º, Todo individuo que sea sorprendido en infraganti delito contra la seguridad y bienes de los habitantes, o que atente contra los servicios y seguridad pública, será pasado por las armas, sin forma alguna de proceso”.
   “Sus trabajos y sus días crearon en el pueblo una nueva confianza en las viejas virtudes perdidas. Su intransigencia frente al Régimen, su vida ascética en el poder  o fuera de él, sus actitudes frente a los grandes poderes del mundo o frente a la oligarquía vernácula, su renuncia a obtener ventaja pecuniaria alguna durante su presidencia, su atención esmerada y vigilante de la administración pública, en fin, su estilo de gobierno tan sencillo y sin trastienda, todo suscitaba sentimientos bien distintos de los que solían provocar los hombres del Régimen…” (Yrigoyen- Félix Luna)
   El presidente Uriburu prestó juramento de su cargo el 8 de septiembre de 1930. Gobernó al país hasta el 20 de febrero de 1932. Su gobierno fue atacado violentamente por la crítica opositora. Durante su corto ejercicio en el poder, estallaron revoluciones en Córdoba (1930), Buenos Aires (1931) la segunda pero fueron sofocadas como la de 1932 en Entre Ríos. El 20 de febrero de 1932 se produjo la transmisión del mando presidencial a los electos ese año: general Agustín P. Justo, presidente y doctor Julio A. Roca, vicepresidente.
   La de José Evaristo Uriburu fue la primer revolución militar de las seis que tuvieron lugar en nuestro país en el siglo XX y que pueden ser consideradas como golpes de estado, a la de 1930 la siguieron las de los años 43,55, 62, 66 y 76.
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Categorías: Columnas de Opinión

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