Allá por finales del 2011 escribíamos en un espacio en mi autobiografía aún inédita girones de mi vida como soldado y luego cabo conscripto en función  del servicio militar obligatorio. Por su estilo anecdótico, que creemos ameno, lo reproducimos como para que nuestros lectores hagan un paréntesis de humor, algo muy recomendable por cierto en nuestros días.
   La ciudad de Posadas era, allá por 1946, todavía una promesa de ciudad grande y dentro de ella se levantaba un edificio en el que funcionaba el Distrito Militar, una casa particular arrendada, no una dependencia amplia y funcional como podría imaginarse.
  Allí se albergaba a los soldados de cada clase, unos 32, si mal no recuerdo, para cumplir con el servicio militar obligatorio como se estilaba entonces, aclaremos que la estadía de los soldados era diurna, cada cual regresaba a su casa por la noche y volvía al cuartel (por así llamarlo) a las seis de la mañana siguiente, salvo que estuviese afectado a las guardias.
   Estos “inquilinos forzosos”, a los que la jerga popular llamaba “acomodados “ por no estar “encerrados” en el Regimiento 30 de Infantería, cumplían funciones administrativas, en mi caso particular cumplía mi misión en “fallecidos” donde se daba de baja a los del entonces Territorio Nacional, por lo que no pude evitar el mote de “mosca verde”.
   Mi jefe era el suboficial contratado, Alberto Cuchiaroni, reconocido futbolista posadeño -hermano de Tito- alejado de lo que podría definirse como un soldado estricto apareciendo más como un civil, una muy buena persona.
   De las anécdotas de ese año –en mi caso, largo, ya que ingresé mucho antes de lo reglamentado para “practicar” en el Distrito al que se entraba por vinculación, cumplí todo el período y estuve hasta el ingreso de la otra clase por haber sido ascendido a “cabo conscripto” (Se me propuso –junto a los otros cabos ascendidos- Alba Posse (Juan), Hermida, Bordenave y Rolón (Roberto)  hacer un curso intensivo de dos años para ser oficial del ejército, lo que rechacé por mis genes proclives a “independencia y libertad” individual). De la experiencia vivida podría hacer un  corto documental. Por el momento, vayan algunas anécdotas, algunos recuerdos, como para recordar tiempos y circunstancias.
   Antes de ello es bueno advertir que no todas eran rosas ni mucho menos, pero, como todos los que estábamos debíamos cumplir servicios administrativos, nos las arreglábamos para pasarla lo mejor posible.
   Uno de los momentos más duros que vivíamos se producía al anochecer, antes de abandonar el Distrito, cuando los 32 soldados debíamos hacernos de “lampazos”, trapos de piso, escobas etc. para la “fajina” de la madrugada siguiente, limpiando los pisos, retretes, en fin todo lo que estaba sucio. El que nada conseguía corría el riego de ir preso.
   Como episodios que grabé en mi memoria recuerdo el de un compañero al que el suboficial ¡ah, el poder circunstancial! ordenó que limpiase la mesa del cuartel –larga ella- con la lengua, otro al que repugnaba limpiar inodoros, tener que hacerlo con un papel agujereado, otro que por no hacer bien  el “salto de rana” debió treparse al largo “pindó” del patio y desde arriba gritar “soy un …..”.
  El teniente Coronel, jefe de la Unidad era –para nuestras mocedades- un “viejito” muy apegado a su esposa –una extranjera que presumíamos alemana, que nos imaginábamos lo tenía cortito y a la que llamaba “¡mamitaaaa! que solía ir a visitarlo y a la que el soldado chofer, tenía que llevar de compras y esperarla hasta que las velas ardan y hablando de chofer, recuerdo que alguien, pacífico como yo, casi se volvió violento disputando con otro recluta el cargo, que por suerte no  logré.
  La Unidad tenía a un sargento –González-, correntino de ley, que tenía a su cargo las formaciones, ejercicios y pruebas. En eso de hacer la venia era riguroso. Pruebe y va ver que no es fácil hacer de la mano un instrumento de acero que vibra, pues bien, teníamos un compañero –de origen alemán él- que lo hacía a la perfección, tanto la venia como la “sacada de pecho”. Así, sin trabajo para el sargento, nosotros, a los que nos abordaba pegándonos un golpecito y algo más en el estómago, nos decía ¡Saque pecho! ¡Saque pecho! ¡Y vaya que lo sacábamos!
   Otros suboficiales –recuerdo a dos cabos de carrera, un porteño –amargado- que nos trataba despectivamente y otro que pretendía hostigarnos todo el tiempo.
   En cuando al sub oficial principal, el primero bastante “argel” como se decía entonces y que fue reemplazado por todo un caballero y si no valga la muestra. Un día me invitó a su casa y estábamos conversando cuando apareció su esposa: -Soldado Gil Navarro, ¿me puede matar esta gallina? ¡Qué apuros! Nunca había matado una gallina. La respuesta de Fuxman (Samuel) –así se llamaba el caballero- no se hizo esperar: “el soldado Gil Navarro no mata gallinas”.
   El grupo se hizo sólido y unido como es natural y lógico. Había que cumplir con las condiciones de tiro, ese tampoco era mi fuerte. Caminamos como lo hacíamos hasta el viejo Tiro Federal de Posadas. Me tocó el turno ¡y no lo podía creer!, todos fueron centros. Superada la prueba. ¡Se portaron los compañeros que tenían a su cargo controlar la puntería en el polígono!
  El jefe de la Unidad tuvo la idea de representar una obra teatral con los soldaditos del Distrito. El título: “Alguien habló” y allí estuvimos, se levantó el escenario en el patio. Hubo invitados que pueden haber salido convencidos de que por que alguien habló se perdió la batalla. ¡Cosas del destino! las veo ahora desde lejos, la cuestión está dada en que en esa oportunidad tuve que hacer de canillita, voceando un diario, vaya premonición.
   Uno de mis más amigos y del que más anécdotas tengo, tenía una casa de fotografías en Posadas y siempre los jefes le “pedían” fotos. Afecto a la lectura- voluminoso él- se ingenió para disfrutarla haciendo un agujero entre dos “cofres“ (suerte de armarios) ubicados en un  recodo. Colocó una lucecita, ingresó, cerró las puertas y ¡a leer! ¡lo logró!. Nunca supimos si las fotografías tuvieron que ver con eso. Lo que no logró fue escapar de ir preso por unos días al Regimiento 30, al que –como cabo conscripto- tuve que llevarlo. Sucedió que piloteaba aviones y sin permiso como soldado fue a caer en San Javier “me faltó viento”, alegó. Como era algo dormilón por las noches se ataba un cordón al “dedo gordo” del pie y al hilo lo colocaba en el árbol de mandarinas que había frente a su casa, pasábamos a la madrugada, tirábamos del cordón y lo despertábamos como para que no lo arresten otra vez.
   La más difícil que pasé fue cuando -estando de guardia- me pidió el cabo porteño que llegaba de Buenos Aires le enviara el coche oficial del Distrito a buscarlo, algo que no sabía que estaba prohibido. Lo hice y se me vino el mundo abajo pero, como en alguna otra oportunidad, valieron mis antecedentes y no pasó nada.
  ¿Qué que me pareció el servicio militar? Y bien, todos dicen que se habla del baile de acuerdo a como le va en él y, por otra parte, era muy distinto haberlo cumplido en el Distrito Militar –sin violencias físicas- como las que presencié en el Regimiento 30, hace que mi juicio pueda ser tomado con reservas, pero, por lo que viví creo que para aquellos chicos díscolos o excesivamente mimados, acostumbrados a hacer lo que quieren, unos seis meses no les vendría mal  (sin existir violencia psíquica o física alguna) para aprender que en la vida en sociedad se tienen derechos pero también obligaciones las que muchas veces no se respetan, así como el cumplimiento riguroso de horarios y directivas pueden hacer que el “yo” sea reemplazado por el “nosotros”. Por otra parte –y en aquellos tiempos- pude comprobar que el sentimiento de patria se llega a conocer si no se lo ha sentido o se refuerza.  Para nosotros, desfilar con el carro de guerra por la plaza San Martín fue todo un hecho patriótico. Cierto eran otros tiempos.
 ¡Qué lindo grupo entonces! ¡Qué recuerdos! Rolón, Benchimol, Candia, Rendón, Goebels, Gringans, Alba Posse, Caracciolo, Lubaczewski, Bordenave, Zamudio, Krausse, Hermida, Pirovani, Vila, Zaidman y otros que la memoria no registra conformaban aquel grupo que hoy, y por haber recibido el libro “Las Misiones y la Sociedad de Jesús” del traductor nacional Roberto Rolón (profesor de escuelas primarias, secundarias y de danzas) sí, el mismo que figura en primer lugar de esta nómina y que fuera el gran amigo de aquel año de servicio militar y al que luego de la dispersión de 1947, he rescatado y me ha alegrado con sus enjundiosos trabajos (el primero fue Martín de Moussy en la Cuenca del Plata) que no solamente me ha obsequiado, sino que ha enviado ejemplares para ser entregados a la Junta de Estudios Históricos y a la filial Sanmartiniana de Oberá lo que mucho he valorado, se me han reverdecido recuerdos que no pude contener sin compartirlos.
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Categorías: Columnas de Opinión

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