cacique-oberaLa sublevación de indios guaraníes en 1579 fue exaltada simbólicamente por distintos poetas. Entre ellos, Manuel Antonio Ramírez en la revista Misiones, editada por universitarios misioneros de La Plata.

En 1539, poco después de la fundación de Asunción, los franciscanos levantaron en su cercanía la reducción de Guarambaré, donde tendría lugar, cuarenta años después, una paradigmática rebelión de indios.
Necker, Lozano y otros cronistas e historiadores la mencionan, y en 1602 Del Barco Centenera relata aquel suceso de 1579, en el Canto XX de su poema Argentina: “El Oberá maldito, dado había la cruz a aquéste indio, y deputado por sacerdote y santo le tenía; después de aquéste fui bien informado de aquellas ceremonias que hacía aquel maldito indio y endiablado; y cómo Papa a un hijo intitulaba; al otro Emperador y Rey nombraba. El uno bautizaba trastrocando los nombres que los indios ya tenían; el otro los delitos castigando andaba, que los indios cometían”.

La mirada de la literatura
Bajo las órdenes del cacique Oberá y su hijo Güiraró los guaraníes se enfrentan a los españoles “por dos motivos esenciales, según Bartomeu Meliá: por el avasallamiento de sus creencias religiosas y por la explotación del trabajo”. Entre otros pormenores novelescos (la fosa y trinchera de Yaguatatí), los rebeldes son derrotados por las huestes de Juan de Garay, y finalmente los líderes huyen, cediendo al enemigo su más preciado bastión: la lengua. El tema del mestizaje y la derrota del indio fue abordado por distintos autores (Zorrilla de San Martín marca un paralelismo en su poema Tabaré, de 1888), y en particular, la sublevación de Guarambaré, por Leopoldo Marechal en 1922 (Oberá, rey de los guaraníes: “Oberá se detuvo y escuchó. Aquel murmullo se acentuaba: a lo lejos, desde sus madrigueras, rugían los yaguares recelosos; mil ruidos brotaban no sé dónde, por entre las tinieblas. Poco a poco las voces se aclararon; diría que un pensamiento oculto se abrió paso entre ellas. Y el cacique escuchó fijamente con toda la tensión del espanto. ¿Qué decía la selva? Oberá, tú estás muerto, susurraban las hojas como labios movibles, con extraña insistencia.
Es tu espíritu loco quien ambula en la noche. ¿Qué buscas en las sombras? ¿Has perdido una estrella? Tú no puedes vivir, el gran sol de tu raza se ocultó para siempre; tus legiones no sueñan en combates y el alma de los bravos guerreros abandonó la lucha por la paz de las nieblas…”) y por Manuel Antonio Ramírez que en 1944 publica su poema Oberá en la revista Misiones, editada por universitarios misioneros de La Plata.
Entre las exquisitas metáforas de Ramírez se destacan los términos luz (Oberá, resplandor), pájaros (Güiraró, gavilán, paloma), Salto Encantado (sima, la trinchera) y Babilonia (argamasa heterogénea de lenguas, palabra, eco y silencio).
“Guarambaré se llamaba, quebrada comarca hermosa entre dedos de cristal, selva verde, tierra roja.
Un habla de arroyo y pájaros hablaba la tribu indómita, lenguaje de arroyo poeta sobre la tierra amorosa, idioma de breves pájaros, saltando en las verdes hojas.
Con él, inédita música en el agua de la aurora, azumada cabellera del viento en vírgenes frondas, Oberá y Güiraró hicieron su guerra hermosa.
Oberá el raro cacique, Güiraró su sangre moza.
Cruz, hierro, dios y sangre, llegaba gente española pero más fuerte y sutil también llegaba otro idioma. Cada palabra en el aire fruto mágico, áurea poma, cada palabra en el agua besando ribera atónita.
Quedaba ardiendo en la selva cada palabra sonora y se encendían en ecos las inmensas verdes sombras.
Aguda como las flechas se lanzó la tribu indómita y para siempre jamás cavaron sima espantosa, tormentas de muerte negra, torrentes de sangre roja.
Pero se encendían en ecos los oídos y las bocas.
Fue entonces que comenzó guerra que dura hasta ahora, de silencios y palabras y de idioma contra idioma. Aborígenes e hispanos van navegando en las rojas olas de la tierra nuestra, viaje y sueño de la historia, la sangre se va en lapachos hacia las nubes redondas, el salto encantado es hoy la hórrida sima de otrora, Oberá se volvió pueblo, Güiraró se tornó sombra.
Pero se encienden en ecos los oídos y las bocas.
Hay treinta razas luchando con las armas del idioma, silencio, grito y palabra, luz, gavilán y paloma. Hay treinta cantos luchando, selva verde, tierra roja, y en el pueblo de Oberá bajo las nubes atónitas -maldición o bendición- se levanta Babilonia”.

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