«Fue en Buenos Aires en el cine teatro Monumental, allá por 1933, Olinda Bozán, en el sainete Café Cantante, estrenó el tango ¿Dónde hay un mango? que tiene letra de Ivo Pelay y música de Francisco Canaro. No podríamos dejar de decir que entonces al dinero se lo llamaba «peso nacional», ¿porqué «mango»?, tratando de explicarnos el porqué de tal denominación para el dinero o para el peso, encontramos que lo de mango viene de que es la parte que permite tomar con la mano un utensilio para poder usarlo y vaya si en la década del 30 hacía falta tomar como fuera algún peso que se haya escapado, suelto por ahí, tal como está sucediendo ahora.
Por eso el tango, a quien un querido amigo obereño lo graficaba como «el lamento del yaguá», un poco para descalificar nuestra pasión tanguera y otro por que sus versos fueron en los primeros tiempos, una suerte de rosario de maldades que al pobre «canba» le prodigaba la «mina» y que aquel publicitaba fuelle en mano. Pero en realidad el tango no hacía sino radiografiar un estado de vida existente en un estamento social porteño.
Se preguntaba el autor: » ¿Dónde hay un mango/ que yo lo he buscado/ con lupa y linterna/ y estoy afiebrado?» y más adelante insistía » ¿Dónde hay un mango,/ que los financistas, / ni los periodistas,/ ni perros ni gatos,/ noticias ni datos/ de su paradero/ no me saben dar?»
En esta «vuelta al mundo», rueda en la que participamos y que gira amontonando años y siglos, volvemos a encontrarnos repitiendo lo que creíamos estaba definitivamente olvidado en aquella esquina de la vida y pese a nuestra buena letra de hombres tecnológicos del siglo XXI, estamos como en las peores momentos, corriendo al «mango» que, descalificado y archivado, hoy aparece lustradito como «dólar», pero vuelto a la ingrata realidad parece que no solo perderá tan encumbrada estirpe, sino que se verá desplazado por un hermanito de distinta madre, el «Lecop», con ínfulas nacionales, como para desterrar a otro bastardo, el «Patacón», recién nacido y criado en los pagos de don Segundo Sombra.
Con el perdón de don Ivo, ahora tendríamos que cantar: » ¿Dónde hay un Lecop/ que yo lo he buscado/ con lupa y linterna (¿no quedaría mejor decir por Internet?) / y estoy afiebrado?.
Después de manejar la palabra como para decir, no diciendo, algo livianito y ameno por cierto, y hasta utilizar el lunfardo, justificable si pensamos que el director periodístico nos pidió «optimismo, optimismo, que la gente lo necesita», y presentada que fuera la realidad que nos acompaña de día y hasta se mete en nuestros sueños, ingresamos en otro terreno, en el convencimiento de que ahora no solo estamos en la búsqueda del «mango», sino que ahora buscamos todo lo que se nos ha perdido y que es mucho.
Queremos no ser «pesados», pero no podemos dejar de insistir en que el nuestro es un problema de fe y que hemos perdido la fe en nosotros mismos, en nuestra gente, en nuestras instituciones, en nuestra nacionalidad.
Todo un «mboyeré», diría nuestro amigo
Optimistas, claro que sí, de esto hay que salir y pronto y presurosos viajamos a nuestra biblioteca, en la seguridad de que hay muchos que, como nosotros, nadan contra la corriente analizando la cotidianeidad y quieren diagnosticar el origen de la enfermedad que padecemos a nivel hogar y comunidad.
Entre ellos está el Dr. José Alfredo Elías (ex Director Internacional en «Historia del Leonismo» de Paul Martín- 1995 ) que nos dice, en sus reflexiones: «Vivimos en un mundo terriblemente egoísta y materialista, increíblemente indiferente al dolor humano. Este es un mundo que ha avanzado con una velocidad superior a la fantasía; un mundo sin embargo en que esta misma tecnología, depurada y sofisticada en grado superlativo, verdadera ciencia ficción, constituye la primer amenaza contra la supervivencia de la humanidad.
En este mundo en que desgraciadamente hemos aprendido más de guerra que de paz, más de matar que de vivir, un mundo en el que hemos desentrañado el secreto del átomo, pero desafortunadamente hemos olvidado el sermón de la montaña. Y este interminable conflicto de Medio Oriente, y estos salvajes atentados terroristas que degradan a la raza humana, no constituyen sino dolorosos testimonios de lo que estamos diciendo, y todo eso, creo yo, como efecto directo o indirecto de la era competitiva que nos toca vivir; porque el hombre de nuestro tiempo tiene un solo objetivo: Luchar a muerte por alcanzar una meta, no importa cómo, porque por cada hombre que llegue a esa meta habrá miles que no podrán jamás pasar de la base. Y esto en todos los órdenes de la vida: en el comercio, las profesiones, en el arte, en los deportes; a esta regla no escapan ni los individuos, ni las organizaciones, ni las naciones; hasta en la conquista espacial hay una angustiosa necesidad de llegar antes que los demás.
Todo esto hace que el individuo de nuestro tiempo, poco a poco, vaya perdiendo su espiritualidad y vaya concentrando todo su talento y su poder creativo a esta lucha interminable, a veces dolorosa.
El hombre de nuestro tiempo, entonces, lentamente se va encerrando en sí mismo, y allí está viviendo, luchando, soñando y pensando sólo en sí mismo; absoluto egoísmo a que se ve empujado por esta lucha competitiva…»
De aquí se sacan muchas conclusiones que si las sabemos atender en su integridad nos muestran que hay un retorno muy posible y esta posibilidad está dada en desechar el lastre de todo lo que significa seguir, aferrados al canto de las sirenas, una meta material que aparece y desaparece y a la que finalmente difícilmente podremos llegar y, en su lugar avanzar en la vida vislumbrando otro tipo de meta que tienen que ver con la espiritualidad y con el goce sencillo de la sucesión de pequeñas alegrías que nos brinda este mundo y que, tapados con anteojeras, como avanzamos en él, no nos permite vislumbrarlas.
Nada de difícil, nada de irreal, así de sencillo. De ponerlo en práctica nos acarreará una mayor formación básica como para hacer de nuestro paso por la vida no un calvario, sino una permanente y sana alegría de vivir.
La receta no es nueva, así lo comprendía el poeta reflexionando: «…que si extraje la hiel o la miel de las cosas/ es porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas/ Cuando planté rosales, coseché siempre rosas…»
Esta nota editorial que escribimos el 26 de octubre del fatídico 2001, en el que casi se nos desmorona la República, pretendía brindar ¡optimismo, optimismo, que la gente lo necesita!
¿Qué cómo nació en nosotros la idea de reeditarlo hoy? Escuchando y leyendo las propuestas políticas de los candidatos a ejercer desde la más alta magistratura nacional y provincial a intendencias (en este caso nos ceñimos a la obereña), lo que nos produjo una pronta idea de que cómo han cambiado los tiempos argentinos desde el 2001 a hoy. Ya no se habla de «… que el nuestro es un problema de fe y que hemos perdido la fe en nosotros mismos, en nuestra gente, en nuestras instituciones, en nuestra nacionalidad…» como decíamos entonces.
En este hoy de la gente que se está moviendo e toda la provincia rumbo al acto electoral del domingo, se advierte fe y optimismo en las instituciones democráticas que se han consolidado y unas ganas enormes de hacer y hacer, cierto que sentimientos en oportunidades salpicados por las rivalidades lógicas que producen rispideces y enfrentamientos circunstanciales, alguno que otro más allá de lo deseable, que acarrea la ideología partidaria.
Y así como entonces intentábamos dar «optimismo, optimismo, que la gente lo necesita» ante la presencia de un país en bancarrota, hoy, con euforia vemos un país que, asentado sobre bases firmes, bien puede ir en busca cada vez más y más de un mejor vivir para toda su gente, sin discriminaciones, sin egoísmos, sin privilegios irritantes y, por sobre todo en paz, fe y armonía, camino que lleva al progreso de los pueblos. Sin embargo no está demás -sobre todo para quienes no lo vivieron- rememorar nuestras desdichas de principio de siglo y milenio y luego hacernos fuertes en el pensamiento de qué bien valga nuestro voto soberano del domingo 25.

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Categorías: Columnas de Opinión

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