Nos pusimos a pensar en la luna iluminada y luego oscurecida y una vez en esta última fase la vimos roja. Vaya similitud con el ser humano, sí, nosotros, que cuando estamos iluminados sonreímos con el mundo y, cuando nos oscurecemos las sombras nos acompañan, nos deprimen y nos disminuyen por lo que a poco nomás de vivir en ese estado nos vamos poniendo rojos de ira, ¿nos avergonzamos por haber soltado nuestros malos pensamientos? Vaya naturaleza, siempre dándonos ejemplos a seguir. Preocupados porque no nos cerraban algunas actitudes, posiciones y declaraciones que gente protagonista volcó al ruedo político- y, repitiendo nuestra inveterada modalidad de buscar incesantemente el porqué de esas desviaciones que creemos advertir, lo que, por otra parte, es función que entendemos debe asumir el periodista y sin tomar en cuenta la recomendación de nuestros ancestros que nos repetían cuando niños aquello de que «… si quieres vivir feliz, no analices…» (En lengua hispana mayor) o, como se suele pensar, hay dos maneras de pasarla bien en esta vida: dudar de todo o creer en todo. En ambos casos nos libramos de pensar.
¿Qué de política se trata? decidimos recurrir otra vez a nuestra biblioteca y frente a ella y hablando de política surge prontamente el nombre de Maquiavelo y de su producción literaria «El Príncipe» y allí estaba prontamente un ejemplar de la colección de la Biblioteca Mundial Sopena, que nos llevó hasta Maquiavelo y esa su intención de mostrar con fruición todo enredo político de fuste, démosle paso a los siguientes párrafos escritos por argentinos sobre el gran escritor y su obra.
«En estos tiempos difíciles (año 1917. Europa y la 1ª. Guerra mundial), Maquiavelo es autor predilecto. El perspicaz y admirable espíritu florentino brilla a cada instante, iluminando el escenario del universo. «El Príncipe» ayuda a comprender muchas cosas y sugiere reflexiones tristes sobre el revivir de sus viejos conceptos morales, ingratos y angustiosos. Desde un punto de vista técnico «El Príncipe» es una obra maestra. Cada una de sus máximas se sostiene con una serie de hechos hábilmente elegidos ya que se someten al control de la psicología, porque los hombres son siempre idénticos y tienen las mismas pasiones. (Lo dicho corresponde al argentino, Juan Agustín García, en su artículo titulado «La actualidad de Maquiavelo»)
Nicolás Bernardo de Maquiavelo «el Secretario florentino», nació en Florencia (Italia) en 1469, su experiencia en lides políticas la obtuvo como secretario de gobierno y en varias misiones diplomáticas que cumplió durante 15 años. Proscripto y luego amnistiado por León X, se dedica a escribir y casi con simultaneidad edita «El príncipe» y «Discursos sobre Tito Livio». En la primera se describen los progresos de un hombre ambicioso, César Borgia, y en la segunda, los progresos de un pueblo, Roma.
Presentado que fuera el hombre llega el momento de presentar su época.
«Las manifestaciones de la cultura y la inteligencia que culminaron en Roma en el siglo del emperador Augusto, desaparecieron anegadas bajo el despotismo de sus sucesores. El huracán de la barbarie borró después hasta las huellas de la civilización, pero fertilizó devastando, y, cuando renació la calma, el mundo occidental presenció el extraordinario espectáculo del Renacimiento.
«El fenómeno tuvo en Italia su más completa figura y como venía a coronar, a la manera de un símbolo, el proceso de la liberación del hombre de la larga noche del feudalismo y de los dogmas, le tocó a Italia ser el escenario de una de las más vigorosas exaltaciones de la personalidad humana, y a su historia, en ese período, la historia del nacimiento de la sociedad de hoy
«¿Qué fuerza movió ese hondo proceso que dislocó la unidad del pensamiento medieval e hizo surgir la fe en lo humano, glorificó a la naturaleza y libertó a la política del predominio de toda religión y de toda moral?
«Una fuerza de carácter esencialmente económico.
«..Las actividades comerciales e industriales determinadas por esta situación influyeron profundamente en el orden social, sentimental y económico de la Edad Media, haciendo nacer una nueva nobleza -la del dinero-, opuesta a la rancia nobleza gibelina y menos decorativa que ésta.
«El comerciante enriquecido que había pasado su mirada atónita por los bazares y ciudades de Asia y África anhelaban una vida fastuosa, al estilo oriental. No se conformaba con ser un simple burgués; quería gobernar. Y como la aristocracia tradicional era la que tenía en sus manos el gobierno, compraba con su oro al condotiero capaz de hacerle alcanzar el poder.»
«….Los escrúpulos eran la más gran imprudencia, pues, si no se envenenaba o apuñalaba, se corría el riesgo de ser enseguida la víctima. Los más hábiles generales, príncipes, políticos, pasaban rápidamente de la grandeza al infortunio; del poder y de la riqueza a la miseria, a la prisión vitalicia en lo alto de una torre, en oscuridad del silo de un castillo, por la debilidad, la hesitación, la turbación de un solo instante, aprovechada por el enemigo en acecho»
Volvemos a García diciendo: «El Príncipe» nos da la clave de muchos misterios y es evidente que ilustra los hechos contemporáneos, los aclara, colocándolos en el cauce ordinario de la historia, que es bien triste. Es curioso este revivir de toda la mentalidad del Renacimiento, que se creía bien muerta en cuanto a la moral. Creíamos que la moral fuera la excepción, y que el imperativo de Kant para unos, el misticismo para otros, constituían las bases éticas de la vida…»
«Las riquezas acumuladas y disfrutadas en paz habían terminado por disolver las costumbres en la voluptuosidad y en la molicie. A las corporaciones, al movimiento gremial, a la burguesía que había sido su expresión, sucedió una reacción individualista de la que las señorías y los principados fueron la fórmula política, el epicureísmo su dictado filosófico y la relajación de la disciplina familiar y el lujo su consecuencia social.
Al final de la edición Sopena de «El Príncipe» se publican dos opiniones sobre la obra, una de Renato Descartes y otra de Benito Mussolini y éste al ocuparse del hombre dice: «Afirmo que la doctrina de Maquiavelo está viva hoy después de cuatro siglos, ya que si bien los aspectos exteriores de nuestra vida han cambiado grandemente, no se han verificado profundas variaciones en el espíritu de los individuos y de los pueblos.
» Si la política es el arte de gobernar a los hombres, es decir, de orientar, utilizar, educar sus pasiones, sus egoísmos, sus intereses, con propósitos de orden general que trascienden casi siempre la vida individual, porque se proyectan en el futuro; si ésta es la política, no cabe duda de que el elemento fundamental de ese arte es el hombre. De aquí es menester partir ¿qué son los hombres en el sistema político de Maquiavelo? ¿Qué piensa Maquiavelo de los hombres? ¿Es optimista o pesimista?… Los hombres, según Maquiavelo, son míseros, más aficionados a los bienes que a su propia sangre, prontos siempre a cambiar de sentimientos y de pasiones.
«En el capítulo XVII de «El Príncipe» se expresa: «Porque de los hombres se puede decir generalmente que son ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro, ávidos de lucro y que mientras los favoreceís son absolutamente vuestros y os ofrecen su sangre, sus bienes, su vida, sus hijos, como antes lo digo, siempre que el peligro no se vea si no a lo lejos. Pero varían en cuanto se acerca…»
» Los hombres se cuidan menos de ofender a quien se hace amar que a quien se hace temer, porque el amor es un lazo débil para los hombres miserables y cede al menor motivo de interés personal, mientras que el temor nace de las amenazas del castigo que no los abandona nunca».
Una vez más apabullados, nos rebelamos ante la generalización que es mala consejera, que los hay, lo hay, pero de ahí a arrasar con todos por igual…
Eso se decía en el siglo XV… y mientras arrollamos las velas sin haberlas podido extender en plenitud, nos ronda una idea: si el hombre es siempre idéntico y tiene las mismas pasiones…
¡Caramba! A esto habría que seguirlo ¿no le parece?
Sin embargo… Y bien… queda para la próxima.

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Categorías: Columnas de Opinión

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