El viernes 11 se celebró el Día del Maestro y el jueves 17 el día del profesor.
La educación en Oberá siempre se vio beneficiada desde sus orígenes en materia educativa ya que, primeramente, contó con prestigiosos maestros llegados a poco de los primeros tiempos de la colonización en el histórico Yerbal Viejo.
Tiempo después se crearon los colegios secundarios y finalmente se lograron carreras universitarias.
Bueno es reconocer que en todos los pasos de la enseñanza actuaron de manera decisiva luchadores obereños que vieron la necesidad de contar con escuelas, colegios y facultades para poder crecer como pueblo, como ciudad y con mayor entidad.
Por todo ello y teniendo en cuenta que en los últimos tiempos algunos historiadores se han volcado a explotar lo negativo que pudieran tener nuestros próceres lo que, sin duda, puede intentar desmejorar la imagen de los mismos, algo que en gran medida fue y debe seguir siendo algo así como parámetros de nuestra nacionalidad por cuanto gracias a sus decididas participaciones en la construcción de una nueva nación dando todo de sí -hasta diríamos en algunos casos, sus vidas- para contribuir al parto de una pujante nación, la que ubicada en los «fines del mundo» -como en oportunidades se suele decir- ha adquirido liderazgo en el c concierto sudamericano.
Estos conceptos nos llevaron a indagar en la raíz argentina y provinciana en el sentido de acercarnos al porque ese rápido progreso educativo se entremezcló en nosotros llegando a la raíz máxima que, en materia educativa, apuró tiempos para lograrlo, surgiendo entonces la figura de Sarmiento (Domingo Faustino) como hacedor de educación y cultura y faro de saber en estas latitudes que apenas apuntaban en el escenario del siglo de su actuación pública que, por lo mismo, se mostraba carente de instrucción masiva.
Revisando nuestro archivo en búsqueda de una biografía que lo señale en todas sus facetas, elegimos lo apuntado por Fermín V. Arenas Luque en «Efemérides Argentinas» y lo hacemos como contribución para que la familia educativa en especial advierta lo realizado por este pro hombre argentino para que la barbarie de los siglos viejos se transforme en una civilización pensante y actuante.
«El 11 de septiembre de 1888 falleció en la ciudad de Asunción, República del Paraguay, don Domingo Faustino Sarmiento, de quien se ha dicho que como estadista fue más práctico que Bernardino Rivadavia y como periodista más ilustrado que Mariano Moreno. La infausta noticia llegó con retraso a su patria. Las últimas novedades habían confirmado la gravedad de su estado de salud. Su muerte conmovió a la Nación. De inmediato se constituyó una comisión para organizar la manifestación pública con motivo de la inhumación de los restos del ilustre estadista, ex presidente de la Nación y talentoso escritor. Los gobiernos de Chile y de Paraguay, y los de las provincias y gobernaciones argentinas, adhirieron al duelo. Instituciones de todo orden hicieron lo propio. El prócer murió con serenidad; en afectuosa recordación de su familia, en medio de la mayor pobreza, escaso de recursos, llegando hasta el extremo de lo necesario para pagar los remedios, y más aún, para abonar la asistencia médica. El cadáver fue embalsamado y fue embarcado en el vapor San Martín, que lo condujo a la República Argentina. Todo el pueblo de Asunción, autoridades, intelectuales, escuelas, gente humilde, concurrió al puerto a despedir al ilustre muerto. Con su muerte el país había perdido una de sus figuras más representativas y uno de los entendimientos más penetrantes en materia de gobierno, de educación, de derecho internacional. El 12 de septiembre de 1889 fueron trasladados los restos del ilustre patricio desde el panteón de la Recoleta a la cripta en que definitivamente habían de quedar inhumados. Durante el trayecto llevaron los cordones del ataúd don Aristóbulo del Valle, don M. Varela, don Torcuato de Alvear y don A. Belín Sarmiento. El emperador del Brasil y la ciudad española de Santiago de Compostela enviaron sendas coronas de flores que llamaron la atención del público, entre otras muchas cantidades. Al llegar a la cripta habló el doctor Varela. Posteriormente concurrieron al lugar las alumnas de todas las escuelas de la capital para colocar flores. En diciembre de 1899 el intendente municipal de la ciudad de Buenos Aires, acompañado del presidente de la Nación general don Julio A. Roca y de varios legisladores nacionales, eligieron en el Parque Tres de Febrero de la ciudad el sitio para la estatua a don Domingo Faustino Sarmiento. Maestro de escuela, dependiente del comercio, mayordomo de mineros, periodista, escritor fecundo, boletinero del Ejército Grande, autor de textos escolares, viajero infatigable, jefe del Departamento de Escuelas, senador, ministro del general don Bartolomé Mitre, auditor de Guerra, gobernador de su provincia natal, Director de Guerra en las provincias de Cuyo, ministro plenipotenciario en los Estados Unidos, creador de la Escuela Naval y del Colegio Militar de la Nación, general del Ejército Argentino y presidente de la República, todo lo fue, por su personalidad desbordante y su capacidad genial. Nació en la ciudad de San Juan el 14 de febrero de 1811, en los albores de nuestra vida de nación soberana. Recibió su primera instrucción en una modesta escuela, llamada «de la patria», siendo educado posteriormente por su tío, el presbítero José de Oro, capellán del Ejército de los Andes. Desde niño demostró su pasión por la enseñanza, de la que sería durante toda su vida un verdadero apóstol. Sembrador de ideales, defendió el futuro de la nacionalidad por el camino de la cultura popular. Fundó escuelas por doquier y extendió las luces del conocimiento a todos los hogares de la República, dejando a la Patria un legado de infinito amor por la niñez y los libros. A él le pertenece esta invocación a nuestra enseña: «La bandera azul y blanca, ¡Dios sea loado!, no ha sido atacada jamás al cerro triunfal de ningún vencedor de la tierra». Ejerció la presidencia de la República desde el 12 de octubre de 1868 hasta el mismo día y mes del año 1874.»
Se cumple de esta manera nuestro propósito de acercar datos, lo más completos posible para que se advierta que más allá de aquello de «maestro por antonomasia» que se le adjudica a Sarmiento más por desconocimiento de su infatigable labor cívica y su accionar en distintos sectores todos de utilidad pública, no alcanza para cubrir la imagen de este sanjuanino virtuoso que , cuando todo estaba por hacerse y de la tinieblas se pretendía salir a la luz comprendió en toda su magnitud que más allá de la violencia, las armas y el terror que él mismo debió esgrimir en ocasiones, existía otro camino que pasaba por las letras, que traen la palabra y que generan la cultura, contención de desmanes y que, para lograrlo había que sembrar instrucción aquí y allá, sin diferencias algunas, diseminando «las luces del conocimiento por doquier».

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Categorías: Columnas de Opinión

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