[…]La familia que responde a la llamada de Jesús devuelve la dirección del mundo a la alianza del hombre y de la mujer con Dios. Piensen en el desarrollo de este testimonio, hoy. Imaginemos que el timón de la historia (de la sociedad, de la economía, de la política) sea entregado –¡por fin!– a la alianza del hombre y de la mujer, para que lo gobiernen con la mirada dirigida a la generación que viene. Los temas de la tierra y de la casa, de la economía y del trabajo, ¡tocarían una música muy diferente! Si volvemos a dar protagonismo –a partir de la Iglesia– a la familia que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica, nos transformaremos como el vino bueno de las bodas de Caná, ¡fermentaremos como la levadura de Dios! En efecto, la alianza de la familia con Dios está llamada hoy a contrarrestar la desertificación comunitaria de la ciudad moderna. Pero nuestras ciudades se han desertificado por falta de amor, por falta de sonrisas. Muchas diversiones, muchas, muchas cosas para perder el tiempo, para hacer reír, pero falta el amor. Y es especialmente la familia, y es ¡especialmente la familia! aquel papá, aquella mamá que trabajan y con los niños… La sonrisa de una familia es capaz de vencer esta desertificación de nuestras ciudades y esta es la victoria del amor de la familia. Ninguna ingeniería económica y política es capaz de reemplazar esta aportación de las familias.
El proyecto de Babel edifica rascacielos sin vida. El Espíritu de Dios, en cambio, hace florecer los desiertos. Debemos salir de las torres y de las cámaras blindadas de las élites, para frecuentar de nuevo las casas y los espacios abiertos a las multitudes. Abiertos al amor de la familia. La comunión de los carismas –los donados al Sacramento del matrimonio y los concedidos a la consagración para el Reino de Dios– está destinada a transformar la Iglesia en un lugar plenamente familiar para el encuentro con Dios. Vamos hacia adelante en este camino, no perdamos la esperanza, donde hay una familia con amor, esa familia es capaz de calentar el corazón de toda una ciudad, con su testimonio de amor. Recen por mí, recemos los unos por los otros, para que seamos capaces de reconocer y de sostener las visitas de Dios. ¡El Espíritu traerá el alegre desorden en las familias cristianas, y la ciudad del hombre saldrá de la depresión! Gracias. (Francisco, Papa. Audiencia General, Ciudad del Vaticano, 02 de septiembre de 2015).

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Categorías: Columnas de Opinión

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