El pasado 21 de julio la Academia de Ciencias Sociales de la Santa Sede, organizó en la ciudad del Vaticano, un encuentro con  intendentes de diversas ciudades del mundo para abordar la cuestión del medio ambiente, la ecología humana y las nuevas formas de esclavitud. Durante el mismo todos los presentes quedaron conmocionados por dos testimonios de víctimas de trata que comparto en esta nota extraída del semanario Observador Romano:
   La historia relatada por Karla en el Vaticano causa tanta impresión que no parece real. Parece una película de terror. En cambio el relato de Karla es uno de los capítulos, el más cruel, de las nuevas formas de esclavitud de los seres humanos, la prostitución infantil.
   Todo lo que le quedó a Karla de su infancia son números con los cuales medir cuán lejos está ahora de esa vida, hecha de abusos de todo tipo.
   «Más de cuarenta mil hombres pasaron por mi cuerpo desde que tenía doce años hasta los diecisiete», dijo la joven mexicana, testigo de la «Fundación Camino a casa» a los intendentes presentes.
   Números espantosos, crueles, que dejaron sin respiro a los asistentes a la reunión. «Las personas veían mi cara de niña, pero no veían en mi la cara de sus hijos. Mis lágrimas eran invisibles. Nadie las vio. Y es por eso que sentía mucho odio».
   Karla forma parte de un «ejército» de 1,8 millones de menores que cada año son explotados sexualmente, que sufren abusos y son obligados a prostituirse.
   Las nuevas formas de  esclavitud tienen diversas gradaciones y matices. De la prostitución al trabajo esclavo, el paso es breve. Es el caso de Ana, mexicana también ella, que presentó el segundo testimonio.
   Su relato fue escalofriante. Víctima de trata laboral. Su jornada de trabajo no acababa nunca. Trabajaba una media de veinte horas al día. Planchaba 20 horas consecutivamente. Para poder soportar el hambre masticaba el plástico. Siguió así durante años, hasta que los representantes de la Fundación mexicana la liberaron. Tenía más de seiscientas cicatrices en todo el cuerpo y veintitrés años cuando su vida cambió definitivamente de camino.
   Esta triste realidad en mayor o menor medida golpea también a muchos niños y jóvenes de nuestra sociedad argentina y misionera ¿Cómo es posible semejante crueldad con los más débiles y permanecer tan indiferentes? Seguramente las causas son múltiples, pero hoy, como ayer, la principal es esta: el rechazo de la humanidad del otro, es decir una concepción de la persona humana que admite la posibilidad de tratarla como a un objeto; o por la «adicción» al placer a cualquier costo, o por la idolatría del dinero que ha pasado a ser el gran «amo» del mundo.
   Ojalá podamos desde el lugar donde nos encontremos, ser instrumentos de liberación de tantos niños y jóvenes en situación de esclavitud. Sin desanimarnos ante la magnitud del desafío, porque «el que salva una vida salva el mundo entero».
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Categorías: Columnas de Opinión

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