aldo gil navarroEn esta divagación de medianoche-madrugada, horas en que la realidad se entremezcla con la quimera y en las que las neuronas luchan por el descanso, se nos apareció en nuestra pantalla mayor una figura traviesa que muy desenvuelta se presentó como lo contemporáneo, tal vez aprovechando ese estado tan particular en el que deambulamos cuando estamos entre despiertos y dormidos.
Sin duda prevaleció el día ante la noche ya que esa palabra, contemporáneo, se nos volvió a presentar a la mañana siguiente cobrando así significado y cuerpo, lo que no logran las palabras que emitimos en nuestros sueños y que se diluyen ante nuestra desesperada esperanza de recordarlas.
Fue cuando nos vino a la memoria aquella columna que escribíamos allá por los setenta, ¿ochenta? en Pregón Misionero y que titulábamos «Rogelio, el hombre que razonaba demasiado» y empleando lógica y técnica rogeliana, con la que nuestro personaje de entonces- creyéndose émulo de los sofistas griegos- iba desarrollando sus pensamientos, comenzamos a deducir: contemporaneidad = a cualidad de contemporáneo; contemporáneo = a perteneciente o relativo al tiempo o época en que se vive.
La entidad e identidad ya confirmadas de la palabra en cuestión, nos hizo que la tomemos en serio. Aquella feliz aparición se debió sin duda al angustioso llamado de nuestro subconsciente que, debido a su precariedad corporativa, nos lanzó esas intermitentes lucecitas, signos inequívocos tendientes a que logremos la respuesta a tanta desazón que nos produce la conducta humana en esa ecuación tiempos-hombre.
Quien ha seguido nuestra trayectoria editorialista, debe recordar que en muchas oportunidades hemos escrito que el hombre es instrumento de su entorno como resultado de la sempiterna costumbre -por lo tanto que alcanza a la mayoría en una generación- de considerar que su época de vida es original y única y, por lo tanto, debe apurar los pasos activos para asumir conductas sociales que encuadren en el marco que se va construyendo, interesándole menos el ayer y mucho el hoy.
Vaya! se dirá al leerme: queremos el grano y no la planta! Sin embargo y contra todo deseo a ella recurrimos!
Recordando los sinsabores que nos depararon las décadas del 70 y del 80, cuando, en una total amnesia del valor humano, se hicieron caer los «cuasi» dogmas sociales imperantes hasta entonces, los que bien o mal habían regido por varias generaciones y llegaron a montar una muy aceptable cohesión social.
Sucedido lo que sucedió por aquellos tiempos, esos hechos provocaron en el individuo la necesidad de aferrarse al «sálvese quien pueda» con su correlato de la disgregación institucional y el aislamiento, todo ello mezclado en una confusión general con pérdida de la autoestima nacional, generacional e individual, una de cuyas representaciones estuvo dada entonces en la diáspora de jóvenes hacia el mundo.
Salidos que fuéramos del pozo institucional y por qué no, social en que estábamos sumergidos entonces y que amenazaba derrumbarse y derrumbarnos, alentados por el fin de la letal postración económico financiera, supimos dar la cara para convivir con los «nuevos tiempos» que se exponen a cara descubierta a través de los medios masivos de comunicación, vidriera adecuada para mostrarlos y, a la vez, espiar desde ellos patrones de conducta que se van generando a nuestro alrededor, para, sobre ellos, ir construyendo un andamiaje adecuado a los momentos que se están viviendo, dejando atrás la pesadumbre sin olvido de las experiencias anteriormente vividas que demuestran cabalmente la fragilidad con que se acompañan tiempos y situaciones.
Y así en lo que va del nuevo siglo despertamos a tiempos nuevos en los que se privilegia las estructuras sociales, institucionales, políticas y económicas teniendo como parámetro lo que sucede a nuestro alrededor y a la vez consolidando fragilidades y adecuando ideologías teniendo en cuenta que cuando se pregonan momentos de cambio, se puede razonar en un «todo vale» lo que trae aparejado la necesidad de apuntalar instituciones y promulgar leyes que muestren un encendido y repetido criterio republicano, basado en un civismo de fuerte corte nacional que les de sustento.
No nos quedemos en el portal de entrada: como se ha repetido en la historia en procesos ocurridos en el mundo, semejantes a aquellos que vivimos entonces, la reconstrucción deja al desnudo falencias de ayer y de hoy y en el quehacer de solucionarlas, el terreno se muestra propicio para toda suerte de desborde pasional que puede abrirse en varios frentes, no faltando por cierto las trasgresiones que también se presentan en abanico, no sin olvidar la fructificación de las desmedidas ambiciones materialistas que, atendiendo experiencias anteriores y refrendadas en el sálvese quien pueda quieren ver solucionado su futuro desde ese punto de vista.
La proliferación de casos de corrupción que se enuncian -y ahora recordamos a Hugo Amable y su telégrafo tacuapí- por el «decir que dicen», y que no se denuncian, debilita ese intento de reconstrucción, no solo del tejido social, sino del institucional.
Y ahora doremos el grano: Una de las mayores preocupaciones de éste, nuestro tiempo y que compromete a pueblo y gobierno es el de la pobreza, que asoma a diario aquí y allá y conste que debemos ser justos y acreditarle al kichnerismo el haberla atacado por varios frentes mediante la implementación de planes de atención hacia quienes carecen de ayuda para salir de ese pozo que es la pobreza.
De toda forma es tan extensa el área en que reina este flagelo que hay sin duda que multiplicar los esfuerzos para ir erradicándola empleando para ello además de esta ayuda puntual económica que mencionamos otros recursos -entre ellos el cultural- para que la inclusión de los afectados no sea solo un ingreso simbólico al área productiva que sirva para corregir estadísticas.
El tema aparece como puntual en este año electoral que va siguiendo sus pasos hasta elegir los representantes del pueblo en octubre próximo- valga salirnos del libreto para reconocer el beneplácito que causa la cantidad de aspirantes a la intendencia y concejalías en nuestra ciudad.
Tras la digresión, expresemos que al flagelo de la pobreza hay que atacarlo de raíz, lo que si bien es trabajo de tiempo debiera ser uno de los rubros prioritarios que tomen los gobiernos nacional y provinciales que surjan de los próximos comicios; que no es cuestión, como se viene haciendo, de encararlo solamente como bandera proselitista y menos aún polemizar sobre si el índice oficial es el verdadero o no, o en simples palabras no basta con que los medios de comunicación se ocupen con fruición del tema y polemicen como en la fábula «que si son galgos o que son podencos» en el sentido de si el índice de pobreza en el país está bien o mal medido.
Cuanto mayor sea la franja de pobreza, mayores serán los problemas sociales que se presenten y que llegan en oportunidades a mostrar dramáticos finales.
Es cierto que es un problema difícil de solucionar pero… y aquí acudimos a un regionalismo que siempre nos asombró, por esa su capacidad de expresarlo y muy bien en una sola palabra… ¿será?
Sin embargo nos informamos que a lo largo y a lo ancho del país, pero sobre todo del país central, se dilapidan (¿exageramos?) dineros sin ningún prurito, dineros que tanto servirían para paliar pobreza, para paliar miseria.
Y en tren de señalar el argumento contemporáneo, aparecen tantos y tantos chicos y ancianos enfermos en todo el país, hospitales que no funcionan a pleno, falta de medicamentos, (en Misiones se ha mejorado mucho en este aspecto) en fin que éste, el de la salud, como otros, son temas irritantes y desconsiderados que hieren la sensibilidad pública.
En este Oberá que recibió un legado muy especial de los colonizadores que ayer nomás vencieron al bosque y fundaron heredad y que cuenta con tantos ejemplos notables de conducta y que, reiteramos, es un conglomerado humano que tiene una constitución social distintiva provincial en el que los hijos o nietos de inmigrantes y criollos sienten con pasión ciudadana el llamarse obereños, hay lugar sin duda para que estas reflexiones lleven a la gente a comprender que lo contemporáneo es una herramienta imprescindible para el trajinar ciudadano, pero debe ser acompañado de una visión retrospectiva al rico pasado que nos legaron y que no debe dormir en saco roto, de tal suerte que, con ese auxilio, la reconstrucción ciudadana en su totalidad pueda ser de real y de verdadera utilidad para un pueblo que, social y culturalmente está dando muestras de un equilibrio y madurez, algo que es digno de destacarse.

 

Aldo Rubén Gil Navarro – Periodista – Historiador – Escritor

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Categorías: Columnas de Opinión

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