En el tenis, el break point es ese instante en que el que devuelve está a un solo punto de arrebatarle el saque al que sirve.
Ganar el propio servicio es lo normal, lo esperable.
Quebrar el del rival es otra cosa: es dar vuelta la lógica del juego, encaminar el set y, casi siempre, el partido.
En la política misionera se acaba de jugar un punto así.
Nadie lo tenía en la previa. Tampoco parecía el momento. Y, sin embargo, pasó.
Se traspasaron algunos límites y, dentro de ellos, lo que hoy se llama Encuentro Misionero encontró su primer parate.
Conviene recordar de dónde viene la pelota. Hugo Passalacqua fue electo gobernador por el Frente Renovador de la Concordia. No por otra fuerza política.
Ese es su título, su mandato, su origen.
Hasta que un sector del propio espacio le cambió el nombre al partido y, entre gallos y medianoche, hizo migrar a la fuerza a todos los afiliados, con la venia del Tribunal Electoral de la provincia.
Sin asambleas. Sin consulta. Sin que los afiliados se enteraran de que cambiaban de camiseta mientras dormían.
Eso tiene nombre.
Y el saque siguiente fue todavía más raro.
Ayer, mediante un comunicado, Encuentro Misionero presentó a quienes integran su conducción y le asignó al obereño el cargo de vicepresidente segundo.
Así, sin consultarlo. Lo sentaron en la mesa chica de un espacio nuevo sin preguntarle si quería estar.
La respuesta no tardó.
Hoy, el ministro coordinador de Gabinete, Carlos Sartori, se manifestó ante varios medios y confirmó lo que el propio comunicado parecía ignorar: Passalacqua no forma parte de ese nuevo espacio político.
Conviene detenerse acá, porque el cuadro es insólito.
Una conducción partidaria que nombra vicepresidente a un hombre que no aceptó el cargo.
Y el entorno más cercano de ese hombre —su jefe de Gabinete, nada menos— saliendo a aclarar, en público, que no juega para ese equipo.
El que devuelve no solo no quiso el punto: avisó que no estaba en la cancha.
Las preguntas se acumulan solas. ¿Cuáles son esas diferencias tan grandes que el creador y conductor del Frente Renovador —hoy Encuentro Misionero—, el ingeniero Carlos Rovira, necesita resolver poniendo al obereño en un organigrama que él nunca firmó?
¿Qué se discute realmente cuando se cambia de nombre, se redibuja el padrón y se reparten cargos sin que nadie vote nada?
¿No es este, justamente, el momento de una interna abierta, de cara a la gente, en lugar de una reconfiguración decidida puertas adentro?
Porque una cosa es la disputa de poder, legítima, parte del oficio.
Otra muy distinta es que esa disputa se monte sobre la voluntad de los afiliados —y ahora hasta sobre la del propio mandatario— como si fueran piezas que se mueven de casillero sin avisar.
Ahí ya no hablamos de estrategia electoral. Hablamos de a quién pertenece, en serio, un proyecto político.
El partido no terminó. Esto es un punto de quiebre, no un match point: el desenlace está por verse y habrá que mirar cómo derivan estas cuestiones en el futuro inmediato.
Pero hay algo que no admite suspenso.
Mientras arriba se juega esta interna por elevación —con comunicados que nombran y desmentidas que corrigen—, la gestión del Ejecutivo tiene que seguir andando.
Hay una provincia que gobernar, números que cierran a fuerza de esfuerzo, un interior que no entiende de armados partidarios y sí de obras que llegan o no llegan.
No sobra el tiempo para estar pendientes de lo nuevo. Sobre todo cuando trae consigo muchas mañas de lo viejo.
Marcelo Telez
Director · RPD Oberá

