Hoy es Domingo de Pascuas. Hoy nos dijimos Felices Pascuas. Pero hace 39 años, por cuestiones de calendario, ese saludo no resonó el 5 de abril sino el 18.
Y lo pronunció, nada menos, el presidente de la Nación desde los balcones de la Casa Rosada. Vale la pena recordarlo.
No solo por la efeméride, sino porque lo que pasó aquellos días de abril de 1987 tiene mucho para decirnos hoy.
El principio del fin de una ilusión
El 14 de abril del año 1987, el mayor de inteligencia Ernesto Barreiro tenía que presentarse ante la justicia federal. Los cargos eran torturas y asesinatos durante la dictadura cívico-militar. Se negó.
Y junto con otros 130 militares se amotinó en el Comando de Infantería de Córdoba.
No era un hecho aislado, en ese momento había más de 3.000 causas abiertas contra miembros del Ejército por crímenes cometidos durante el terrorismo de Estado.
Dos días después, en Jueves Santo, el conflicto se generalizó. Aldo Rico, jefe del Regimiento de Infantería del Ejército de San Javier, en nuestra provincia de Misiones, encabezó la rebelión desde la Escuela de Infantería de Campo de Mayo. El alzamiento carapintada había tomado forma.
La respuesta de la sociedad civil fue inmediata y contundente. La Plaza de Mayo empezó a llenarse desde el mediodía del Jueves Santo. Radicales, peronistas, juventudes de todos los partidos. La consigna era una sola: Democracia o Dictadura. Durante cuatro días la plaza no se vació.
El domingo, Alfonsín fue hasta Campo de Mayo a intimar la rendición. Volvió a los balcones y dijo lo que quedó grabado en la historia: «Felices Pascuas. Los hombres amotinados han depuesto su actitud. La casa está en orden. Váyanse para casa.»
A su lado estaba Antonio Cafiero, quien meses después ganaría la gobernación de Buenos Aires. La unidad política, esa tarde, pesó más que las diferencias.
Pero luego pasaron cosas
Como dijo otro expresidente: luego pasaron cosas.
Apenas mes y medio después, el Congreso sancionó la Ley 23.521, la Ley de Obediencia Debida. Establecía niveles de responsabilidad diferenciados según el rango militar: los subalternos quedaban eximidos de culpa bajo el argumento de haber cumplido órdenes.
Torturas, violaciones, desapariciones y asesinatos pasaron a quedar fuera del alcance de la justicia para una enorme cantidad de represores. Solo el robo de bebés se mantuvo como excepción. La democracia había resistido el golpe, pero pagó un precio muy alto.
Ya antes, en 1986, el propio gobierno de Alfonsín había sancionado la Ley de Punto Final, que cerraba el período para iniciar nuevas causas contra los responsables del genocidio. Las concesiones al poder militar venían de antes. El levantamiento carapintada las aceleró.
La casa en orden, la casta en orden
Hoy, en este Domingo de Pascuas de 2026, la frase de Alfonsín vuelve con otra carga. Porque lo que está en orden no es la casa. Es la casta.
Aquellos que llegaron al poder con el discurso más agresivo contra los privilegios de la política, los que hicieron de la palabra «casta» su principal herramienta electoral, hoy acumulan escándalos que no necesitan demasiada investigación para encontrarse, están en fuentes de acceso público.
Créditos millonarios del Banco Nación otorgados a funcionarios y legisladores de La Libertad Avanza. El caso Libra. Los episodios con Andis y el fentanilo. Todo lo que le sigue apareciendo al actual Jefe de Gabinete. Y la lista sigue…
Los que vinieron a combatir la casta resultaron ser más casta que ninguno.
La memoria como herramienta
Hace pocos días recordamos el inicio de la Guerra de Malvinas. Hace apenas unos días más, los 50 años del golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976. La historia no para de interpelarnos.
No es casualidad ni costumbre vacía. Es necesidad.
Porque la memoria no es un ejercicio del pasado: es la única herramienta que tenemos para no volver a caer en los mismos errores.
Para reconocer los mismos mecanismos con distintos nombres.
Para entender que ciertos discursos ya los escuchamos, que ciertas promesas ya las vimos incumplidas, que cierta indignación selectiva ya la conocemos.
En este Domingo de Pascuas de resurrección, solamente faltó que el Presidente saliera a los balcones de la Casa Rosada y dijera, con la misma solemnidad de entonces, que la Casta está en orden.
Lamentablemente, todo indica que así lo es.
Marcelo Telez
Director RPD Noticias

