| “El año de San Pablo” de Joseph Ratzinger (II) |
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| martes, 15 de julio de 2008 | |
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Después del acercamiento al Apóstol de los Gentiles, tal como lo presenta Elio Guerrero en el prólogo al texto “El año de San Pablo”, hoy entraremos en el mundo del Santo, tal cual lo ve y lo enseña a conocer Joseph Ratzinger en esta obra, que podemos dividir en tres partes:
1º) Descripción de la personalidad del Apóstol y su importancia en la vida de la Iglesia. 2º) Figura de Pablo en relación con la unidad de los cristianos. 3º) Minucioso análisis de la alianza entre Hebreos y Cristianos. Sobre la primera parte ya hemos escrito en nuestro encuentro anterior. Aquí el Santo Padre nos presenta la figura del Santo como “una estrella de primera magnitud que brilla en la historia de la Iglesia desde su origen”, y cita como ejemplo las palabras de San Juan Crisóstomo, que exalta a Pablo como “personaje superior en justicia a muchos ángeles y arcángeles (Panegírico 7,3). Además cita el verso de Dante Alighieri que, en el canto II del Infierno, lo define “Vaso de elección (instrumento de Dios)”, haciendo suyo el pensamiento de Lucas expresado en los Hechos de los Apóstoles (9, 11). Además tenemos un conjunto de Cartas, escritas de su propia mano a los Tesalonicenses, a los Corintios, a los Filipenses, a los Efesios y a los Gálatas, en las que va directamente a lo esencial y habla de la Revelación y de la Vocación. Más adelante Ratzinger saca una primera conclusión, que ha de ser una lección muy importante para nosotros: “poner en el centro de la propia vida a Jesús, de manera que nuestra identidad sea marcada esencialmente con la comunión con Cristo y con su Palabra”. Muy interesante me pareció la contestación que el autor da a los interrogantes que El considera de fondo: “¿Cómo sucede el encuentro de un ser humano con Cristo? ¿y en qué consiste la relación que de ello se deriva?”. En primer lugar es la Fe, a la que Pablo da un valor absolutamente fundante e insustituible (Importante es en este caso la lectura de las Cartas a los Romanos y a los Gálatas). Aquí aparece una frase, que fue causa de largas discusiones en el mundo teológico: “Nosotros estimamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley”. Cito esta frase, que muchas veces leemos sin profundizar en su sentido fundamental y que tanta importancia tiene para conocer a fondo todo el decir y el hacer de Pablo. Creo que la palabra sobre la cual más tendríamos que reflexionar es “justificación”, para comprender el pensamiento paulino. Para lograrlo nada mejor que seguir la lectura de las Cartas. En ellas encontramos también un nuevo ángulo de visión del “Espíritu Santo”, del cual se puede analizar la presencia en la vida del cristiano, cuya identidad queda por Él confirmada. O sea Pablo reflexiona sobre el Espíritu Santo exponiendo el influjo que tiene en nuestros corazones y termina el capítulo con una reflexión profunda sobre la realidad de la Iglesia y sus contactos con Jesús, empezando por el martirio de San Esteban. Este y otros hechos nos indican que a Jesús se llega a través de la Iglesia. Esto explica el afán de Pablo en fundar muchas Iglesias y lo confirman sus palabras: “mi preocupación cotidiana es el cuidado de todas las Iglesias”, a las cuales se sentía unido en forma intensa y apasionada, tanto que definió a la Iglesia como “Cuerpo de Cristo”. Ahora toca a nosotros, los miembros que la formamos, vivir en armonía y amor. Dra. Teresa Morchio de Passalacqua. Doctora en Filosofía y Letras Profesora Emérita de la UNaM |
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